Skip to content

Andrés Suárez: «Me quieren destrozado»

«Tengo una puerta rota en casa de un martillazo y no la arreglé porque me interesa verla al pasar y decirme: “Acuérdate de esto, que te vas a volver a dar”»

 

Sendoa Bilbao charla con Andrés Suárez sobre su nuevo disco, Lúa. Un trabajo nacido de una etapa oscura y del camino emprendido hacia la luz. El proceso creativo hasta llegar a él y los ascensos y descensos de la vida son los protagonistas.

 

Texto: SENDOA BILBAO.
Fotos: VALERIA CASSINA.

 

Tras el brillo cromático de su anterior entrega, Andrés Suárez regresa con Lúa, un elepé que funciona como una brújula emocional para atravesar el fango. En esta charla, el ferrolano se desnuda para explicar cómo el diagnóstico de una depresión y el refugio en la música de verdad —lejos de los algoritmos y el plástico— le han permitido firmar el disco más honesto de su carrera. Treinta y tres minutos de cruda realidad grabados en directo para abrazar, por fin, la luz.

Me encuentro en el salón con un hombre que, como yo, ha aprendido a conjugar el verbo volver lejos de la costa y de aquel mar que lo hizo a medida. Sobre la mesa nos vigilan los maestros: un libro de Sabina y otro de Aute, que parecen darnos el permiso necesario para decir las cosas sin envoltorios. Andrés Suárez se presenta hoy como el William Wallace de las canciones de amor (y desamor), un guerrero de la sensibilidad que ha aprendido a llorar de frente y bajo la tormenta, de sonrisa amplia y abrazo intenso, que pone la verdad en cada guiño, cada ritmo y cada son.

Su nuevo elepé, Lúa, es una invitación a sentir la vida a bocajarro, a lanzarse al amor sin tapujos y, si el cuerpo lo pide, a bailar a ritmos de Juan Luis Guerra incluso cuando el agua llega al cuello. Hablamos de noches eléctricas en Lavapiés y de la luz sanadora de México, trazando un mapa sonoro que enhebra el disco con los lugares por donde Andrés ha vivido y ha besado. Es un relato de ascensos y descensos que dejan grietas y cicatrices; esas que él no quiere dejar de ver para recordar el tropiezo, pero sobre todo para seguir viviendo intensamente, sin miedo a volver a caer, en el que es, posiblemente, su mejor momento.

 

Quiero que vayamos al principio de todo. Cuéntame, eres de una pequeña aldea, vienes de una familia de currantes que pronto vieron un afán musiquero en ti, ¿cierta sensibilidad cuando sonaban los casetes en el coche? ¿Fuiste al conservatorio?
Soy de Ferrol, pero a los cuatro años mi abuelo enferma de la memoria y el pulmón y me voy a Pantín, una aldea de apenas cien habitantes. Mi padre era marinero y mi madre es enfermera. Por parte de madre, todos o se han dedicado a la música o cantaban de forma aficionada; mi abuelo llegó a cantar con Los Sabandeños. En casa había música permanentemente y yo soy un enfermo obseso de la música, cosa que pensaba que era un piropo y hoy sé que es un defecto, porque era música o nada. Al parecer, a mí me cuentan que antes de saber hablar salían Hombres G en la tele y yo pillaba la raqueta de tenis y hacía que tocaba… El conservatorio lo recuerdo como algo horrible del antiguo Ferrol del Caudillo: un edificio gris, húmedo, con goteras. Yo quería tocar la guitarra; como soy zurdo, el profesor le dijo a mi madre que los zurdos no tocan la guitarra. Me pasé al piano hasta que descubrí a Los Suaves, Extremoduro, Platero y Tú, Reincidentes… y ya dije: «El piano para ti», y empecé a intentar ligar con una guitarra eléctrica. Siempre fue música; si no fuera músico, llevaría una furgo de músicos o técnicos, no habría nada más, pero me salió bien.

Siendo de aldea creo que no estaba bien visto llorar o ser demasiado sensible y poder hablar, como hablas tú, de los sentimientos, ¿no es así?
Ya sabes, este disco, Lúa, nace de una depresión diagnosticada. Es cierto que todavía heredo el ser de aldea, y a mucha honra, es un orgullo. Pero nos decían: «deixa de chorar»; eso de no poder llorar lo sufrió la generación de mi padre en la que, si te quejabas, eras un loco. Me da muchísimo que pensar con aquel 2024 y 2025 que viví horribles; ¿cómo coño no voy a llorar? Quiero decir, ahora podemos por fin hablar de salud mental y no eres un enfermo mental si vas a un psicólogo o un psiquiatra.

