
«El disco mantiene intacta su capacidad de evocación, la misma de una España que todavía creía que la noche podía cambiar las cosas: contradictoria, expansiva, todavía noctámbula»
Carlos H. Vázquez se embarca en un viaje por Al calor del amor en un bar, el tercer álbum de estudio de Gabinete Caligari que, este 2026, cumple cuarenta años.
Texto: CARLOS H. VÁZQUEZ.
En 1986, España ya no era la misma que a comienzos de la década. Tampoco Gabinete Caligari, que había dejado de ser una promesa de La Movida para asentarse como un grupo de primera fila. El disco Al calor del amor en un bar confirmó ese ascenso y, al mismo tiempo, abrió una etapa nueva. No fue un disco rupturista ni pretendió serlo, sino más bien todo lo contrario: Jaime Urrutia (con Edi Clavo y Ferni Presas) quería firmar un álbum festivo, reconocible, cercano a la calle. Popular sin complejos.
Si en trabajos anteriores (los epés Obediencia y el compartido con Parálisis Permanente, Que Dios reparta suerte y Cuatro rosas) el trío había transitado la imaginería oscura y el poso afterpunk, aquí apostaron por algo más lúdico que conectó con un público más amplio. El 26 de abril de 1986, el sencillo “El calor del amor en un bar” alcanzaba el número uno en Los 40 Principales, y aquellos mismos programadores que años antes habían mirado con recelo a los grupos de la nueva ola terminaron rindiéndose a ellos.
El disco vendió alrededor de ciento cincuenta mil copias, una cifra considerable para la época, y consolidó la alianza con DRO. El disco de oro Cuatro rosas (el primero que conseguía un sello independiente) ya había colocado al grupo en el radar de las multinacionales, pero Gabinete optó por mantenerse en una estructura más pequeña que les proporcionaba un mejor trato.
La producción
Respecto al disco que protagoniza este texto, Ferni Presas no habla de un trabajo maldito —las cifras de ventas así lo desmienten—, pero sí recuerda aquel proceso como un punto de inflexión en la manera de trabajar del grupo, pues Al calor del amor en un bar no nació en un clima de placidez, ya que hubo prisas por entrar al estudio —de nuevo en Doublewtronics con Jesús N. Gómez— tras la gira anterior.
Para cumplir los plazos, tuvieron que apartarse del ruido habitual y encerrarse en una casa en Las Navas de Riofrío (Segovia), alquilada a una amiga de Ferni. Hasta entonces, los álbumes habían llegado cuando las canciones estaban maduras, casi inevitablemente acabadas, con una idea global clara. Pero, esta vez no; había una fecha marcada en rojo y el calendario mandaba.
El encierro se prolongó cerca de mes y medio, con escapadas a Madrid únicamente los domingos. Edi Clavo siempre ha pensado que aquella presión terminó trasladándose también al estudio. Jesús N. Gómez aceptó producir con la condición de trabajar las mezclas sin interferencias, y eso, a posteriori, dejó un poso agridulce en el batería. Clavo considera que el productor asumió un protagonismo mayor del habitual y que el resultado final reflejaba más su sensibilidad que la del propio grupo.
Ferni recuerda que el productor atravesaba entonces una etapa personal complicada y que eso pudo influir en su manera de trabajar. El sonido de Gabinete, según su percepción, dejó de ser del todo suyo. Aparecieron vientos y arreglos que desplazaban el nervio guitarrero característico del trío hacia un terreno más elaborado y expansivo.
Frank López, teclista y testigo de aquellas sesiones, aporta otro matiz. Pone como ejemplo “Malditos refranes”, cuya atmósfera buscaba cierta ambición psicodélica, casi en la estela del Sgt. Pepper’s lonely hearts club band, de The Beatles. Reconoce que a los teclistas —él incluido y también el propio Jesús— les resulta difícil resistirse a enriquecer las capas sonoras, mientras que Gabinete era, por naturaleza, un grupo más directo, más de guitarras. Pero el acierto del productor fue evidente y el grupo, según Frank, le debe parte del salto sonoro; quizá, el debate no esté en los vientos en sí, sino en unos arreglos abundantes que terminaron marcando demasiado el conjunto. El músico, de hecho, desliza además una reflexión más amplia: en España se tiende a confundir producción con arreglos e incluso con autoría, cuando cada función debería tener su espacio.
