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Pubertad letal, de Astracán

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DISCOS

«El disco tiene ese encanto magnético de las grabaciones de finales de los setenta y principios de los ochenta»

 

Astracán
Pubertad letal
AUTOEDITADO, 2026

 

Texto: SENDOA BILBAO.

 

Conocí a Jimmy Arisco una noche en un bar de Madrid después de la presentación del libro ¿Cuándo se come aquí? El gran golpe de siniestro total, de nuestra directora Sara Morales. Entre cerveza y chupitos me inocularon la esencia de Astracán. En pocos días, ya estábamos definiéndolo como “astracanadas” cada vez que encontrábamos algo punk, glam, kitsch, delirante, descarado, ilustrado, elegante y sucio. Pronto ya estaba moviendo su versión del “Teenage kicks”, de los Undertones, titulado «Pubertad letal» entre amigos, músicos y locutores.

Ahí fue cuando el tipo se transmutó definitivamente en Jimmy Astracán, asumiendo su lugar frente al público como frontman de esta insurgente banda de punkrockers.

La génesis de Astracán tiene el aroma de los flechazos que ocurren en las trincheras del do it yourself. Jimmy y Jota Astracán, quien fue batería también en Joder qué bien, se cruzaron en los anuncios del extinto Atiza. Lo suyo fue una comunión de intenciones que los llevó a purgar el pasado para fundar una banda con una seriedad que solo la veteranía otorga. Reclutaron a Elías, “El Mesías”, en la barra de la Wurlitzer, y sumaron el pulso de Miguel Vacuii al bajo. Tipos que vienen de sitios distintos, pero que han logrado conformar el sonido Astracán.

Para capturar esta sustancia indómita, se encerraron a finales de mayo de 2025 en los Universal Rats Studios. Bajo los mandos de Daniel Zurita (Dani 13 Bats) —arquitecto del ruido por el que ha pasado el punk estatal de Kaos Urbano o Non Servium—, parieron ocho cortes que desafían la pulcritud digital. El disco se mezcló en julio y pasó por el quirófano de Txus Lozano en Circle Pit para el máster final.

Sobre el resultado final, el disco tiene ese encanto magnético de las grabaciones de finales de los setenta y principios de los ochenta. Es un sonido buscado, cercano al radiocasete, al fanzine fotocopiado y a esa crudeza de finales de los años setenta que no buscaba la perfección, sino la captura de un momento de peligro. Suena a Astracán.

La interpretación de Jimmy es el alma del artefacto. Es descarado, pero con una inocencia desarmante, su voz es afilada y rebelde, pero mantiene un porte glam y elegante que lo sitúa como un heredero directo de Lux Interior, Johnny Rotten o un Carlos Berlanga que se hubiera desayunado el espíritu travieso de Stiv Bators. A su lado, la batería de Jota Astracán es motor de granito. Jota no toca para lucirse, ajusticia los parches. Su pegada tiene la potencia de Paco de Eskorbuto y la precisión marcial de Topper Headon. Es el verdugo que marca el paso de esta milicia mientras el resto juega con dinamita.

Sus canciones parecen escenas de las películas de Ed Wood, donde marcianos, zombis, vampiresas y pulpos gigantes caminan por la ciudad como si el mundo fuera a acabarse en la próxima esquina y les diera exactamente igual.

El viaje arranca con “Vibrato”, un homenaje cortante a The Vibrators. Es una canción de urgencia y huida que desprende arrogancia hostil. «El miedo no puede esconderse / está clavado como un cuchillo en la pared», escupe Jimmy antes de soltar el primer grito de guerra: «¡Llegó Astracán!».

Le sigue “Pubertad letal”, esa versión libre de los Undertones donde un tipo de 70 años decide que envejecer es un error de cálculo. Se inyecta la vida directamente en la vena para evitar el tedio. Aquí Jimmy suelta la declaración definitiva: «Y el speed es vitalidad / Quieren dormirme con Orfidal / Ya tomo anfetas para descansar / Tengo 70 y todo me da igual, ¡vivo en una pubertad letal!». Es la negación farmacéutica de la calma, el último pogo antes de que bajen la persiana para siempre.

En “Siempre sale el sol”, bajo un riff del 77, la banda disecciona esa “mente gris” que te muerde cuando te haces adulto. Es un grito de salvación lanzado desde el fondo de un túnel. El cierre de la primera cara lo pone “Cráter lunar”, una estampa nocturna y esotérica: «Ni pactos con el diablo, ni rituales sagrados / Las fases de la luna son mi talismán».

La cara B rompe la baraja con “Conspiración en Petra (de Fenetra)”, una intro de tintes arabescos donde suenan un sitar y un palo de lluvia. Es el preludio inquietante que nos arroja a “GoogleBerg”, la pieza más política. Aquí Jimmy parece poseído por Johnny Rotten al gritar contra la vigilancia de las corporaciones: «No somos humanos, somos alienados / Seres sumisos bajo control». Es 1984, pero con una estética de callejón. La diversión   estalla en «Vinieron desde lejos», un tributo a la serie B, con ecos de Plan 9 from outer space, nos hablan de vacas voladoras y alienígenas que vienen por nuestras fantasías más sucias: «¡Qué quiere que me inserten una sonda rectal!».

Y para cerrar, la “astracanada” definitiva: “El futuro”. Una joya del synth pop español de Kikí d’Akí, llevada a las revoluciones del punk rock más directo. Una ironía quirúrgica que suena a lo que queda cuando las luces se apagan y solo te queda un balneario en el Pirineo para esperar el fin de los tiempos: «El futuro es ahogarse en vasitos de agua termal / Apurando a sorbitos el momento estival».

Astracán ha facturado un debut que es una ruptura ontológica, una colisión entre el Rocky horror picture show, Mars Attack y un bar de Malasaña donde todavía se puede fumar si conoces al dueño. Publicado por Piel de Astracán Records (autoeditado), el disco es la transfusión de sangre que este Madrid necesitaba para volver a sentir el pulso. Han unido a Parálisis Permanente con el esoterismo, a los Ramones con la serie B, y lo han hecho con el respeto de quien sabe que el punk rock es una cuestión de honor y elegancia.

Anterior crítica de disco: The demise of planet X, de Sleaford Mods.