 

«Sales de aquello cuando te das cuenta de que vives con un retrovisor en la frente recordando la noche de ayer como la mejor»

 

Creo que somos una generación que nos rearmó en la sensibilidad, aquellos nacidos en los ochenta y que, en aquel norte, los que hemos crecido saltando charcos y saliendo a la calle a jugar aunque lloviera, somos más perennes a la tristeza. Sabemos cruzar las oscuridades o estamos acostumbrados a semanas bajo la tormenta.
El recuerdo de los pies mojados en clase, el Peugeot 505 grisáceo de mi abuelo donde mi padre ponía a Juan Luis Guerra, que era la manera de quitarme la lluvia. Por supuesto que afecta. Esa realidad dura y climática también te lleva a un lugar en el que no envidio tanto sol. Valoro leer bajo la lluvia en el tejado. Valoro la lluvia porque nos trae el verde a los campos y gracias a ello se come bien. Como este disco, la lluvia tiene una cara alegre y otra triste. Abrazar esa lluvia me hizo bien y no renegar de ella, así como abrazo una depresión o una tristeza. Paradójicamente, al cumplir 43 años ahora, Galicia me está llamando. Yo, que fui tan feliz en la noche bohemia madrileña, me voy de Galicia afectado y nunca me había pasado. Me voy en el tren y me cae una lágrima y me preocupa. Algo me llama. Cuanto más pueda viajar con mis padres y aprovechar, lo haré. En mi casa hay algo bonito y atávico: jamás se habla del cantante; a mi padre no le importa el algoritmo, allí, en la mesa, de lo que hablamos es de si el rosal de mi abuelo aguanta después de este duro invierno.

Me hablabas de la depresión. Yo suelo decir que es como una corriente contra la que nadas hasta el agotamiento; llega un punto en que dejas de pelear. Te dejas arrastrar hacia profundidades que nunca creíste alcanzar. Tocar fondo es también llegar al final del abismo y allí solo queda el camino hacia arriba.
Me gusta mucho lo que me estás diciendo, no había caído en que igual toqué fondo; lo cuentas bien y creo que hemos estado en ese mismo lugar. La gente me critica por una época de excesos. Yo tenía unos 25 o 26 años y seguro que en muchos casos me comporté como un imbécil. Entraron muchos ceros con el disco Moraima, llené tres Lunarios en la Ciudad de México. Te quiero ver a ti con 25 años, un tipo que viene de una aldea —a mucha honra— de una ciudad como Ferrol, pequeña, en Madrid, y siente que es la hostia porque le aplauden cada tres minutos, que es lo que dura una canción.

Luego llegaron determinados fracasos, y te das una hostia, un muro. En aquellos años de nebulosa viví la noche intensamente. Sales de aquello cuando te das cuenta de que vives con un retrovisor en la frente recordando la noche de ayer como la mejor. Igual en casa te espera tu mujer o tu familia y tú estás en el mismo bar o en el mismo lavabo creyendo en la bohemia y la autodestrucción. Esto es igual. La depresión marca un inicio y un final. Algunos me dicen que en esa época no estaba triste porque hacía bromas y chistes en las redes. Estaba en pijama y no sabía qué día era. No sabía con quién hablaba. Venía gente a casa, pero no la recuerdo estando sereno.
Por primera vez pedí a Rosa Lagarigue cancelar una gira porque no podía; sí podía cantar y sonreía, pero no me acordaba de las letras, me quedaba en blanco. Tenía dos opciones: cavar para abajo y recaer en sustancias, o aferrarme a la música de verdad, no la de plástico. Y paradójicamente lo que yo iba a hacer, que era cancelar la música por primera vez en mi vida, fue lo que me salvó. Topé con una psicóloga acojonante, Elena, a la que le debo casi la vida. Empecé a aferrarme a la música, pero la música —cuidado— música de verdad, no la de plástico; a tocar música, a que vengan músicos con violines, violas, chelos, a tocar un piano de pared afinado, a componer, a hablar de libros otra vez y no de algoritmos. Joder, la vida estaba ahí, tío.

 

«El primer comentario en YouTube decía: “A ver cuándo te separas y haces un discazo”. Eso es brutal. Me quieren destrozado»

 

He conversado con muchos artistas que han transitado el abismo, y todos coinciden en lo mismo: de sus caídas más profundas han nacido sus obras más sublimes. Todos parecen guardar el mismo secreto: esas canciones nacen de celebrar la melancolía.
Sin duda alguna. Aute, Sabina, son maestros; yo quiero que estén muy bien, pero a mí me interesan los artistas destrozados, tío. José Alfredo Jiménez y su estrofa: «que te den lo que no pude darte, aunque yo te haya dado de todo». Cuando publiqué Viaje de vida y vuelta, que era un disco en el que aparecía vestido de rojo y blanco, donde éramos felices, decía que saldríamos mejores… El primer comentario en YouTube decía: «A ver cuándo te separas y haces un discazo». Eso es brutal. Me quieren destrozado. Claro que he escrito mejor así, esa es la verdad. Compuse aquel disco con dinero en el banco, enamorado, mis perros estaban bien, pero la gente me decía: «A mí dame tu mierda».

