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La sangre está cayendo al patio, de Elvira Navarro

LIBROS

«Es su sexto libro, tras el impacto que supuso La trabajadora, sus tres novelas restantes y La isla de los conejos, otro libro de relatos. Y, sin duda, la intensidad se asienta en él, sólido, sin dejar espacio a ninguna fisura»

 

Elvira Navarro
La sangre está cayendo al patio
RADOM HOUSE, 2025

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Los cuentos de Elvira Navarro dejan una sensación agridulce en la boca, como de sangre, esa sangre que tiñe muchas de sus páginas. La primera, sin ir más lejos, con una lavadora —el cuento se llama así, “La lavadora”— en la que la encuentran reseca, después fresca y, al cabo impregnando toda el agua. Angustioso y obsesivo, en medio de una ola de calor, de las protestas de los vecinos y de una investigación policial que no acaba, se acerca a texturas kafkianas. Y, aunque hay mucho del escritor de Praga en ciertos fragmentos, a quien se acoge con mayor querencia es a Cristina Fernández Cubas.

A la autora catalana se acerca “El proyecto”. El ERE de la mujer y la pandemia dejan sin acabar un chalé en el que vive una familia y su hijo. Apenas tienen muebles —aunque sí electrodomésticos—, y la lluvia los atenaza una semana entera. Como de “Casa tomada”, de Julio Cortázar, una ruina, no física, sino anímica, se va instalando en la casa. El crio molesta, se enfrenta a ellos y se percibe —el lector y los padres— algo maligno en la casa. De pronto, una presencia aparece en la mente del hombre durante unos pocos segundos. Y unos sueños.

También afín a Cristina Fernández Cubas “El vigilante”, donde los problemas en el trabajo vuelven a aparecer en la figura del vigilante nocturno de una urbanización a medio construir, que combina con otro trabajo en una inmobiliaria. Una noche, en una ronda, cree oír susurros, que van extendiéndose a otros espacios, como el secador de un baño —los electrodomésticos de nuevo se rebelan—. Para contrarrestarlo, canta canciones infantiles, como un regreso a una protección segura.

Las preocupaciones sociales se vuelven angustiosas en algún relato como “El ramito de violetas”. Una carnicería heredada, un hermano que se va a Sitges y con el que se pelea, una madre con alzheimer. Aunque la protagonista vende el local, ni aun así le llega. ¿Cómo va a vender en Wallapop lo que descubre en el desván si no tiene luz en casa y tiene que cargar el móvil en un enchufe del cementerio a donde va a llevar un ramito a su padre? Un ramito que cada vez que vuelve está en el suelo.

Temas sociales que también aparecen en “Tela de araña” en el que el acoso a una joven de Erasmus en París resulta ser un baboseo infame que al final se convierte en un inmenso y cruel desprecio proveniente de la insatisfacción del fracaso. De ambiente urbano son también dos cuentos ligados: “El miedo a la ciudad” y “La ciudad del miedo”, que cierra el volumen. En el primero, una chica se interna en una periferia de viejas casas y fábricas abandonadas. Busca un autobús. Ahí acaba, pero tiene una continuación en el segundo relato, el que cierra el volumen. De nuevo, vemos a la muchacha adentrándose por unos bloques en París. Son bloques a medio construir, o a medio derruir. De estas, se encuentra con una mujer que sale de un portal, es una trabajadora social, que la lleva a una parada de autobús. La muchacha empieza a ver personas, que la asistenta social no ve. Una narración perfecta cuando descubre un ambiente de desolación de las calles.

Desolación, pero en las carreteras, es lo que refleja “El recogedor de animales”. Mientras su noviazgo se descompone, el protagonista trabaja en la recogida de esos animales que son atropellados en las carreteras y también se descomponen. Son imágenes desagradables que, sin embargo, llevan a nuestro recogedor a la obsesión por salvar a esos animales. Hasta llega a comprar una casa ilegal en una finca donde convive con decenas de animales. Su preferido, un galgo blanco.

He tapado los finales, donde las acciones se resuelven, porque dan vueltas de tuerca. En ellos, Elvira Navarro, con una frase lapidaria, da nuevo sentido a todos los cuentos, los ilumina con una luz oscura que, extrañamente, los hace visibles. Es su sexto libro, tras el impacto que supuso La trabajadora, sus tres novelas restantes y La isla de los conejos, otro libro de relatos. Y, sin duda, la intensidad se asienta en él, sólido, sin dejar espacio a ninguna fisura.

Anterior crítica de libros: El oficio de grabar discos. Conversaciones con Joan Surribas, de César Prieto Álvarez.