TREINTA ANIVERSARIO

«En el año 96, la resaca de la explosión grunge estaba comenzando a ser peliaguda. Ash, sin embargo, habían mamado de aquel sonido, pero lo habían incorporado a una fórmula que tenían muchos otros ingredientes»
Fernando Ballesteros regresa al debut de Ash, la banda norirlandesa que se desmarcó de las tendencias del momento y supo crear un estilo propio, muy pegadizo, cuando nada jugaba a favor.
Ash
1977
HOME GROWN / INFECTIOUS RECORDS, 1996
Texto: FERNANDO BALLESTEROS.
Hay discos, de esos que estuvieron muy presentes en tu juventud y cuyos intérpretes eran aún más jóvenes, que escuchaste mucho aquellos años y que, pasado el tiempo, han perdido aquella conexión especial. Hay mil motivos para que eso suceda. Pero hoy no los vamos a analizar, porque nos vamos a detener en un elepé que grabaron unos chicos que apenas habían superado la mayoría de edad, que hablaban de las cosas que se hablan —salvo excepciones muy señaladas— cuando tienes esos años y que, sin embargo, sigue teniendo el extraño poder de llevarme durante un ratito a aquellos días. Supongo que de eso trata lo de envejecer bien, el disco digo.
Y sí, en 1996, los chicos de Ash apenas tenían la edad legal para beber y en 1977, su álbum de debut, hablaban mucho de ello, de salir por ahí, de amor adolescente y de pasarlo bien. Tim Wheeler y Mark Hamilton ni siquiera habían llegado a la adolescencia cuando recibieron sus respectivos instrumentos como regalos navideños. Armados con su guitarra y su bajo, decidieron poner en marcha su primer grupo en la escuela norirlandesa de Downpatrick. Así nació Vietnam, una banda de versiones de heavy metal que tenía como grandes referentes a los Iron Maiden. Tim y Mark se quedaron solos porque sus tres compañeros se marcharon y allí permaneció el dúo, dispuesto a seguir con la música y ampliando sus referentes, como dos chiquillos que eran y que no dejaban de descubrir nueva música.
Fue entonces cuando apareció Rick McMurray, a quien Tim conoció en clase de teatro, y nació el trío que iba a grabar sus primeros trabajos. Por aquel entonces, en junio del 92, se empieza a forjar la personalidad de un grupo en el que convivía el nervio punk, el pop y sonidos algo más pesados, pues los chavales venían de donde venían. Dos años después, Trailer, su primer miniálbum, se convirtió en una pequeña sensación, confirmada en los meses siguientes, con una cascada de singles imbatibles que les convirtió en “la próxima gran cosa” en la siempre inquieta y voluble prensa musical de las islas.
Un himno punk pop compuesto en un suspiro
En marzo del 95 llegó “Kung fu” un punto de inflexión en la incipiente carrera del grupo y momento destacado de su primer largo. La canción condensaba, en sus poco más de dos minutos, muchas de las virtudes que adornan a Tim Wheeler como compositor de canciones enérgicas y melódicas. El power pop del pildorazo en cuestión tenía bastante más que ver con unos Buzzcocks, que con los grupos de su generación que estaban reinando en las listas.
Todo es urgencia en “Kung fu”. La canción se compuso en apenas cinco minutos, en un arrebato de inspiración de Tim; luego, en el estudio, la grabaron en una sola toma y sintetizaron a la perfección su espíritu. Han pasado los años y sigue siendo un himno, un puñetazo en la cara, porque la cosa iba de golpes. Si en el texto le cantan a Jackie Chan, en la portada del siete pulgadas aparecía inmortalizado el momento en el que Eric Cantona, por aquel entonces jugador del Manchester United, pateó a Matthew Simmons, un seguidor del Crystal Palace que le había insultado previamente. Posiblemente, la patada más icónica de la década.
Luego vendría “Girl form Mars”, un tema que Wheeler compuso con apenas dieciséis años, una de esas perlas de las que solo hay que escuchar veinte segundos para tener bien claro que estamos ante algo especial, una canción pop que roza la perfección y que les permitió escalar en la lista de singles hasta las mismísimas puertas del top 10.
Aún antes del lanzamiento de 1977, llegarían “Angel interceptor”, que volvía a demostrar lo atinados que estaban cuando se trataba de elegir single, y “Goldfinger”, una preciosidad, algo más reposada y de hipnótico estribillo, que llegó al público como anticipo de su entonces inminente primer elepé.
