
«A partir de aquel lanzamiento ya no hicieron nada decente (si acaso el estreno en solitario del bajista Duff McKagan) y el mítico concierto en París de 1992 que abría su gira europea fue la sentencia»
Manolo Tarancón se adentra en la evolución de Guns N’ Roses a lo largo de su trayectoria, reflexionando sobre si estatus referencial en el rock debe mantenerse intacto o es momento de cuestionarlo.
Texto: MANOLO TARANCÓN.
Nada como el marketing para poner las cosas en su sitio. Entiéndase el concepto como campaña económica de alto calado ejecutada para levantar un proyecto, sí, digámoslo, que promete. Recuerdo cómo solía colarme, en mi adolescencia, en la habitación del hermano mayor de mi mejor amigo que nos tenía prohibida la entrada para escuchar música a la que no hubiera tenido acceso de otro modo. No existía internet y acceder a los discos y canciones nada tenía que ver con los tiempos actuales. Quizá a otros no les pasaba lo mismo, pero en mi caso la música no se elegía y había que consumir lo que hubiera. Desde encontrar una cinta pirata con un recopilatorio magistral de Ramones que regrabé en un aparato de doble pletina, a un VHS con un concierto de Guns N’ Roses de la gira de su primer elepé, Appetite for destruction (1987), que veíamos sin parar. Uno de los mejores discos de rock que se han grabado. Las cosas como son.
Se gastaban un pequeño escenario y entre los amplis había cintas amarillas que rezaban la famosa frase «Police line don´t cross». El aliento del público se notaba cerca en un ambiente oscuro de garito. Seguí su trayectoria de una manera desinteresada y supe que le siguió un álbum de transición mitad estudio, mitad directo. Cuatro años después llegó el marketing.
Un videoclip con Schwarzenegger en el interior de una sala de conciertos apartando al personal con cara de pocos amigos, mientras los Guns tocaban “You cold be mine”, mezclado con otras escenas, ofrecía la notable jugada de mercado. Dos en uno: la pieza promocional del largometraje Terminator 2 y el lanzamiento mundial de un grupo que había grabado un disco doble o vinilo cuádruple, según se adquiriera. Más allá de los singles elegidos por la compañía, lógicamente temas cortos y radiables, lo cierto es que había grandes canciones allí, y ha de reconocerse el atrevimiento de grabar cortes que superaban los siete minutos: “Civil war”, “Coma”, “Estranged”, “November rain”, … ¿Quién no recuerda a Slash con su chistera marcándose un solo eterno con su Les Paul en el pico de una montaña, en el videoclip oficial?
No faltaron la doble versión moñas de “Don´t cry”, la adaptación de “Knockin’ on heaven’ door” o canciones pegajosas como “Yesterdays”, por no hablar de intentos con sonidos obscenos —se les debía vender de malotes, pillines y heterógeneos— tonteando absurdamente con el rap para cerrar la obra magna con “My world”.
Resulta curioso seguir leyendo en ciertos sitios que la voz de Axl Rose es de las mejores que ha dado su género. Sumado a que a partir de aquel lanzamiento ya no hicieron nada decente (si acaso el estreno en solitario del bajista Duff McKagan), el mítico concierto en París de 1992 que abría su gira europea fue la sentencia, al menos para quien escribe. Entre los más reproducidos de la historia del rock, arranca de día, repleto de colaboraciones VIPS (Steven Tyler, Joe Perry, Lenny Kravitz), donde, entre oufits de mal gusto, Axl corre más que Ben Johnson y se frena en seco para posturear. Podría ser válido y pasable si no desafinara abruptamente, sin llegar a las notas demostrando que el procesado de las voces en el álbum era de libro y que el directo no le dejaba en buen lugar. Como ejemplo, el bodrio melódico vocal en las partes graves de la ya citada “Don’t cry”. Pese a todo, lo registraron y editaron en formato audiovisual para la posteridad. Sus fans acérrimos lo siguen tachando de obra maestra.
¿Por qué esa diferencia con el concierto del Appetite donde se detecta un aire real, en la voz y puesta en escena, cuando contaban con menos medios de producción y calidad de escucha interna? Habían pasado del tugurio al gran escenario de estadio y puede que ahí esté la respuesta. No todo es malo. Me remito a las canciones más oscuras y atrevidas, que demostraban la electricidad de antaño que los sacaba del listado de grupos modelados y moldeados para vender discos como churros. Temas como “Locomotive”, acercamientos al country desde lo eléctrico de “Breakdown”, píldoras directas como “Right next door the hell”, Perfect crime” o “Pretty tide up”, “Bad obsession” o el corte irrespirable —para bien— “Double talkin´jive”. “Bad apple” o las ya citadas “Coma” —vaya riff— o “Estranged”, siguen entre mis favoritas.
Me siento incapaz de olvidar mi decepción al ver aquel concierto de París — seguramente, la primera vez que mi subconsciente me decía que la industria de la música engaña cuando quiere— y a un Axl desangelado en la voz que, con su estética, ya le ha sacado jugo al personaje, y mucho, el humorista Joaquín Reyes. Aquel “producto”, más allá de las capacidades en directo, lanza la doble pregunta sobre si merece le pena venderse al éxito cuando vienes de firmar un disco mayúsculo solo cuatro años atrás y si es posible que, con una voz mediocre, hasta hoy en día, la banda siga llenando estadios cada vez que anuncia una gira.

