
«Su poética y afilada sensibilidad, entre lo íntimo y lo político, entre la luz y el dolor, y siempre a corazón abierto, es única y cada vez más imprescindible en tiempos de lobos»
David Pérez se sumerge en el nuevo disco de Nacho Vegas, Vidas semipreciosas. El noveno álbum de estudio del asturiano y con el que emprende un viaje de búsqueda de la belleza, ante la inevitable sombra de lo político.
Texto: DAVID PÉREZ MARÍN.
Aún nos ilumina y calienta la belleza de aquellos Mundos inmóviles derrumbándose (2022), sol de invierno que nos rescató de pandemias mundiales y propias. Diez canciones a fuego lento que fueron bálsamo y faro para corazones helados y almas heridas, donde la fragilidad y la ternura resplandecían con fuerza en cada surco, mirando a la tristeza a los ojos y bailando con ella.
Así, desde la costa de Xixón, tras derribar mundos que habitábamos (y nos habitaban) y construir otros nuevos que ya comienzan a desmoronarse, volvemos a surcar los mares sonoros de sentimentalidad colectiva, compromiso y empatía que teje como nadie Nacho Vegas. Y es que, con las nuevas quince pistas de Vidas semipreciosas (2026), su noveno trabajo en solitario, el asturiano vuelve a demostrar que su poética y afilada sensibilidad, entre lo íntimo y lo político, entre la luz y el dolor y siempre a corazón abierto, es única y cada vez más imprescindible en tiempos de lobos, reafirmándolo como uno de los songwriter nacionales más singulares e interesantes (yo diría que el mejor) de este último cuarto de siglo.
Su título ya nos muestra una de las claves centrales del disco, la defensa de la “semipreciosura”, de la mezcolanza, de la impureza… Una reivindicación de la gente normal y todas nuestras aristas, contradicciones e imperfecciones. Nada de diamantes o esmeraldas, nada de élite sin escrúpulos, ni pijos en una sociedad individualista que ensalza la pureza y siembra el odio por lo diferente, que solo entiende el lenguaje frío y calculador de la fuerza y el poder, que rechaza de pleno la tristeza, la sensibilidad y los cuidados mutuos.
Una huida de las lógicas de consumo que nos obligan a buscar la perfección, a estar contentos y satisfechos en todo momento, un espacio para reconocer nuestra fragilidad, nuestra infelicidad y penas para saber que nos necesitamos y poder combatirlas, hombro con hombro. Vegas nos muestra la necesidad de subir la vista y compartir las pequeñas cosas, mirarnos a los ojos, recuperar la capacidad de “asombro” (esa gran “habilidad” cercenada) y sacarle brillo a la semipreciosura, a todo lo que nos han hecho creer que no tiene cabida en este mundo capitalista; permitirnos «llorar en cada hora fantasmal, comprender que vivir es fuga y fragilidad…».
Belleza impura y sanadora que nos envuelve en piezas que por sí solas paran las manecillas del reloj, como la melancolía resplandeciente de “Los asombros”, con coros femeninos celestiales y poética de altos quilates, al igual que en la masterpiece inicial con la que despega este viaje sonoro, emocional y político, “Alivio”, con esa frase de William Burroughs que late e ilumina a cada paso nuestra derrota contra el tiempo, «quizá cualquier placer sea un alivio», unos cuidadísimos arreglos (violines al poder) que no nos dejan tocar el suelo y ese majestuoso cormorán que planea sobre nosotros.
Las “vidas semipreciosas”, tiernas, duras, con arrugas, imperfecciones y errores, pero singulares y con una personalidad propia más bella que las que están en la cima de cualquier canon establecido, siguen su curso por las canciones del disco, también eclécticas, con picos de excelencia y defectos, subidas y bajadas, pero totalmente auténticas y humanas en su compromiso interno y externo.
Así, veinticinco años después del magnífico Actos inexplicables (2001) y de aquel “Ángel Simón” con su padre como protagonista, tocaba ahora, en otro tono y circunstancias, desplegar las raíces populares y sentimentales en “Fíu”, canción antifascista con aroma folk y country dedicada a su madre, Cristina Vegas, «la que me dio la vida y después me dejó vivirla». Oda maternal en la que le da las gracias por todas las herramientas que le aportó y el espíritu comprometido que insufló en él: «Me enseñó que sin justicia, libertad no es cosa cierta / Por eso en mi familia somos de izquierdas, rojos, progres, comunistas / Que nos llamen como quieran / Rojo internacionalista soy por dentro y por fuera».
Seguida de otra de las piezas más pegadizas y magnéticas del lote, la metacanción “Mi pequeña bestia”, en la que el amor y el arte juegan y zigzaguean con vida propia, con Vegas como seductor crooner, afrancesado y setentero, arropado de nuevo por unos brillantes coros femeninos y una maravillosa instrumentación.
