LA ESPUMA DE LOS DÍAS

«A los médicos les entusiasma lo fácil que resulta utilizar el sonido para curar: estos procedimientos son mínimamente invasivos y no presentan efectos secundarios evidentes. De hecho, un tumor puede destruirse en tan solo siete minutos con el sonido»
Luis Lapuente, en su columna mensual “La espuma de los días”, se adentra hoy en terreno vedado, pantanoso, más allá de la musicoterapia científica y del chamanismo. ¿Qué hay de cierto en el poder curativo de la música? ¿Y hasta dónde llegan sus límites?
Una columna de LUIS LAPUENTE.
El escritor y musicólogo estadounidense Ted Gioa viene publicando desde el mes de septiembre de 2022, en su blog The Honest Broker, los veintidós capítulos de un libro que al fin ha terminado, titulado Music to raise the dead: the secrets origins of musicology. Un volumen (que solo pueden leer on line los suscriptores del blog en Substack) apasionante, exhaustivo y documentado, del estilo de los que suele escribir Gioia, en el que se adentra en las entrañas de un territorio mal explorado hasta el momento, el de los límites de la mente humana y sobre todo, el del poder curativo de la música. Más allá de los experimentos pavlovianos bien conocidos o de los indudables beneficios de determinadas músicas en ciertas enfermedades neurológicas, como el Parkinson o el Alzheimer.
Entre muchas otras cosas, Gioia escribe en este libro que «la FDA (Food and Drug Administration), ha aprobado recientemente el uso de ultrasonidos para tratar tumores en pacientes con cáncer de hígado, un procedimiento conocido como histotripsia. Un estudio iniciado en 2021 arrojó resultados prometedores, y ahora esta técnica puede utilizarse de forma generalizada.
Hay muchas razones para celebrar estos avances. Pero a los médicos les entusiasma especialmente lo fácil que resulta utilizar el sonido para curar: estos procedimientos son mínimamente invasivos y no presentan riesgos ni efectos secundarios evidentes. De hecho, un tumor puede destruirse en tan solo siete minutos con el sonido. Citando un artículo sobre un proyecto de investigación de la Universidad de Michigan, «lo que esto podría significar para los pacientes es un tratamiento sin el desgaste físico de la radioterapia o la quimioterapia, menos preocupaciones por la compatibilidad de los medicamentos, tiempos de recuperación mucho más cortos que con la cirugía y menos molestias durante el tratamiento. Esto es posible porque es mucho más fácil garantizar que los tratamientos de histotripsia afecten al tumor, y no al tejido sano, en comparación con la radioterapia o los procedimientos invasivos.
El ultrasonido también se está utilizando ahora para tratar el dolor crónico, la adicción y la depresión, entre otros trastornos. Si se profundiza en los detalles de estos estudios, pronto se descubre que el sonido es como un medicamento milagroso —incluso mejor que Ozempic— pero sin necesidad de fármacos.
Sin embargo, nunca oigo a los estudiosos de la música hablar de esta investigación. Por lo que yo sé, desconocen totalmente su existencia. A veces pienso que soy el único escritor musical al que le importan estas cosas.
Pero si las ondas sonoras por encima de los veinte mil kilohercios tienen efectos positivos en nuestro cuerpo, ¿qué hay de los sonidos a frecuencias más bajas? Hay muchas pruebas en la literatura chamánica de que los tonos graves también tienen propiedades curativas, pero los investigadores médicos no prestan mucha atención a los chamanes. Así que apenas hemos empezado a indagar en estos asuntos.
¿Y es posible que las canciones de nuestra vida cotidiana tengan beneficios y capacidades que damos por sentadas, o a las que quizá nunca les damos la oportunidad de desplegar su magia? Casi seguro que sí.
Si estuvieras buscando sonidos curativos en otros entornos, el lugar más obvio por dónde empezar sería el de los sonidos organizados y pautados de la música. La exposición prolongada a la música minimalista debe tener un impacto biológico significativo. Lo mismo debe ocurrir con los ritmos repetitivos.
Como afirma Gioia, «cada vez hay más pruebas que confirman que la música cambia nuestros cuerpos. Probablemente, los neurocientíficos son quienes más han investigado sobre esto. Pero, ahora, he visto docenas de otros estudios que confirman la capacidad de la música para hacer de todo, desde fortalecer nuestro sistema inmunológico hasta mejorar nuestro tiempo de recuperación de las lesiones.
Así es la música curativa en el siglo XXI. Y el hecho de que tenga lugar en un hospital o una clínica no cambia ese hecho. Pero, quizá, también se produzca cierta curación en las salas de conciertos y en las discotecas. Me encantaría ver cómo estos dos mundos se acercan. No me sorprendería que esa convergencia se convirtiera en un campo de investigación y práctica totalmente nuevo. Pero mi mayor esperanza es que mi seguro médico pague algún día las visitas al club de jazz. Oye, puedo soñar, ¿no?»
No en vano, en la mitología greco-romana, música y medicina son hijas del mismo dios, de Apolo (Febo), hijo a su vez de Zeus (Júpiter), hermano de Artemisa. Otra figura mitológica importante fue Quirón, el más amable y sabio de los centauros, que tocaba el arpa con maestría y utilizaba la música como medio curativo. Su nombre significa “hábil con las manos” y es considerado el primer cirujano. De su nombre derivan las palabras quirófano y quirúrgico.
