
«Un disco clave del rock gótico y de los ochenta. Es un arquetipo de ese estilo y, como tal, también es fundamental en la historia del rock»
Ignacio Reyo se sumerge en las profundidades del disco de debut de The Mission, rescatando declaraciones de los miembros del grupo, para abordar su importancia en la carrera de la banda y en la historia del rock.
Texto: IGNACIO REYO.
«Sigo creyendo en Dios, pero Dios ya no cree en mí». Con esa frase empieza el debut de The Mission. Normal que varios cayeran en el embrujo de su música atraídos simplemente por sentencia tan trascendental. Caso de Iggy Pop, que se hizo fan del grupo. A Bono también le gustó el disco e incluso se los llevó de teloneros en algunos conciertos.
God’s own medicine, cuyo título remite a las drogas que toman los chamanes para conectarse con el Altísimo, es un disco clave del rock gótico y de los ochenta. Es un arquetipo de ese estilo y, como tal, también es fundamental en la historia del rock, sin ponerle a este otros adjetivos descriptivos. Este noviembre se cumplen cuatro décadas de su publicación, y siempre viene bien un poco de historia.
Wayne Hussey, el guitarrista que tocó en Dead Or Alive cuando estos eran siniestros y compuso y tocó la música de la mejor canción del debut de The Sisters of Mercy, “Marian”, se vio en una encrucijada. No como la de Robert Johnson, sino más mundana. No aguantaba a Andrew Eldritch, líder supremo de Las Hermanas de la Caridad. En la antipatía hacia el vocalista se unía el bajista Craig Adams. ¿Decisión? Marcharse y formar un grupo nuevo, de primigenio nombre Sisterhood, que coincidía con el del club de fans de Sisters.
Una mañana con el cielo blanco existencialista en Londres, hablé con Dave M. Allen en persona, el productor de First and last and always, aparte de otros discos importantes de The Cure y los protagonistas de estas líneas, entre su extenso currículum. Prácticamente me dijo que huir de los dominios de Eldritch es a lo que estaba abocado cualquiera que se asociara brevemente con él. Insoportable diva, hacía la vida imposible a todo ser humano. Seguro que hasta el Job bíblico hubiera claudicado.
Al nuevo proyecto se unió Mick Brown, el que fuera batería de Red Lorry Yellow Lorry y que, efímeramente, tocara la guitarra en los primeros Pulp Simon Hinckler. Finalmente, en un concierto en el Electric Ballroom a finales de febrero 1986, el grupo desveló en una lona el nombre: The Mission. Al final de la actuación se subieron Astbury y Billy Duffy, en muestra de apoyo.
The Cult, colegas de sangre (Hussey dedicó “Blood brother” a Ian Astbury, canción que entraba en las ediciones de cedé del disco), con el éxito de Love se los llevaron de teloneros por toda Europa sin cobrarles nada. Entre algunas canciones que provenían de cuando Hussey estaba en The Sisters of Mercy, y nuevos temas, tenían suficiente material para crear un álbum. Propio de la época, fueron sacando singles para darse visibilidad en las listas alternativas, hasta que ficharon —o les fichó— Tim Palmer para producirles su ópera prima. Sí, el mismo Tim Palmer que produciría después el Now and zen de Robert Plant, la dupla de álbumes de Tin Machine o mezclaría el Ten de Pearl Jam.
“Wasteland”, que abría el disco, marcaba el territorio de su trilogía clásica. Guitarras directas con otras de doce cuerdas, atmósferas reverberantes, letras crípticas y, entre toda esa marea de rock, una sensibilidad pop en los estribillos. En “Wasteland” esa sensibilidad pop en el estribillo no era tan latente como en “Stay with me” o “Severina” y otros clásicos del grupo. Había ecos al Love de The Cult, a Led Zeppelin, al pospunk más oscuro. Incluso en la pulsión acelerada en “Sacrilage”.
