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Making friends is easy, de Loney Dear

DISCOS

«Entre el impulso electrónico de la apertura, pasajes de pop dramático con cuerdas y baladas pianísticas que avanzan de puntillas»

 

Loney Dear
Making friends is easy
LONEY DEAR REOCRDINGS, 2026

 

Texto: XAVIER VALIÑO.

 

Ya desde las primeras palabras queda clara la intención: “These are the new ways” (“Estos son los nuevos caminos”) canta el sueco Emil Svanängen al abrir el disco Making friends is easy (Hacer amigos es fácil). Esa declaración funciona como brújula: un artista emergiendo del naufragio emocional que documentó en All things go, el álbum de 2024 obsesionado con la caducidad y marcado por rupturas sentimentales y pérdidas familiares.

Lo que ahora propone es justamente lo opuesto: arrastrarse hasta la orilla después del desastre, escupir el agua salada y dar pasos vacilantes hacia adelante. No hay respuestas definitivas ni certezas rotundas, solo la pregunta sincera de qué viene después. Y, quizá, esa sea la virtud del álbum: su naturaleza dispersa pero genuina, donde el compositor mantiene intacta su habilidad para construir canciones delicadas mientras abandona cualquier pretensión de coherencia férrea.

Junto al productor Emanuel Lundgren, Svanängen explora territorios diversos en apenas veintiseis minutos. Grabaciones nocturnas capturadas con el móvil conviven con elaboraciones cuidadosas. El resultado oscila entre el impulso electrónico de la apertura, pasajes de pop dramático con cuerdas y baladas pianísticas que avanzan de puntillas. Svanängen lo define como «música de paisajes».

En “Flush.” una orquesta retumba lejana mientras su falsete vulnerable flota en primer plano. “Mary.” reduce el universo a voz, sintetizador y unos graves profundos. Pero esto no es música ambiental: hay un dinamismo constante. En “Night cars.” la calma se rompe con sintetizadores amenazantes, mientras “Kiddo.” despliega una grandeza con los timbales que remite a Wendy Carlos.

“Undertow” representa la cúspide: inspirada en el “Quinteto para piano en sol menor, Op. 57”, de Shostakóvich, construye un arco donde los arreglos de cuerda preceden a un crescendo arrollador con percusiones y bajo eléctrico. La inquietud no destruye la belleza, la profundiza. Hay también humor: en “Mishaps.”, mientras va creciendo la orquestación, introduce variaciones a partir de una canción infantil sueca sobre la esperanza que persiste.

El disco vacila entre la resignación y la fe en algo mejor, pero se inclina finalmente hacia lo segundo. Después de veinticinco años trazando caminos propios —desde aquellos CD-R caseros creados en su ciudad, Jönköping, hasta discos en Sub Pop y Real World, tras ser alabado por Peter Gabriel como «el Brian Wilson europeo»», este trabajo cierra una trilogía que no aporta demasiadas certidumbres, pero sí la voluntad de seguir buscando.

Anterior crítica de disco: To whom this may concern, de Jill Scott.