Conviene recordar ahora algunos ejemplos recientes que apoyan las tesis de Ted Gioia (y de muchos antes que él: recuerden, entre otros, a Oliver Sachs y su libro Musicoterapia).
El 1 de noviembre de 2021, murió (a causa de complicaciones de una EPOC) Pat Martino, uno de los grandes de la guitarra de jazz y un hombre que tuvo que aprenderlo todo desde cero a los 36 años, tras ser intervenido por un aneurisma cerebral y perder la memoria de quien había sido hasta ese momento. Martino tuvo problemas de salud desde los 10 años, sufría alucinaciones y ataques epilépticos y los primeros diagnósticos fueron de depresión maníaca, trastorno bipolar y esquizofrenia.
En 1976, empezó a sentir terribles e incapacitantes dolores de cabeza. En un TAC craneal se encontró en el lóbulo temporal izquierdo de su cerebro (la zona por debajo de la oreja) una maraña anómala de venas y arterias con una hemorragia asociada: un conjunto de vasos sanguíneos que el Dr. Frederick Simeone, el cirujano que le operó, definió de manera muy gráfica como «algo parecido a un puñado de lombrices».
En una primera operación le extirparon el hematoma, lo más urgente, y en una segunda cirugía, después de una angiografía cerebral, le quitaron la malformación arteriovenosa con una resección de aproximadamente el 70% del lóbulo temporal izquierdo del cerebro. Este lóbulo está implicado directamente en la memoria auditiva verbal, en el habla y en la comprensión del lenguaje. Hay evidencias, además, de que responde a estímulos auditivos complejos, algo que sería característico de la música.
En su autobiografía, Martino cuenta que tras las operaciones se sentía como un zombi. No recordaba su nombre, era incapaz de reconocer a sus padres y había olvidado que era músico. Perdió por completo sus capacidades musicales, incluidas la teoría, la técnica y las habilidades asociadas. De hecho, tenía una amnesia retrógrada grave, una incapacidad de recordar lo que había sucedido antes de la operación.
Sin embargo, lentamente, empezó a recuperar muchas de sus funciones cognitivas, volvió a amar el jazz y a tocar la guitarra, y descubrió que algo había cambiado: estaba en el camino de vivir el momento presente, mucho más que lamentarse por el pasado o elucubrar sobre el futuro, como escribió en sus memorias, Here and now!: the autobiography of Pat Martino (Backbeat, 2011): «Mis intenciones originales antes de la neurocirugía tenían mucho que ver con la maestría y con lograr el reconocimiento de otros. Tenía que ver con el deseo de lograr cinco estrellas en lugar de dos estrellas para la crítica de un álbum. Después de la neurocirugía, eso ya no tenía ningún sentido para mí. Me preocupa más la realidad del momento, el disfrute de ese instante. Me preocupan más los músicos que están conmigo, sus sentimientos, la emanación de la pasión compartida y otras virtudes que compartimos en el proceso. Son cosas que encuentro mucho más gratificantes que mis logros como músico famoso. Ahora es solo diversión, amistad, empatía y preocupación. Es un disfrute de todas las cosas en comparación con el disfrute de cosas específicas».
Hay experiencias más cercanas al mundo del rock acerca de este poder intangible de la música, como el del exlíder de los escoceses Orange Juice, Edwyn Collins, que regresó a los escenarios contra todo pronóstico en 2013, después de haber sufrido un ictus que le obligó a reaprender a caminar, a cantar, a componer, etc. Una labor hercúlea que se cuenta en la película Las posibilidades son infinitas, estrenada en 2014 con música del propio Collins.
A menudo, la música conocida y personalmente significativa es un buen aliado para favorecer la memoria y la comunicación, los propios recuerdos y experiencias vividas. La música puede ser una fuente de bienestar para las personas afectadas de Alzheimer, especialmente la música vinculada a los propios recuerdos, a lo que el paciente escuchaba cuando era joven. Habrá quienes reaccionen positivamente ante el estribillo del “Smoke on the water”, de Deep Purple, y quienes lo hagan ante la melodía de “La vaca lechera” (no es broma: conocí a una mujer con afasia, no era capaz de traducir sus pensamientos en palabras coherentes, pero sí de cantar correctamente “La vaca lechera” si le entonabas las primeras frases).
Un último apunte. En 2012, la British Heart Foundation editó un vídeo extraordinario, protagonizado por Vinnie Jones, actor y exfutbolista galés (que militó en el Wimbledon, el Leeds y el Chelsea, entre otros), donde se recomienda aplicar las maniobras básicas de reanimación a pacientes en parada cardíaca al ritmo del clásico de los Bee Gees, «Stayin’ alive”, una canción construida a un ritmo de 103 pulsaciones por minuto, exactamente las que se precisan para mantener una buena frecuencia cardíaca en personas en situación crítica por una parada cardiorrespiratoria.
La música ayuda a salvar vidas, claro que sí, y en La espuma de los días lo certificamos con música que resucita a los muertos, con canciones cuyo ritmo, cuyo tempo, se asemejan al de nuestro corazón y, quizá, por eso nos gustan tanto.
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Anterior entrega de La espuma de los días: Gregorio Paniagua, genio heterodoxo y cascarrabias.

