DISCOS
«Este trabajo mira hacia la era dorada de la Wrecking Crew, los estudios Gold Star y las bandas sonoras de serie B de los años sesenta y setenta»

The Olympians
In search of a revival
DAPTONE / POPSTOCK!, 2026
Texto: XAVIER VALIÑO.
Si se cuenta sin más, parece difícil de racionalizar. La banda de Toby Pazner, The Olympians, nació de una visión febril durante una gira por las islas griegas, en 2008, que le ordenaba construir un “Templo del Sonido”. El resultado llegó ocho años después bajo el nombre de The Olympians, con un álbum debut que fue recibido como uno de los mejores discos de soul instrumental de la década. Y luego, silencio. Una década entera.
Lo que ha pasado en ese intervalo importa para entender el disco que acaba de publicarse. Pazner se dedicó a trabajar junto a Lee Fields, escribiendo canciones con él y acompañándole de gira como teclista, formó una familia y, de algún modo, dejó madurar lo que tenía que decir. El segundo disco, que nace después de todo ese tiempo, no suena a colección de ideas aparcadas, sino a un músico que ha vivido lo suficiente como para escribir con algo más que destreza técnica.
A diferencia del debut, marcado por la huella de Curtis Mayfield y James Brown, este segundo trabajo mira hacia otra parte: la era dorada de la Wrecking Crew, los estudios Gold Star, las bandas sonoras de serie B de los años sesenta y setenta. El arranque del álbum, con ese western cinematográfico que evoca a Sergio Leone, deja claro desde el primer compás que aquí hay reverencia por una época en la que el ritmo y las melodías se construían con respiración humana y no con cuadrículas digitales.
“California” funciona como carta de amor a bandas como The Mamas & the Papas, logrando evocar el sonido de la costa del Pacífico de los años sesenta sin una sola palabra. “Thunderball” o “Hollywood cold” se mueven entre el thriller de espías y el club de jazz de madrugada. Y “Honey Bea”, con su sección de cuerda de diez músicos, cuatro trompetas y dos trombones, cierra el disco como los títulos de crédito de una película que nadie rodó pero que todos habríamos querido ver.
Lo que hace que el álbum funcione no es solo el trabajo del impecable del grupo de diecisiete músicos que reunió, sino que Pazner ha asumido en solitario la composición, los arreglos y la producción. Hay una coherencia interna que no se consigue con una democracia más o menos benévola. La ausencia de letras, lejos de ser una limitación, abre el espacio para que cada oyente se cree su propia historia. En tiempos de saturación narrativa, hay algo casi provocador en ello.
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Anterior crítica de disco: I’d do almost anything for you, de Beauty.

