LA ESPUMA DE LOS DÍAS

«Fue un genio, un genio heterodoxo, estrambótico, cascarrabias, gamberro y zumbón, uno de los genios más descacharrantes de la historia de la música española, qué digo la música, de la historia de la cultura española»
Luis Lapuente, en su columna mensual “La espuma de los días”, bucea en la vida, la obra y el legado de Gregorio Paniagua, «uno de esos héroes cuya música resiste contra el miserable signo de los tiempos».
Una columna de LUIS LAPUENTE.
En 2019, antes de la pandemia, Lloyd Cole dijo: «A medida que nos acercamos al final de esta década, la mayoría de mis héroes están muertos. Y yo sigo intentando ser un héroe para alguien, en alguna parte». Casi siete años después, seguimos buscando héroes que nos guíen hacia la luz. Héroes para contener el viento helado de la noche, héroes para aliviar nuestro dolor, héroes para cuidar los jardines más pequeños o inhóspitos. Hoy hablamos de uno de esos héroes, cuya música resiste contra el miserable signo de los tiempos.
Héroe a su pesar, el gran Gregorio Paniagua (1944-2026), que fue algo así como un Mozart punk. Y fue también Dalí. Y el Quijote. Fue Groucho Marx, Frank Zappa, Oscar Wilde y Tom Waits vestido con un frac. Fue Tesla, Luis Sánchez Pollack y Don Ramón María del Valle Inclán. Gregorio Paniagua fue un genio, un genio heterodoxo, estrambótico, cascarrabias, gamberro y zumbón, uno de los genios más descacharrantes de la historia de la música española, qué digo la música, de la historia de la cultura española.
Gregorio Paniagua fue el mayor de ocho hermanos, cuatro chicos y cuatro chicas. Era hijo del Dr. Gregorio Paniagua, un entusiasta de la música clásica que fundó el servicio de Hematología de la Fundación Jiménez Díaz. Gregorio estudió allí Medicina, pero abandonó la carrera en el 5º curso para formarse en música y tocar el violonchelo en el Conservatorio de Madrid, disciplinas que también dejó cuando le faltaba un año para graduarse. Más tarde, estudió viola da gamba y dirección de orquesta con el gran Sergiu Celibidache.
Cuando tenía 20 años, Paniagua fundó el grupo Atrium Musicae, un conjunto dedicado al rescate e interpretación de la música antigua europea del Renacimiento y Barroco con instrumentos de época, al que fueron incorporándose sus tres hermanos varones: Carlos (un estupendo luthier), Eduardo y Luis (genuinos especialistas en músicas medievales), y dos de las mujeres, Carmen (también hematóloga) y Cristina, además de, entre otros, el polifacético Máximo Pradera y compositores e intérpretes de la categoría artística y humana de Begoña Olavide, Andreas Prittwitz, Luis Delgado y Javier Bergia.
Atrium Musicae publicaron más de veinte álbumes en los sellos Hispavox y Harmonia Mundi, entre 1964 y 1980. Los más celebrados fueron Las cantigas de Santa María, de Alfonso X El Sabio (1968), grabado en la colegiata gótica de Covarrubias. O la Musique de la Grèce antique (1979), un disco controvertido donde Paniagua reimaginó la música griega antigua, en una edición patrocinada por la UNESCO en apoyo de la restauración de la Acrópolis de Atenas. También, entre otras muchas obras, El códice de Las Huelgas (S.XIII-S.XIV) (1970), Musique arabo-andalouse (1976), Messe de Barcelona-Ars Nova (1972), Las Indias de España-Música precolombina y de archivos del viejo y nuevo mundo (1981) o La folia de la Spagna (1982).
Y, por supuesto, el famoso Códex glúteo, del año 1978, en cuyas notas interiores, Paniagua escribió: «En la cara interna de la tabla derecha del tríptico El Jardín de las delicias, de El Bosco, aparece representado un infierno, en el que se ven sumidos músicos y cantores. La portada de este disco es un facsímil detallado de una partitura escrita sobre el tetragrama con su clave y su indicación de ritmo ternario. Este códice inédito, que denominaré Codex glúteo, tiene la particularidad esencial de ser la única partitura escrita directamente sobre el culo de un ser humano, que a la vez sirve de facistol o soporte y de pergamino. Un extravagante coro, situado entre una gigantesca zanfona y debajo de la caja de resonancia de un arpa gótica, lee este glúteo y entona la música allí escrita».
