EL RITMO DE LA SEMANA

«Fue un mes de marzo, exactamente de 1845, cuando el pensador estadounidense comenzó la construcción de su cabaña en el lago Walden»
Sara Morales, en su columna de los lunes, El ritmo de la semana, rescata el pensamiento del filósofo y escritor Henry D. Thoreau, traducido hoy día en un puñado de buenas canciones.
Una sección de SARA MORALES.
Foto de Thoreau: B. D. MAXHAM (Wikipedia).
El mes de marzo para Henry David Thoreau, y para muchos de nosotros, simboliza el reinicio. Una etapa del año marcada por el deshielo, por el fin del invierno (ahí fuera y aquí dentro), por la renovación natural y por el pensamiento salvaje (¡qué necesario!). Un intento, en todo caso, de volver a conectar íntimamente con la naturaleza, nuestro entorno más primario que, como animales que somos, necesitamos para seguir adelante y para imponer —todo lo que nos dejen— nuestra independencia frente al ritmo atomizado que dicta la sociedad.
Fue un mes de marzo, exactamente de 1845, cuando el pensador estadounidense comenzó la construcción de su cabaña en el lago Walden. Aquel experimento de vida sencilla y silvestre, alejada de los patrones impuestos, que terminó convirtiéndose en una de las obras cumbre del trascendentalismo contemporáneo. Allí, alejado de todo y de todos, enarboló una batalla tan particular como universal en favor de la autosuficiencia y de la desobediencia civil, y en contra del materialismo y de las presiones sociales y económicas que ahogan al individuo en sí mismo y en su colectividad.
Thoerau, un anacoreta con alma de literato, un precursor del ecologismo, un disidente intelectual, un observador nato, uno de los primeros punks, a decir verdad. Un tipo solitario e introvertido que puso contra las cuerdas la obsesión por la hiperproducción, el trabajo y el progreso material, abogando por la vida consciente —que no del todo contemplativa— y su saboreo.
No le gustaría ser testigo de que, llegados a este mes de marzo de 2026, con deshielo o sin deshielo y alergias en abundancia, la vida gira precisamente en torno a todo aquello que condenó o aconsejó evitar. Pero sí estaría satisfecho de que algunas de sus enseñanzas y reflexiones hayan pasado a la posteridad, no solo desde su Walden, sino también en forma de fábulas y misivas rock.
De ahí, que contemos con esa maravillosa película llamada Into the wild (Hacia rutas salvajes), dirigida por Sean Penn, con música de Eddie Vedder profundamente influida por el pensamiento de Thoreau. Con esa pieza de Don McLean, “Castles in the air”, que remite a aquella célebre cita suya: «Si has construido castillos en el aire, tu trabajo no se pierde; ahora solo has de colocar las bases debajo de ellos». O con la obra, prácticamente completa, de Bad Religion —el punk, a la vista está, debió ser el género predilecto del escritor y filósofo sin saberlo—.
Hasta Pink Floyd, desde Dark side of the moon, ahondaron en las «vidas de desesperación silenciosa» de Thoreau a través del tema “Time”. Hasta Linda Ronstadt con la canción “Different drum”, de su época con The Stone Poneys, levantó un himno a la individualidad inspirado en él.
«Marchar al ritmo de un tambor diferente», dejó escrito Thoreau en las conclusiones de su ensayo tras su vida en los bosques. Pues eso. Que suene, que suene; a ver si somos capaces de oírlo.
–
Anterior entrega de “El ritmo de la semana”: La grandeza de los Manic Street Preachers ante el gran enigma del rock.