Joyas encontradas
La canción principal, “El calor del amor en un bar”, sonaba tan española que casi fue a Europa. Gabinete Caligari llegó a estar en las quinielas para representar a España en el Festival de Eurovisión, celebrado el 3 de mayo en Bergen. En Televisión Española existía la tentación de enviar a un grupo surgido de La Movida, un gesto que habría simbolizado el cambio cultural del país. Ya lo habían intentado el año anterior con Alaska y Dinarama, proponiendo “Ni tú ni nadie”, aunque finalmente se impuso la candidatura más ortodoxa de Paloma San Basilio. Con Gabinete ocurrió algo parecido: la idea sedujo durante un tiempo, pero terminó diluyéndose y la elección recayó en Cadillac con “Valentino”.
Más allá de la anécdota eurovisiva, la tarantela compuesta por Jaime Urrutia —apoyada en una sencilla caja de ritmos— contó con un invitado singular: Javier Andreu, a la bandurria. El cantante de La Frontera llegó casi por casualidad: hacía falta alguien que la tocara y Jesús N. Gómez pensó en él. En los créditos figura como mandolina, aunque en realidad era la bandurria de su padre. ¿La razón del cambio terminológico? Según Urrutia, simplemente sonaba mejor.
Javi y Jaime se hicieron amigos, cómo no, en un bar. Conviene no precisar demasiado el año —entre 1985 y 1986— ni la fecha exacta: eran tiempos intensos. Andreu recuerda a Urrutia como alguien cercano y afectuoso. En una de aquellas noches de verano ambos acabaron en la terraza del dúplex familiar de los Andreu, sobre el negocio La Boutique del Automóvil, en la calle del Ferrocarril. Allí empezó a tomar forma la música de “A dormir”.
Luego está la “Canción del pollino”, que revela otra de las constantes de Gabinete: el fútbol, entendido aquí como reivindicación del hincha frente a la superioridad cultural («…Somos los que llenamos los estadios para poder insultar y blasfemar… Somos los que no vamos al teatro y somos carne de bar…»), y el refranero español con “Malditos refranes”. Es, quizá, en el principio de este tema, donde los añadidos y arreglos orquestales de Jesús N. Gómez «rechinen» más de lo debido, pero sin afear el resto de la canción.
Lo cierto es que el disco suena más orquestado, más ambicioso en lo formal y menos espontáneo que sus predecesores, pero “Rey o vasallo” es un ejemplo equilibrado entre estos dos caracteres: rock y orquestación, sin olvidar la vena sensible de una de las joyas escondidas del álbum: “Las dos caras del mar”. O piezas como “El juego y el juguete” y “Por la paz”.
Otra copita más
En paralelo al éxito, la vida de Gabinete Caligari se aceleró. Giras interminables, promoción constante, una popularidad creciente que empezaba a traducirse en firmas multitudinarias y en la aparición de un público adolescente entregado.
Cuatro décadas después, Al calor del amor en un bar ocupa un lugar peculiar en la discografía de Gabinete Caligari. No es el álbum más sofisticado ni el más conceptual, pero sí el que certifica su paso definitivo a la liga mayor, el puente entre la independencia orgullosa y la consagración que llegaría con Camino Soria, ya bajo el paraguas de EMI. También el momento en que el grupo asumió que podía hablarle a un país entero sin dejar de sonar a sí mismo.
Escuchado hoy, el disco mantiene intacta su capacidad de evocación, la misma de una España que todavía creía que la noche podía cambiar las cosas: contradictoria, expansiva, todavía noctámbula. Esa combinación entre tradición y modernidad también se reflejó en la portada, firmada por Pepe “El Hortelano” (la foto de Alberto García-Alix, primera opción, terminó en la contraportada).
Al calor del amor en un bar resiste como documento y como celebración. Un disco que confirmó que La Movida podía convertirse en costumbre, que el underground podía ser canción popular sin perder la ironía, y que el amor —siempre— se canta mejor al calor de un bar. ¡Jefe, no se queje, y sirva otra copita más!

