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Kim Gordon, ritmos disonantes para una actualidad fracturada

DISCOS

«Los sonidos industriales se funden con ritmos rotos que hablan de la disfunción de clase, del colapso de las democracias, el abuso de la tecnología y la desigualdad social»

 

Sara Morales analiza el nuevo disco solista de la que fuera fundadora y bajista de Sonic Youth, Kim Gordon. Una oda a la desesperación por el mundo que nos rodea, en clave de humor y golpes de krautrock.

 

Texto: SARA MORALES.
Foto: MONI HAWORTH.

 

Una valiente. Esa es Kim Gordon. Y comprometida, porque las letras de sus canciones no dan puntada sin hilo y husmean en la actualidad más conflictiva para acompañar al espíritu crítico de ruido incisivo y, a veces, hasta alienante. Así suena para ella el mundo.

También es cierto que venir de fundar la banda más disonante del rock, Sonic Youth, buscando afinaciones experimentales desde su bajo, deja secuelas. Pero estas, ahora, han ido mutando hacia un gusto por el kraut, con acercamientos al art rock y al pospunk, que nos sigue recordando quién es ella y a qué ha venido.

Este Play me, producido por Justin Raisen (Charli XCX, John Cale…), con quien continúa de la mano en esta etapa solista suya que, con este, ya suma tres discos —No home record (2019) y The collective (2024)— quizá constituya la vertiente más minimalista de su carrera. Los sonidos industriales se funden con ritmos rotos, fracturados, que hablan de la disfunción de clase, del colapso de las democracias, el abuso de la tecnología y la desigualdad social.

Una vanguardia sonora tejida de humor negro, cinismo y reiteraciones líricas que provocan una atmósfera densa y angustiosa, como podemos comprobar en temas como el single “Not today”. Una vanguardia sonora que huye de las estructuras clásicas del pop, para acercarse a los gustos masivos probando suerte con una base urbana en “Dirty tech”. «Estaba pensando, ¿mi próximo jefe será un chatbot de IA? Somos los primeros cuyas luces se van a apagar. Es tan abstracto que la gente no puede comprenderlo», confiesa la propia Kim acerca de esta canción que habla de un futuro distópico cada vez más cercano.

En «Black out» hay reminiscencias trap, en “Nail biter” bebe de los setenta, en “Sub com” se cachondea de las pretensiones de los humanos con la conquista del espacio y en “Post empire” radiografía, muy lamentablemente, pero con retranca, a los Estados Unidos de Trump.

“Girl with a look” viaja hasta los tiempos más melódicos de su histórica banda para narrar episodios de este hoy hiperconectado y vanidoso, y en “Busy bee”, en clave de guasa, se deja acompañar a la batería por el mismísimo Dave Grohl para rendir cuentas a un presente que no nos convence por ningún lado.

Sus diatribas sobre el funcionamiento y las prioridades de la sociedad actual, el fascismo tecnocrático y el ambiente creado por la omnipresencia de la IA se unen a una emocionalidad muy personal. Su entropía sónica, pero de ideas muy claras, rechaza todas las radicalidades menos una: lo absurdo del mundo moderno. Y ahí está Kim para decirlo, para gritarlo.