DISCOS
«Las guitarras se entrelazan con teclados que aportan un brillo casi cinematográfico, mientras las voces sostienen un discurso que gira en torno a la empatía, la memoria y la persistencia»

Icecream Hands
Giant fox pineapple tree
2080902 RECORDS DK, 2026
Texto: XAVIER VALIÑO.
Treinta años después de sus primeros pasos, Icecream Hands regresan con un octavo álbum que parece concebido desde la serenidad de quienes ya no necesitan demostrar nada, pero aún sienten el impulso de crear algo luminoso. Giant fox pineapple tree se despliega como un cuaderno de melodías cuidadas, un disco que abraza el power pop en su forma más luminosa: guitarras cristalinas, armonías que se deslizan sin esfuerzo y melodías que parecen escritas para quedarse a vivir en la memoria.
El grupo de Melbourne (Australia), veterano en el arte de la armonía radiante, vuelve a apoyarse en su habilidad para construir paisajes sonoros que equilibran ternura y vitalidad. Las guitarras, siempre luminosas, se entrelazan con teclados que aportan un brillo casi cinematográfico, mientras las voces —cálidas, precisas, cómplices— sostienen un discurso que gira en torno a la empatía, la memoria y la persistencia. No es casual que varias piezas evoquen la idea de seguir adelante, incluso cuando el camino se nubla: hay una voluntad de consuelo que atraviesa todo el disco.
Su título proviene de algo que el grupo, encabezado por Marcus Goodwin y Charles Perkins, vio entre la niebla desde el estudio donde lo grababan. Un malentendido acabó sembrando la semilla de este nombre extravagante, casi onírico (Zorro gigante, árbol de la piña). Esa misma cualidad se percibe en las letras, donde la realidad cotidiana —una despedida, una carretera, un árbol imaginario— se transmuta en metáfora sin perder el pulso genuino de la vida.
La secuencia de temas está pensada como un recorrido emocional. Canciones como “Back on the road”, “Do ya feel it” o “Leaving nobody out” funcionan como rotundas declaraciones de principios. La senda se torna introspectiva en “Look for the blue”, un canto que explora la luz tras la sombra, y en “Mercy”, donde la ternura se filtra por entre los acordes como un mensaje que late más allá de la superficie.
“Tambourine mountain” emerge como una de esas joyas que solo una banda con años de oficio puede escribir. Y, sin embargo, el disco nunca se detiene en la nostalgia: “Don’t let the party fade out” es un recordatorio jubiloso de que la celebración y el optimismo vivido en comunidad siguen siendo capaces de iluminar la penumbra, mientras que “Carry on” y “Leaving nobody out” insisten en la idea de colectividad y resistencia, buscando involucrar al oyente.
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Anterior crítica de disco: All good things, de Bertolf & Nomden.

