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Maria Arnal, AMA y sana el alma

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«Un amor que va más allá del imperativo que nos hace libres, abrazando la polisemia de la palabra desde la fuerza del amor y a las mujeres que cuidan, que dirigen, que amamantan, que son pura vida transformadora»

 

David Pérez Marín bucea en el nuevo disco de Maria Arnal, AMA. Un proyecto con el que la cantante y compositora catalana debuta en solitario combinando pop, electrónica, vanguardia y música tradicional polifónica.

 

Texto: DAVID PÉREZ MARÍN.
Foto: Portada del single “Que me quiten”.

 

AMA es una obra que nace de la investigación de «los límites y expansiones de la voz en el siglo XXI», desarrollada por Maria Arnal junto al Barcelona Supercomputing Center y el Intelligent Instruments Lab de Reikiavik. Un proyecto estrenado en el Sónar y que ahora ve la luz como debut discográfico en solitario de Maria Arnal, en un alarde tecnológico que eriza la piel, que emociona desde el recuerdo, el deseo y la resistencia de un cuerpo que se descompone y vuelve a renacer en un mar sintetizado de frecuencias digitales, en un desierto que florece a base de percusiones metálicas y polifonías vocales, frescas y pegadizas, a corazón abierto.

Así, estos surcos palpitan queriéndose comunicar, como ese amor inextinguible que viene y va, que nos une, que nos conecta y atraviesa, como la flecha que dispara el arco enamorado que encontramos en el disco, como esa percusiva escalera que nos lleva de un sitio a otro en “Ama”, o esa “Carta” no contestada que une para siempre a dos personas.

Tras el magnífico tándem con Marcel Bagés, firmando dos epés y dos álbumes que rozaron la excelencia, fundiendo electrónica y guitarras con folclore y oralidad popular, 45 cerebros y 1 corazón (2015) y Clamor (2021), Maria Arnal nos regaló la maravillosa banda sonora de Polvo serán (con la muerte bajo el foco), de Carlos Marques-Marcet, ganadora de un Goya. Salvaguardando la esencia de aquellos primeros pasos, ahora reaparece con AMA, un nuevo salto artístico al vacío, a nuevos territorios con la IA como punta de lanza para expandir su voz (instrumento protagonista total) hacia el infinito y más allá. Flanqueada por los coproductores Pau Riutort y Alizzz.

Un reinicio, un renacer que cura el dolor callado, desde el duelo, desde el recuerdo imborrable de los sentimientos. Trece pistas que nos llevan a los trece años de Maria Arnal, la edad que tenía cuando perdió a su prima hermana, primera gran herida vital sobre la que gira y conecta gran parte de la energía emocional de la obra.

Canciones empoderadas que son dueñas, amas de su propia historia, de sus propias voces y de todas las dimensiones que las diferencian y unen. Porque AMA es un amor que va más allá del imperativo que nos hace libres, abrazando la polisemia de la palabra desde la fuerza del amor y a las mujeres que cuidan, que dirigen, que amamantan, que son pura vida transformadora. Surcos que nos hablan desde el querer, desde el amor a una hermana, a una prima, a una madre, a una tía, a una abuela o a una amiga.

Ya el título, AMA, subraya esa memoria femenina, personal y colectiva, en torno a la que gira la obra; y es que, como nos cuenta Maria Arnal: «Las dos letras que conforman AMA, la A y la M, son los dos primeros fonemas, los dos primeros sonidos que aprendemos a articular por una razón muy concreta, tiene que ver con otro cuerpo: el de nuestras madres. La A es la primera vocal, porque es la más fácil de pronunciar, pero la M es la primera consonante que pronunciamos porque entrenamos los músculos que son necesarios para articular la M mamando del pecho de nuestra madre».

«Lo que te quede / por decir, / te quedará por / llorar, / llorar, / llorar… / Dilo, / dilo, / dilo, / di». Versos de Safo en poco más de medio minuto de intro, “Dile”, y ya el hechizo comienza a surtir efecto y corrernos por las venas, para terminar por poseernos al completo con el siguiente parpadeo en la titular, “AMA”, un impulso imparable, un escalofrío, «una flecha en el pecho», revelación, rayo que cae del cielo… «Algo que se presiente / que no se puede frenar. / Algo que viene de frente / que no se puede evitar…”. Una luminosa enredadera electrónica, pop y coral que se abre paso entre percusiones metálicas, ramificándose en “60 capas vocales, grabadas, clonadas, multiplicadas y reimaginadas, hasta construir un coro invisible que canta con ella, por ella y a través de ella”. Una pieza que ya por sí sola es un universo en el que perderse y encontrarse una y otra vez.

