DISCOS
«La producción, cuidada pero nada ostentosa, deja espacio para que las canciones respiren y para que las voces, el auténtico corazón del proyecto, mantengan su protagonismo»

The Sha La Das
Your picture
DIAMOND WEST RECORDSW / POPSTOCK!, 2026
Texto: XAVIER VALIÑO.
Escuchar el segundo álbum de The Sha La Das es como abrir una vieja caja de fotografías encontrada en el desván: imágenes ligeramente descoloridas, pero cargadas de vida, afecto y memoria. Detrás de este álbum está una agrupación poco común, incluso en el terreno de la música retro. Formado por Bill Schalda, quien ahora cuenta 79 años y vivió aquella época de primera mano, cuando los grupos se formaban en las esquinas y las armonías surgían casi de manera espontánea, con él están sus tres hijos: Paul, Will y Carmine. Se trata más de una aventura familiar con una profunda devoción por los sonidos clásicos del doo-wop, el soul y el pop de mediados del siglo XX.
No se trata de una reconstrucción arqueológica, sino de un diálogo entre generaciones que se expresa, sobre todo, a través de las armonías vocales. Desde los primeros compases, el disco transmite una calidez envolvente. Las voces se entrelazan con naturalidad, como si no hubiera fronteras entre el pasado y el presente. Canciones como “Young love and laughter” no hablan tanto de la juventud como de su recuerdo, de esa sensación de mirar atrás con una sonrisa serena. El tema que da título al álbum, “Your picture”, funciona como eje emocional: una melodía suave que evoca ausencias, rostros y momentos que siguen vivos en la memoria.
A lo largo del disco aparecen pequeños giros que evitan que el viaje sea previsible. “If you want you can be my girl”, por ejemplo, introduce un pulso rítmico diferente, casi juguetón, que amplía el horizonte sonoro del grupo sin romper su coherencia. La producción, cuidada pero nada ostentosa, deja espacio para que las canciones respiren y para que las voces, el auténtico corazón del proyecto, mantengan su protagonismo.
Su tono constante puede resultar demasiado uniforme para quienes prefieran giros bruscos o una energía más explosiva. Pero ahí reside también su encanto: es un disco que invita a escucharse sin prisas, como una conversación larga en la mesa de casa. Y este retrato sonoro de una familia que ha decidido convertir sus recuerdos compartidos en música tiene una protagonista obvia y hasta lógica, ausente en la grabación, pero bien presente en todas las canciones y todos los recovecos del álbum: la mujer de Bill y la madre de sus hijos, Linda. De hecho, caben pocas dudas de que ella es la mujer de la portada. No hay mejor historia que esa, ni mejor razón que alguien pueda tener, para dar forma a un trabajo discográfico tan emocional como este.
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Anterior crítica de disco: Canções do velho mundo, de Teago Oliveira.