Subrayando el comprometido carácter sociopolítico que vertebra el disco, el primero de los tres “interludios”, narraciones en castellano, catalán y euskera, protagonizadas cada una de ellas por personas que han tenido problemas con la justicia, “Javitxu”, “Anna Gabriel” y “Adur”, en relación con los casos de Los 6 de Zaragoza, los juicios del Procés y el de Altsasu. Un darle voz a los sin voz, a las injusticias desde una conciencia de clase inquebrantable y omnipresente que ha ido creciendo en su cancionero desde los epés Cómo hacer crac (2011) y Canciones populistas (2015), pasando por surcos de Resituación (2014) y desembocando en Violética (2018) y Mundos inmóviles derrumbándose; sin olvidar al Vegas más folclórico en el homónimo proyecto Luca 15 (2008), defensor de la particularidad que nos hace únicos, las raíces y la cooficialidad de las lenguas.
Culmen social, en bable, que encontramos en este trabajo con “Seis pardales”, homenaje colectivo (Rodrigo Cuevas y L-R entre las voces) a Las Seis de la Suiza, el caso de una trabajadora embarazada de la pastelería La Suiza, en Gijón, que denunció acoso laboral y sexual, mientras el dueño del negocio presentó una denuncia contra su pareja por amenazas y daños en el local. La trabajadora contactó con la CNT para que la ayudaran a negociar su salida de la empresa y, ante la negativa del empresario a dialogar, el sindicato inició concentraciones y protestas frente al local, denunciando la situación laboral.
La historia “terminó” con seis sindicalistas en la cárcel por apoyar a la trabajadora en situación de vulnerabilidad, ya que, según el tribunal, «las acciones excedieron el ejercicio legítimo de la libertad sindical y la libertad de expresión». Y aunque se hayan multiplicado aquellos gigantes de azul de “Runrún”, apelamos y nos fundimos en la ternura y la lucha como único camino frente al auge de la ultraderecha, porque «el miedo ha dejado de ser la actitud» y vuelve a sonar «en cada cabeza un hermoso runrún: / Nos quieren en soledad / nos tendrán en común».
Así que, sin pensarlo dos veces, aunque sueñen con cortarnos la lengua, «¡me cago en Dios!», me uno al grito de Nacho Vegas y Albert Pla en “Deslenguarte”, humor afilado y combativo made in Vegas en la pieza política más gamberra de Vidas semipreciosas, hermanada en el tono narrativo y la mordida con aquella genial “La vida manca” que cerraba Resituación.
La calma la habíamos encontrado antes en el recuerdo de «cuando éramos brillantes» como “Piedras semipreciosas”, vaivén sonoro que nos mece bajo un abolir las sombras a base de afectos y belleza compartida a flor de piel, tema que salvaguarda el latido esencial de la obra, la semipreciosura como elección vital.
Seguida de esas olas que rompen furiosas en la luz que deja la sombra vencida de “Llueven moscas”, otro de los temas más adictivos y melódicos del álbum, aproximándose al duelo, pateando la tristeza para «despertar del mal sueño» y abrir los ojos de par en par, sintiendo los mil colores y aromas que están por venir o que esperan a que los encontremos: «Deja ya de lloriquear / afuera hay diez mil jardines por explorar / Todo cambia de color, le dicen asombro / y se pronuncia amor». Y no podemos huir ni queremos hacerlo, nos aferramos una vez más a la fragilidad y a la ternura, al poder del cariño, fundiéndonos en abrazos para contrarrestar al odio disfrazado en “Tiempos de lobos”.
El disco ha sido grabado y mezclado en Casa Murada (Tarragona) y Caballo Grande (Barcelona), con grabaciones adicionales en La Cuadra Tiadoiro (Asturies) por Rubén Bada. La cuidada producción corre a cargo de Cristian Pallejà, Hans Laguna, Ferran Resines y el propio Nacho Vegas. El mastering lo firma Javier Roldón (Vacuum Mastering).
De lo sonoro a lo visual, con Jordi Santosa a los mandos de la dirección artística y diseño gráfico. Y la encargada de visualizar y plasmar con imágenes el universo del cancionero de Vidas semipreciosas ha sido la artista gráfica Candela Sierra, ganadora del Premio Nacional del Cómic 2025, creando un mundo evocador que, entre lo real y lo onírico, recuerda a un personalísimo Jardín de las delicias en el que la poética de Vegas se funde a la perfección.
Y antes de “L’acabose” en bable, recordándonos que hay muchas vidas semipreciosas que nos quedan por compartir y por las que luchar, hay tiempo para remover el “Txoria Txori”, de Mikel Laboa, en un personal cóctel acústico a base de folk y pospunk a fuego lento marca de la casa, cantado también en lengua asturiana, “Les ales” para volar juntos en libertad y armonía a través de lo imperfecto, lo cotidiano, las heridas y el amor, en busca de esa belleza efímera que viene y va.