«Ando por el bosque con tu carta, las ramas me preguntan por ti… / (…) / Las hojas crujen bajo mis pasos / preguntan tu nombre y no lo quiero decir / como si leyeran en voz baja / las palabras que no te pude decir…». El diálogo muta a intercambio epistolar en «Carta», para sanar los silencios y tabúes, familiares y sociales, del pasado, para responder y preguntar aquello que no dijimos, adentrándonos en un bosque encantado de pájaros piando, sintes y polifonías resplandecientes.

La traviesa vanguardia sigue en «Pellizco», con la voz de Arnal desdoblándose, metamorfoseando en percusión, como esas puertas que se abren y nos acercan. Interludio de teclados cegadores (“Fui”) y alcanzamos una de las cumbres vocales y poéticas más reivindicativas del álbum en “Que me quiten”, ritual empoderado por todas las que ardieron en las hogueras, ayer y hoy, con una Maria Arnal más allá del bien y el mal: «Que me quiten lo que tengo / que me arranquen la visión / que me tiren sus cuchillos / que me priven de mi voz / que me quemen en la hoguera / que me claven en la cruz / que me impongan un destino / que no pueda ver la luz / (…) / Y por mucho que me quiten / hoy, ayer, ayer y hoy / no me voy, que no me voy».

Alcanzamos el ecuador en catalán, con una pieza de alta orfebrería sonora y coral, polifonía espiritual que se torna jardín de las delicias. Brisa de verano en la piel que rezuma sensualidad a cada paso, con una chica escuchando música por la calle como protagonista, recordando la noche anterior y casi sin tocar el suelo, sintiéndose ama y dueña, con «miel en la boca y flores en los dedos». Canción que hermana con «La meua xiqueta és l’ama» de cierre, “Meua”, canción tradicional valenciana cantada por Maria en forma de personalísima nana. Una despedida a modo de manifiesto agradecido a esa tradición que nutrió y nutre su voz, esa raíz antigua y honda que convive y dialoga con cada uno de sus clones vocales.

Antes, flotamos sonrojados con el pop futurista, enamorado y juguetón, de “Suspiros”, cosquilleo que no se extingue en “Tictac”, con un órgano cargado de espiritualidad en su inicio y un ritmo electrónico que nos golpea el pecho y acelera el pulso; anhelo omnipresente de querer volver atrás y reencontrarnos con esa persona que se fue, duelo que se transforma en pura luz y baile nervioso bajo una fina lluvia sintetizada de beats: “Quisiera rebobinar / volver a nacer quizás / otro cuerpo, otro lugar / otra voz, otro mirar… / Quisiera volver atrás / volver a vivir quizás / todo lo que ya sentí / volver a encontrarte a ti».

«Soy como Alicia / caigo sin caer / El mundo gira / y me paré», y nos encontramos abriendo ventanas en “Si te asomas”, y la “Puerta”, con ese mantra que desprende seguridad y autenticidad: «Yo ya di otra vuelta entera una vez más»; para pasar a la sobrecogedora belleza y desgarro onírico de “Por tus penas”, mirando a la enfermedad a los ojos y encontrando, aunque duela, la calma: «Caballos corren por tus venas / te llevan donde no hay dolor / ahí donde tu cuerpo ya no siente / tampoco sentirás mi amor / Y aunque a mí sí que me duela / ver cómo se apaga tu interior / desapareciendo lentamente / aunque no lo sientas / te llega igual mi amor». A mí me ha llegado desde la primera escucha de AMA.

Una madurez creativa al alcance de pocas, arriesgando, recorriendo y abriendo nuevos caminos sonoros. Maria Arnal es ama de su momento y más dueña de su voz que nunca. Ha encontrado, conectada a sus heridas y al presente-futuro, un espacio propio para volver a despegar y sanar(nos) tantas veces como quiera.