DISCOS

«Que Wilson las grabara en el período de mayor deterioro de su salud mental hace que suenen aún más fuera de lugar, en el mejor sentido»
Xavier Valiño se adentra en las grabaciones de The Beach Boys entre 1976 y 1977, entre otros tesoros que esconden su leyenda y sus tropiezos, y que ahora han dado forma al nuevo recopilatorio de la banda californiana.
Texto: XAVIER VALIÑO.
Durante años, el tramo creativo de mediados de los setenta de The Beach Boys ha sido una suerte de territorio mítico y críptico: ni repiten la frescura de sus himnos surferos de los sesenta, ni encajan fácilmente en sus hitos de finales de la década que definieron al pop más clásico. Es precisamente ese limbo entre culto y experimento lo que hace que We gotta groove: The Brother Studio years se sienta más como un archivo abierto que como un simple producto de nostalgia.
El contexto lo explica todo. Tras el éxito masivo de la recopilación Endless summer en 1974, la discográfica presionó para que Brian Wilson volviese a los estudios. El resultado fue 15 big ones (1976), una mezcla de versiones de clásicos del rock and roll con algunos originales, grabada con sintetizadores en lugar de los arreglos orquestales de antaño. La campaña de marketing se llamó literalmente “Brian is back!” (“¡Brian está de vuelta!”, con exclamación y todo), aunque la realidad tras las puertas del Brother Studio en Santa Mónica era bastante más tortuosa. Aquí están las costuras de esa era: descartes, mezclas alternativas, tomas instrumentales y las maquetas grabadas por Wilson en casa, él solo con un teclado.
Lo más valioso de la caja es la publicación oficial finalmente de las sesiones de Adult/Child, el álbum que debería haber seguido a The Beach Boys love you (1977) y que la propia banda vetó por considerarlo demasiado extraño y poco comercial. Décadas de circulación en discos piratas habían convertido este material en casi mitología. “Still I dream of it” —compuesta para Frank Sinatra—, “It’s over now” y “Everybody wants to live”, con un sonido que mejora lo que se había escuchado hasta ahora, son baladas de gran orquesta con una melancolía que no parece fingida, sino destilada, las piezas que justifican toda esta caja de setenta y tres cortes. Que Wilson las grabara en el período de mayor deterioro de su salud mental hace que suenen aún más fuera de lugar, en el mejor sentido.
Del resto se puede destacar la mezcla de “Holy man”, con Carl Wilson a las voces, las melancólicas “In the back of my mind” o “Just once in my Life”, la ternura rota de “I’ll bet he’s nice”, con las tres voces de los hermanos Wilson en un estado de fragilidad compartida, la toma a capella de “The night was so young” y la versión cruda de Brian con su mujer Marilyn en maqueta de “Let’s put our hearts together”.
Aunque esta heterogeneidad puede resultar desconcertante si se escucha de un tirón —y algunos fragmentos ya circulaban en grabaciones no oficiales—, hay un magnetismo innegable en presenciar cómo una banda legendaria confronta su legado, su propio genio y sus tropiezos.