“Love me to death” era la que podríamos considerar la balada del disco. Y la lánguida y orquestal “Garden of delight”, que provenía de Sisters, te mesmeriza. Hacían alquimia sonora, magia sónica, llamadlo como queráis… Poneros en una habitación a oscuras la atmosférica “Let sleeping dogs lie” y lo comprobaréis. Es de esas canciones que trascienden el significado del rock, que lo aúna a lo que sentía Nietzsche por la música. «La vida sin música no tendría sentido». Cierto, y sin The Mission menos aún.
Excepto con el batería, retirado hace tiempo, he podido hablar con todos los miembros del grupo. Mostremos sus visiones. Para Wayne Hussey, que se veía en la tesitura de ser cantante y letrista aparte de guitarra, fue «un periodo excitante. Las cosas sucedieron de manera muy rápida para nosotros desde que Craig y yo dejamos Sisters Of Mercy y formamos The Mission. Sin llegar a cumplir un año, hicimos algunos conciertos, dos de nuestros singles fueron número uno en las listas independientes, otros dos singles se metieron en el Top 30 británico y sacamos nuestro primer álbum, God’s own medicine».
Craig Adams reflexiona a más largo plazo, al periodo de sus tres discos. «Una época salvaje, en la que nos convertimos en estrellas del pop y lo disfrutamos. Esos discos son los que grabamos los cuatro miembros originales, en el que cada uno lo hicimos lo mejor que pudimos. Por la razón que fuera, había química y sonamos muy bien. Capturamos esa época y ola. Tuvimos mucha suerte, muchas bandas no pudieron sentir lo mismo y declarar “estos somos nosotros”. En nuestro caso tuvimos tres discos en los que fue así».
Hinckler es más específico: «La grabación del disco fue nuestro primer periodo ligeramente calmado, aunque no demasiado. Lo hicimos en un estudio residencial en el campo, fuera de peligros. El proceso en sí fue muy interesante. Tim Palmer se interesaba por nuestras ideas y definir nuestro sonido en disco. Entre todos sacamos varias técnicas de grabación que, supongo, definieron el sonido de The Mission».https://www.youtube.com/watch?v=AqZLxXb1lo8&list=RDAqZLxXb1lo8&start_radio=1
Tim Palmer resultó quien más se extendió en su recuerdo. «Trabajar con The Mission fue fantástico, fue una de las primeras bandas en darme la oportunidad de comenzar a alejarme de la música popular que había estado haciendo, para entrar en el mundo de la guitarra alternativa, que era algo que siempre había querido hacer. The Mission eran una banda en el sentido de que eran una unidad de personas y, cuando trabajabas con ellos, sentías que pertenecías al grupo durante ese período de tiempo. Siempre me resultó muy divertido. Solíamos ir al campo, a un estudio que se llamaba Ridge Farm, desaparecimos durante unas cinco semanas y volvimos con el álbum acabado.
En la actualidad, cinco semanas parece mucho, pero en aquella época era bastante poco para hacer un álbum, la verdad. Recuerdo que experimentamos mucho con distintas capas y texturas de las guitarras, prácticamente construyendo el sonido, sonidos limpios de capas combinadas y sonidos más distorsionados para crear esos grandes arpegios, ese sonido tan gótico… Y las percusiones, una vez más, como sucedía con Robert Plant, tienden a llevar un poco de esa producción ochentera, pero funciona muy bien en ese formato».
Tengo un amigo que considera God’s own medicine y Love, en ese respectivo orden, son los mejores álbumes de la historia. Hasta ese punto el debut de The Mission ha llegado al cerebro, corazón y entrepierna de una multitud de seguidores. Desde 1986 hasta 1990, consiguieron ser una de esas bandas que debías escuchar sí o sí, con God’s own medicine de asignatura obligatoria.
Posdata: La crítica especializada patria, en el instante en que Héroes del Silencio triunfaron masivamente con Senderos de traición, les llamó los The Mission españoles. Servidor conoció, por vez primera, a Pedro Andreu en un concierto de los británicos e incluso añadió una frase de Juan Valdivia en inglés en un recopilatorio de Universal de La Misión. Escuchad los discos y juzgar vosotros mismos.