Sobre tan abracadabrante partitura, Paniagua y su grupo tejen un brillante mosaico de canciones caculofónicas, intercalando antiguas piezas licenciosas de la época de los Reyes Católicos con composiciones originales de aire gótico minimalista, que interpretan con los instrumentos más nobles (un arpa del siglo XII, un piano Steinway) y disparatados (un ramillete de acelgas, un matasuegras en fa, una caracola mediterránea en mi bemol…). Digno heredero de la más culta y genuina tradición humorística patria, este Códex glúteo tiene, además, la rara cualidad de basar su rica estructura musical en dos únicas páginas, gráficamente bautizadas por el propio Gregorio Paniagua como la nalga 1 y la nalga 2.
En 1980, Gregorio Paniagua disolvió Atrium Musicae, consciente de que ya había agotado su investigación de la música antigua y de que tenía que experimentar con su propia música. Ni corto ni perezoso, afrontó entonces la grabación del legendario Batiscafo (Hispavox, 1980), con instrumentos inventados por él y con la guitarra eléctrica de Tony Luz.
Batiscafo, hay que decirlo enseguida, es una obra maestra mayor de la música del siglo XX. Un disco experimental y divertido a raudales, un prodigio de inspiración y desparpajo, a medio camino entre la patafísica, el expresionismo, el costumbrismo y cualquier vanguardia que uno pueda imaginar. En él se mezclan los sintetizadores con un gran arsenal de instrumentos musicales antiguos y raros, viola da gamba, violonchelo, zanfona, salterios, arpa gótica, laúd, vihuela, flautas eunucas, espineta, clavicémbalo, contrabajo, instrumentos de percusión a cual más disparatado —desde el tintinábulum etimológico de San Isidoro a los crótalos de serpiente de cascabel, las bolas de petanca o el zumbido de una abeja—. Por supuesto, cuando se publicó el elepé nadie o casi nadie se dio por enterado de semejante genialidad y solo recientemente ha sido reeditado con todos los honores por la discográfica Munster Records.
En otro de sus prodigiosos bandazos, Paniagua afrontó entonces otro proyecto inefable, un álbum en comandita con Lucía Bosé. Vicente Fabuel escribió en Cuadernos Efe Eme que aquel disco, titulado Io, pomodoro (CBS, 1981), literalmente, Yo, tomate, fue «un espectáculo magnífico y fresco, lleno de excitación poética y una ráfaga exhibicionista de instrumentos imposibles, como la flauta sin soplo, el matasuegras en Fa, la carraca soprano, el órgano de barbarie, etc. Paniagua se encargó de la música, la producción y los instrumentos inusuales, mientras que Lucía recitó sus propios textos en italiano y español».
En 1995, Gregorio Paniagua firmó un elepé sorprendente titulado Spectacles for tribuffalos, una colaboración que parecía imposible con el compositor, productor y empresario musical Nacho Scola, otro talento singular, y con la mismísima Rita Marley, viuda del rey del reggae, uno de esos discos únicos en su especie que, como Batiscafo o Códex glúteo, pertenecen al canon musical del siglo XX.
Allí se amalgaman el charlestón, el minué, el blues, el swing, el ragtime, el gregoriano y el pop, con participación de gente tan dispar como el Orfeón Donostiarra, los niños de una ikastola de Irún o el guitarrista de blues Javier Vargas, en canciones inmortales como “Navigation” o “Yellow cab”, que arranca como un himno eclesial y termina evocando un cabaret futurista. Luis Delgado recuerda que «esta última pieza está ya en las Indias de España (Gregorio fue el Gran Maestre del Reciclado). Se titula “Hanac Pachac” y es una de las primeras músicas impresas en América (para la catedral de Lima, creo recordar). Por mi parte, humilde discípulo reciclante, la reutilicé haciendo un arreglo diferente, como cabecera del Quijote del siglo XXI para esa santa casa que es RTVE, a las órdenes de Benigno Moreno. Así es la vida, amigo».