¿Escribir estos temas fue terapéutico para ti durante una mala racha? Y, por otro lado, ¿fue difícil convencer a tu equipo de dar este giro hacia una faceta menos optimista?
En mi caso, canto a lo vivido y lo besado. No soy guionista, sino escritor de canciones. Nadie de mi equipo me ha dicho «cambia una coma o no pongas esta canción». En mi equipo está David Bonilla, que sabe demasiado de música. Es un tipo al que quiero bien. Entonces, yo vivo una ruptura dolorosa y empiezo a mandarle canciones llenas de despecho y dolor. Un día me dijo: «dentro de tres años no tienes valor para cantar todo este odio». Entonces comenzamos a elegir bien la temática y, como verás, en canciones como “Durmiendo con mi enemiga” o “Cuánto daría” hay desamor, pero no hay odio. Es un «ojalá que no te vea más en la vida, pero que te vaya bien». Entonces ocurrió que me recuperé y viajé a México; allí me enamoré y le mandé a David una carpeta con más de treinta canciones. Me dijo: «no viajes más, je, je». Así que con ello optamos por Lúa: las dos partes de la luna, amor y desamor, tristeza y alegría y México.

Es sorprendente cómo, tras la atmósfera del inicio, irrumpe de pronto, con la canción “Náutico”, el ritmo y la alegría en la cuarta canción del álbum. ¿Fue una decisión consciente para dar un respiro al oyente?
Cierto, yo quería que el disco fuera simétrico, cinco y cinco, y aún más explícito con los contrastes. Pero, después de escuchar seguidas las canciones más profundas, vimos que no podíamos con ello, que necesitaríamos café y azúcar para poder digerirlo y de golpe pensamos en “Náutico”, que es un polvo de puta madre y estar encerrados en el Náutico de San Vicente. Iluminamos la entrada que habíamos marcado con oscuridad, con ritmos de rock argentino. Yo reivindico este disco como una obra completa, que se escuche en orden y que sientan y vivan la historia. Todo tiene un sonido que envuelve y se siente cercano porque está grabado en directo. Son treinta y tres minutos de tu vida; si no tienes ese tiempo para disfrutar de un álbum, háztelo mirar.

 

«Lúa nace de una depresión; es la travesía desde la oscuridad hasta la luz»

 

Este disco funciona como un atlas de vida, una geografía íntima. Al escucharlo, recorremos los bares donde nació una idea, el equipaje, los hoteles que guardaron tus secretos y los aeropuertos que separan una etapa de la siguiente.
Absolutamente. Este disco es una oda a la realidad, como un libro. Yo empiezo “Durmiendo con mi enemiga” en diciembre de 2024, en mi peor momento, y me rompía a llorar grabando; no podía cantarla. Peter Walsh y Alfonso Pérez (con quien no trabajaba desde Moraima) decían: «No vamos a poder grabar el disco, este pavo está destrozado». De repente, vuelvo de México en febrero, enamorado perdido, y Peter me dice: «Ya no te duele la voz». Después de estar llorando mientras grababa, por eso me gusta tanto Lúa: es ver que he estado aquí y mira dónde estoy ahora.

Muchos artistas esperan a la noche, pero tú eliges la madrugada. Cuéntame cómo es ese momento: ¿te enfrentas al papel en blanco con café y método, o es más un proceso de dejar salir lo que ha reposado durante la noche?
Al papel en blanco me enfrento como voy a la vida: me doy cada hostia y me encanta. Me dejo ver las cicatrices; tengo una puerta rota en casa de un martillazo y no la arreglé porque me interesa verla al pasar y decirme: «Acuérdate de esto, que te vas a volver a dar». Cuando escribes como yo escribí Lúa, la peña sabe que hay verdad, que el dolor de una ruptura no se finge. Me levanto a las siete, leo la prensa y trato de escribir. Volvemos a las redes del marinero: tengo que salir a pescar todos los días. Muchas veces pescas lo mismo, te repites o buscas en lugares parecidos y encuentras canciones similares. Mi amigo Víctor Manuel recorta titulares de noticias y los va pegando; eso es ser un genio. En este caso, eran canciones para recomponerme, y tienes que escribir muchas canciones malas para que haya una buena.

Has transformado una etapa muy difícil en las canciones más bellas de tu carrera, para un disco en el que vuelves a aquella esencia de Moraima. Sin dar la espalda al pasado, ya estás mirando al futuro, siendo consciente de que inicias un nuevo ciclo. Imagino que el reto para un próximo disco será, primero, vivir intensamente sin consecuencias y, después, intentar que, aunque los tiempos no sean tan crudos, tu música consiga captar toda la esencia que has conseguido inocular en estas canciones.
Te dejaste una buena para el final. Trataré de responderte a la gallega. Esto de que los tiempos están buenos… ya nos cuesta creérnoslo. En esta suerte de tambores prebélicos e insultos de redes, los tiempos ya son malos de por sí. Por lo tanto, alguien nos venció, ¿no? Así que intentaré enamorarme incluso más, porque siempre llega el desamor; por lo tanto, el disco está asegurado. Y, sobre todo, ser muy humano: estar menos en el móvil y más en la terraza del Náutico.