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La paranoia de los Talking Heads

«Detrás de todas estas canciones, además del cuarteto, estuvo Brian Eno, quien aportó su granazo de arena al ambiente inquietante y al suspense atmosférico del disco»

 

Sara Morales rescata el tercer álbum de los Talking Heads, ese con el que se diferenciaron de su propia obra y jugaron al despiste con el público a través de sus reflexiones más oscuras.

 

Texto: SARA MORALES.



 

«No soy muy agradable, pero eso no quiere decir que sea un neurótico», dijo David Byrne ante algunos medios, en 1979, recién publicado su tercer disco con los Talking Heads, teniendo que justificarse por él.

Tras los dos álbumes anteriores de la banda, el debut Talking Heads ’77 y More songs about buildings and food (1978), en los que habían abordado asuntos más convencionales como las funciones o disfunciones de la vida estadounidense y su cultura light, con ciertos desaires al convencionalismo, llegó este Fear of music con el que desajustaron los órdenes que se habían dado por sentado. Eran tiempos de punk, sí, y ellos ya habitaban en él, ya eran reconocidos como padres y generadores de una escena sediciosa e indómita que galopaba por los bajos fondos neoyorquinos con sede en el CBGB. Sin embargo, esta tercera entrega desconcertó.

Y lo hizo por varios motivos, empezando porque el ya asumido tono pop de sus trabajos —pese al ruidismo, al desenfado, a los indicios al baile, al caos aparente y al espíritu arty de siempre— en este disco se convirtió en un sonido crudo, complejo y denso. Continuando porque el cromatismo vívido de sus portadas ahora se había transformado en un negro absoluto de aires industriales, y terminando porque las cuestiones a tratar en sus letras ahora miraban hacia dentro y no tanto hacia afuera, ahora lo trascendental se encontraba ahondando en las cabezas del propio grupo, en concreto en la de Byrne.

Una especie de psicoanálisis hecho repertorio, una mordacidad constante llevada a los límites de la introspección, un viaje hacia las profundidades de la mente que, sin poder evitarlo, llevó al líder de la banda a tener que explicar que no padecía problemas de salud mental, que aquellas eran canciones más intimistas y valientes, de acuerdo, pero que todo estaba bien, en su sitio.

“Animals”, sobre el recelo hacia los animales en plan psicótico, o “Mind”, que atiende a una especie de canto fúnebre dedicado al amor, situaron a los Talking Heads en el centro de todas las miradas. ¿Cómo un grupo divertido y aséptico en apariencia, podía estar ahora abordando asuntos, quizá triviales, pero de este modo tan descarnado? Y, sobre todo, ¿cómo podían estar haciéndolo a ritmo de funk?

Detrás de todas estas canciones, además del cuarteto, estuvo Brian Eno, quien aportó su granazo de arena al ambiente inquietante y al suspense atmosférico del disco. Para ello, lo que hizo fue incorporar efectos sonoros un tanto extraños que dotaran de densidad, opacidad y sensación de amenaza al conjunto de canciones, alargando los riffs (“Electric guitar”), incluyendo coros fantasmagóricos como podemos escuchar en “Air” o dejando al libre albedrío los ecos y la distorsión para hacer de temas como “Memories can’t way” una auténtica crisis nerviosa.

Se había acabado la broma, había llegado el momento de tomarse en serio la cosa; querían demostrar que había mucha más profundidad en ellos que “Psycho killer”, aunque ya apuntaba maneras, o que “Found a job”. Que reaccionar y tomar la palabra ante los pensamientos, las emociones y las reflexiones de cada uno era tan lícito y válido como describir la realidad o relatar lo que acontece ahí fuera, sin que tuviera que significar nada en concreto o, por lo menos, nada malo.

Aunque la prensa especializada —sobre todo la estadounidense— alabó el tono experimental y arriesgado del grupo con este trabajo, el público británico no asumió demasiado positivamente este cambio al lado oscuro. Pero, sin embargo, el disco alcanzó el número 21 en la lista de Billboard y ha pasado a la historia como uno de los trabajos más referenciales del pospunk y del art rock.

Con canciones como «I Zimbra», inspirada en un poema dadaísta de Hugo Ball, se adentraron en las influencias africanas venidas de la obra de Fela Kuti cuando el rock todavía no estaba preparado para ello. Y se atrevieron. Y lo hicieron no solo introduciendo en su música detalles innovadores —ya fuera por tirar de tradición denostada o por la vanguardia más extrema—, sino también apostando por unos métodos de grabación inusuales en la época, como hacer que cada músico tocara su parte sin escuchar a los demás o desmontando las canciones para reensamblarlas y generar nuevas progresiones de acordes.

Una obra marcada por la tensión, en profundidad y en apariencia, que terminó consolidándose como una exquisita extravagancia que no todo el mundo supo comprender. Una sugerente paranoia que ha logrado sobrevivir al paso del tiempo con solvencia y distinción.