Antes, en 1985, Paniagua recicló la melodía de la “Danza de la pimienta”, que había escrito para Lucía Bosé y la convirtió en una hermosa canción de amor titulada “Dansa de la primavera”, con letra y voz de Maria del Mar Bonet. Según escribe acertadamente Patricia Godes en Jot Down, «una canción cargada de poesía, melancolía, y también de contrastes, donde palpitan los fenómenos naturales, las penas del corazón, la muerte del amor y el renacer de la vida en primavera». Gregorio Paniagua tocó allí el chelo, el clavecín y la zanfona.
Entre los numerosos admiradores de la música de este héroe de nuestra escena musical se encuentran los donostiarras Single, el grupo integrado por Teresa IIturrioz e Ibon Errazkin, exmiembros de Aventuras de Kirlian y Le Mans, que grabaron en 2011 dos de las joyas del disco de Paniagua con Lucía Bosé. “Nana de una sola nota” y “Dime quién eres, desconocido vecino”.
Gamberro, heterodoxo y anarquista de sí mismo hasta el final, Paniagua se embarcó con Javier Bergia, en los años noventa, en la composición de una banda sonora para una película húngara titulada El cazador, dirigida por Ikina Szabo y producida por David Bowie, film y música de los que nadie parece saber nada y que nunca llegaron a editarse.
No hemos hablado todavía de sus numerosos hijos, los tres mayores, nacidos de su matrimonio con Cristina Úbeda, otros cinco concebidos con Beatriz Amo, ambas miembros de Atrium Musicae, y el último, llamado Mercurio, fruto al parecer de una relación con una exesposa de Valerio Lazarov.
O de los tres divertidísimos documentales que pueden verse sobre él en YouTube, uno de ellos sobre la grabación de Batiscafo, presentado por su última pareja, amiga y compañera, Vanessa, y por su hija Calíope, que estuvieron con él en el momento de su fallecimiento.
O de su temprana aversión por los Beatles y su postrera fascinación por el grupo de tecno disco Level 42. De sus cuadros, que expuso en la Galería Juana Mordó, y de sus esculturas, de su carácter indómito —no había quien le llevara la contraria—, de su insaciable curiosidad… De la mucha música que ha quedado inédita en su casa de Camorritos, por ejemplo, horas y horas registradas en cinta de un proyecto inacabado sobre música de la prehistoria (¡toma ya!), que Javier Bergia le propuso en varias ocasiones, y con escaso éxito, ayudarle a organizar y editar.
No hubo tiempo para más. Gregorio Paniagua murió el 10 de enero de 2026 en su casa rural de Cercedilla, un refugio taumatúrgico que él llamaba El Monasterio, donde tenía su museo de instrumentos antiguos, violas, violonchelos y absurdófonos, como denominaba a los utensilios sonoros que inventaba sin cesar. El 2 de febrero habría cumplido 82 años. Su fabulosa historia, su figura singular y su música deslumbrante, merecen ser documentadas, narradas y escuchadas por generaciones.
Disfrútenlas antes de que las descubran en las páginas de Mojo.
PD: Hay más héroes que se niegan o negaron a darse por vencidos, desde ese Van Morrison que multiplica sus grabaciones para acercarnos la buena nueva del blues, hasta el indómito Neil Young que no deja de plantarle cara al repugnante mandamás de Washington. O los tristemente desparecidos Remigi Palmero (1950-2026) y Bob Weir (1947-2026), músicos y excelsos y personajes a contracorriente, que firmaron discos tan luminosos como Humitat relativa (1979) y Blue mountain (2016), respectivamente. Pero ellos, quizá, serán protagonistas absolutos en alguna futura espuma de los días.
–
Anterior entrega de La espuma de los días: Steve Cropper, Brian Eno, Paul Weller (y Rosalía y el góspel y las cebolletas).
