
«Este disco es la materialización más nítida, orgánica y adulta de una banda que ha sabido mirarse en el espejo retrovisor sin quedarse atrapada en él»
Javier Gilabert se embarca en un viaje por el nuevo disco de 091, a unos días de su lanzamiento, y analiza al detalle a qué suena este esperado regreso.
Texto: JAVIER GILABERT.
Dicen que el desierto devuelve a quien lo cruza una imagen distorsionada de sus propios anhelos, una proyección de agua y sombra donde solo hay arena y sol. Sin embargo, en el caso de los granadinos 091, este Espejismo Nº 9 (Universal, 2026) —una clara alusión a que se trata de su noveno trabajo de estudio— no es una ilusión óptica ni un engaño de los sentidos, sino la materialización más nítida, orgánica y adulta de una banda que ha sabido mirarse en el espejo retrovisor sin quedarse atrapada en él.
Si hace casi tres décadas se despedían con la canción «Espejismo número 8», cerrando una etapa que parecía definitiva, este nuevo artefacto sonoro —que ve la luz seis años después de su resurrección discográfica con La otra vida— viene a conectar aquel final con este presente luminoso, demostrando que, en el rock como en la poesía, los círculos nunca se cierran del todo si quedan cosas por decir.
Algo ha cambiado en la sala de máquinas
Y vaya si quedaba. Y vaya si lo dicen. Desde los primeros compases de «Algo parecido a un sueño», se percibe que algo ha cambiado en la sala de máquinas. La producción de Raúl Bernal —tercera pieza angular en este tablero— se revela no como un mero aderezo técnico, sino como una labor de desbroce y orfebrería. Bernal ha logrado lo que parecía imposible: limpiar el sonido de los Cero de cualquier artificio, para dejar que lo esencial ocupe el primer plano.
En esa labor de síntesis, la base rítmica de Tacho González y Jacinto Ríos se muestra más sólida que nunca, apostando por una pegada seca y sin fisuras que vertebra el álbum con una sobriedad magistral. Es un trabajo de arquitectura sutil y precisión quirúrgica, donde batería y bajo golpean directos al pecho y un José Ignacio Lapido en estado de gracia se hace cargo de todas las guitarras.
Pero si hay un hallazgo que define y eleva este álbum por encima de cualquier otro de su discografía es el tratamiento de la voz. José Antonio García, santo y seña de la banda, no se conforma aquí con tirar de oficio. Si siempre ha sido un frontman de actitud arrolladora, en esta entrega se reivindica, además, como un Cantante con mayúsculas. Nunca ha sonado tan adulto, tan dueño de cada palabra. Suma a su inconfundible impronta rockera la profundidad de un intérprete que mastica los versos con una gravedad inédita, acomodándose en una tesitura que, si bien explora registros graves, le sienta como un guante a la solemnidad de las composiciones. Es, sin duda, el disco mejor cantado de su carrera.
Su voz renovada sirve de vehículo para la pluma de José Ignacio Lapido, que en esta entrega no solo no muestra síntomas de fatiga, sino que destila una poesía de alto voltaje. Su imaginario permanece intacto, esa cosmogonía poblada por el farero, el bufón o el gigante que proyecta su sombra sobre la Torre de la Vela, pero que ahora se ensancha para acoger a nuevos inquilinos en su baile de máscaras: de Elvis a Stalin, pasando por Santa Teresa, la historia se cuela entre sus estrofas con naturalidad pasmosa. Lapido vuelve a demostrar que se pueden transitar los mismos senderos temáticos de siempre —el escepticismo, la búsqueda de redención, el tiempo, lo soñado y lo real (permítanme el autoguiño)— y hallar metáforas nuevas y aforismos brillantes en la cuneta.
Esa vigencia literaria encuentra su contrapunto en un colchón instrumental donde los teclados juegan un papel decisivo. Presentes en la práctica totalidad del metraje, las teclas tienen más empaque y peso que en la etapa anterior, pero desde una posición de respeto absoluto a la banda. No hay solos de exhibición, sino una argamasa sonora compuesta de órganos Hammond, pianos y sintetizadores setenteros —como esa Solina de cuerdas— que dialogan con las guitarras sin pisarse, empujando la canción desde abajo.
El disco transita por paisajes sonoros diversos. En «Piezas de desguace», las eléctricas entran cortando el aire con un slide sorprendente tras un inicio acústico que evoca a la «Canción del Espantapájaros». Hay guiños al garaje clásico en «Una revelación» —con un Farfisa camuflado y ecos de los Remains— y momentos de blues pantanoso en «Dormir con un ojo abierto», un tema sucio con el que la banda cierra el bucle con su propio pasado.
Pero es en las sutilezas donde Espejismo Nº 9 gana la partida. En «Ven vestida de nube», la batería cambia el charles por la escobilla y la producción se vuelve minimalista para subrayar un encabalgamiento lírico: «Llámalo infierno / llámalo amar… / pero / ven vestida de nube», que pone la piel de gallina.
Precisamente, en este corte se produce un hito en la cronología de 091: la irrupción, por primera vez en su discografía, de una voz femenina. Es la de Paulina del Carmen, quien presta su timbre único y lleno de personalidad para sumar matices a esa súplica. En el plano vocal, sería injusto no destacar también la labor monumental de Popi González. Sus coros —compartidos con Lapido— rozan la perfección clásica, aportando terciopelo y un brillo beatleiano que humaniza el sonido y termina de redondear la excelencia del álbum.
Este no es un disco de «sota, caballo y rey»
Hay también espacio para la nostalgia bien entendida en «Puede que el tiempo», que nos devuelve a los ecos de los años setenta, conjugando la herencia melódica de Los Brincos o Los Ángeles con las texturas de Manassas y el aroma sureño de los Allman Brothers. Una mirada retro con tratamientos vocales —reverbs y efectos reverse a lo Brian Wilson— que transportan a una época dorada revisitada desde la madurez.
Este no es un disco de «sota, caballo y rey». Es un álbum de texturas analógicas trabajadas en El Cobertizo, el estudio de Carlos Díaz, donde lo orgánico no es una etiqueta de marketing, sino la consecuencia de que cinco músicos (los cuatro integrantes de la banda más el propio Bernal a los teclados) toquen juntos mirándose a los ojos, con arreglos que buscan la emoción y no el relleno.
Los 091 han vuelto a las calles (qué maravilla, por cierto, la manera que ha tenido Miguel Navia de plasmarlas en el artwork del vinilo), pero lo han hecho con la sabiduría de quien es consciente de que la inmortalidad no consiste en vivir para siempre, sino en dejar un legado que resista el paso del tiempo.
Espejismo Nº 9 es ese legado: un disco en el que la producción está a la altura de las canciones. Posiblemente, el mejor disco de los Cero. Sin duda, el mejor producido. Y eso, hablando de quienes hablamos, son palabras mayores.