La sucesión de éxitos ya les había abierto las puertas del público masivo y la prensa tenía más que apuntado su nombre; de manera que, cuando se metieron en los estudios Rockfield para completar 1977, era un secreto a voces que el disco iba a funcionar bien entre un público que se encontraba muy receptivo a propuestas como la suya. Con Owen Morris a los mandos de la mesa de mezclas, Ash supieron darle a aquellas canciones un sonido brillante y poderoso. Eran muy jóvenes, pero sabían lo que necesitaban aquellos temas que tenían entre manos.
La prensa cometió el error de meter a Ash, en demasiadas ocasiones, en el saco del britpop. Pero no había mucho de eso en sus canciones. Ellos venían de Irlanda del Norte y nunca se sintieron cómodos con la etiqueta. Es más, se hartaron de repetir que sus principales influencias llegaban desde Estados Unidos. En el año 96, la resaca de la explosión grunge estaba comenzando a ser peliaguda. Ash, sin embargo, habían mamado de aquel sonido, pero lo habían incorporado a una fórmula que tenían muchos otros ingredientes.
En 1977, además de los cuatro singles que precedieron a su lanzamiento, había muy buenas canciones. La sucesión rápida de riffs de “Lose control” le mete energía punk rock, de entrada, al invento; “I’d give you anything” suena como si los hermanos Gallagher hubiesen tenido una banda de versiones de heavy metal en el instituto, mientras que “Gone the dream” explora en la faceta más sentimental y musicalmente relajada de los chavales, esa en la que también encontramos “Oh yeah” con Tim cantándole al amor juvenil y moviéndose orgulloso al borde del descalabro vocal.
Las guitarras potentes de “Let it flow” le dan vuelo a una melodía espléndida, una de esas que impulsó a muchos periodistas a colgarles la etiqueta del momento. “Innocent smile”, escrita por Mark Hamilton, les coloca más cerca de los sonidos que vinieron desde Seattle. “Lost in you” vuelve a mostrar a Wheeler luchando por salir a flote en la interpretación de otra pieza lenta, que no era lo mejor que se le daba hace treinta años, y “Darkside lightside” nos despide, igual que nos habían dado la bienvenida, entre mareas de guitarras.
Volando hacia la cima de las listas
El 6 de mayo de 1996, veía la luz un disco que debía su título al año en el que Star wars llegó a las salas de cine y que se colocó como número uno en el Reino Unido. Tim, Mark y Rick disfrutaron del momento a lo grande, es decir, haciendo muchas veces esas cosas de las que hablaban en sus textos. Pero también había mucho trabajo pendiente. Las giras se sucedieron y ellos acabaron quemados. Fueron dieciocho meses de actividad frenética. Un periodo en el que aún tuvieron tiempo, subidos a la ola del éxito, de publicar “A life less ordinary” la canción incluida en la banda sonora de la película del mismo título, dirigida por Danny Boyle, que les volvió a colocar en la parte alta de los charts.
El elepé, que llegó a ser disco de platino en Gran Bretaña, recibió muy buenas críticas y, meses después, se colocó entre lo más destacado del curso en los resúmenes de las publicaciones musicales. Pero el ritmo al que se vieron sometidos apagó un poco la llama de la banda de cara a su siguiente disco. Nu-clear sounds (98) ya no tenía la frescura de su primer disco, algo se había perdido por el camino, aunque no de forma definitiva.
Con Charlotte Hatherley incorporada a la banda desde el 97, Ash se enfrentaron a la prueba de su tercer disco con las cosas claras. Tras el éxito y el fracaso comercial, echaron el resto en Free all angels (2001). Ellos habían visto como algunos compañeros que tuvieron la oportunidad de firmar por una gran compañía fueron despedidos por acumular más de un pinchazo comercial y no querían ser los siguientes en la lista. Lo que hicieron fue editar su colección de canciones más accesibles, brillantes y pop, y la obra fue su ticket de regreso al reconocimiento masivo.
Desde entonces, con altibajos, han seguido editando discos y, en ocasiones, se han alejado del formato elepé para centrarse en la edición de singles, algo que les encaja bastante bien. Siguen siendo capaces de escribir historias redondas de tres minutos. Han crecido, todos tenemos unos cuantos años más y, sin embargo, no chirría volver a escuchar las canciones de su juvenil debut. El próximo verano volverán a tocar por aquí y las cantaremos, una vez más, como si no hubiesen pasado tres décadas. Durante una hora se detendrá el tiempo y viajaremos a nuestro pasado. Esa es la magia del pop.

