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«A los Clash la presión no les pesó absolutamente nada a la hora de la verdad».

«Como anécdota me tengo que quedar con el momento que vivió Joe en Granada el día que celebraba sus cuarenta años»

 

Hablamos con Fernando Ballesteros, autor del libro London Calling. Los Clash rompiendo con todo, editado por Efe Eme dentro de su Colección Elepé, para que nos cuente las claves de su libro y de este disco capital.

 

Texto: EFE EME.

 

Escribir un libro sobre este disco conlleva hablar de una de las obras capitales de nuestra música popular. ¿Cómo crees que sigue influyendo el disco en la actualidad?
Creo que la influencia musical de los Clash, y en concreto de London calling, siempre ha estado presente. Lo estuvo desde el primer momento porque abrió caminos hasta entonces desconocidos para el punk, hasta dejar de serlo, aunque esa es otra historia y marcó muchas de las cosas que sucedieron en la siguiente década, sobre todo si hablamos de ese término tan complejo que es la fusión. Te diría que no concibo que exista una banda de rock and roll que no tenga en un lugar destacado de sus preferencias un disco como este. Y esa influencia, por supuesto, que llega hasta nuestros días, en lo musical y en el mensaje. Puede sonar exagerado, pero creo que toda banda que afronta su obra queriéndola dotar de una importante carga social ha estado, está y estará marcada en mayor o menor medida por The Clash y London calling. Por las canciones, claro, eso lo primero, pero también por todo lo que supuso, por la forma que tuvieron de hacer las cosas y su manera de posicionarse. Hoy en día, por citar ejemplos que musicalmente poco tienen que ver entre ellos, escucho y leo a Fontaines D.C, Idles o Biznaga y es imposible no pensar que el legado sigue ahí y seguirá presente.

Leyendo el libro, queda claro que el proceso de documentación fue exhaustivo. ¿Qué parte ha sido más complicada para ti en el proceso de escritura?
El capítulo dedicado a repasar las diecinueve canciones del disco, sin duda. Más que nada porque me obligó a volver sobre mis pasos. Ocurre que te pones a hablar de ellas, vas añadiendo opiniones y llega un momento en el que te das cuenta, a mí me pasó: estar añadiendo una parte de crítica, de reseña muy extensa, por llamarlo de alguna forma, que no cuadraba con el espíritu del libro. Además, todos los temas tienen su propia historia, que es mucho más importante que lo que cualquiera pueda opinar. Borrar, rehacer y decidir lo que contaba fue lo que más complicaciones me dio.

Explicas que los Clash siempre tuvieron claro el contexto político y social en sus letras, así como el compromiso con sus seguidores. Sin embargo, les llovieron las críticas por el giro de estilo con respecto a discos anteriores. ¿Hasta qué punto crees que todo esto pudo presionarles?
Ahí radica buena parte de la grandeza del disco, en que la presión no les pesó absolutamente nada a la hora de la verdad. Y era algo difícil de gestionar. Por eso pienso que la postura de aislarse del mundo que adoptaron es muy significativa y explica mucho de aquel proceso de creación. Seguramente, esa presión la tuvieron, sobre todo por parte del sector más ortodoxo del punk que ya había criticado su anterior elepé, y por parte de la compañía con la que no atravesaban un momento de relación idílica. Pero meterse en Vanilla, sin nada, con el cuaderno en blanco y preocupados únicamente de crear, sin pensar en lo que ocurría fuera de aquel edificio, fue quitarse de encima todos los posibles condicionantes externos de un manotazo.

¿Crees que la cohesión entre los miembros fue crucial para dar a luz un disco tan importante?
Fue fundamental. Cuando un grupo afronta un reto como el que ellos tenían por delante, todas las piezas tienen que estar en su sitio. Y aquel cuarteto funcionaba como un reloj. En lo musical, Paul había crecido una barbaridad, Topper Headon les ayudó a crecer muchísimo, y Joe y Mick se entendían perfectamente, cada uno con su rol bien definido. Pero es que, además, en lo personal, vivieron un momento único. Cuando empezaron eran unos chavales a las órdenes del mánager Bernie Rhodes, todo era ilusión y se llevaban bien. Pero en 1979 se trataba de superar una prueba, de estar unidos ante las dificultades y lo estuvieron. Ellos mismos lo han dicho en muchas ocasiones. Nunca tuvieron una conexión como la de aquellos meses, primero en Vanilla, en el local de ensayo, y luego durante la grabación en Wessex. Eran un equipo, estaban ellos por un lado y el resto del mundo por el otro, y eso se nota también en el resultado. Cuando escribía la historia pensaba en lo triste que fue que, en apenas meses, todo se empezase a romper.

 

«Meterse en Vanilla con el cuaderno en blanco, fue quitarse de encima todos los posibles condicionantes externos de un manotazo»

 

El libro está plagado de anécdotas. ¿Cuál destacarías entre todas las que cuentas?
Casi es un pecado que te hable de una anécdota y no esté protagonizada por Guy Stevens, el productor del disco, porque lo cierto es que tuvo decenas de ellas en la grabación. Pero me tengo que quedar con el momento que vivió Joe en Granada el día que celebraba sus cuarenta años. Esa imagen, con el músico callejero tocando “Jimmy jazz” y Strummer con lágrimas en los ojos, feliz por un instante, cuando vivía una situación bien jodida en lo anímico, siempre me ha emocionado. Desde el mismo momento en el que empecé a escribir el libro, sabía que la iba a incluir. Además, lo apunto ahí también, esa historia la contó por primera vez Jesús Arias en un foro musical, en Ipunkrock, y me trae mil recuerdos. Él compartió muchos momentos con Joe y abrió un hilo en el que los compartía con el resto de usuarios, era una auténtica gozada. Que sirva también esto para recordar lo bien que escribía y narraba esas historias Jesús.

Háblanos de una de las partes más sensibles y humanas del libro: Joe Strummer, su paso por España, lo poco de lo que era consciente de su figura hasta su muerte.
Eso es, que complicada es la cabeza. Tener cuarenta años, haber grabado discos maravillosos y, sin embargo, sentir que no has hecho nada. Pero creo que Joe era así, le gustaba ir a sitios y volver a ver a gente que no le trataba como la estrella que era. Sus estancias en España le aportaban también algo de eso. Pero sí, volviendo a la pregunta, es cierto que, con lo importante que ha sido, vivió años, tras la disolución de los Clash, en los que no terminaba de encontrar su sitio y eso hace dudar a cualquiera, aunque seas, como en su caso, uno de los músicos más importantes de su generación. En este sentido, fue una gran tragedia perderle con cincuenta años porque tenía muchísimas cosas que decir y vivía un momento de mucha creatividad. Estaba ilusionado y me parece que en ese punto ya se había sacudido de forma definitiva la presión de volver a encontrar su sitio. No tenía ya nada que demostrar. Leo sus entrevistas, su último encuentro con Mick y veo a un hombre feliz con su carrera, la pasada y la que tenía que haber llegado.

En el libro dedicas una introducción a los años previos para contextualizar el viraje hacia otros sonidos y géneros. Lo hicieron cuando ya se habían hecho un nombre y el grupo funcionaba. ¿Crees que fue un gesto de valentía y honestidad?
De las dos cosas, y también de inteligencia, aunque no fuese la suya una postura calculadora. Pero las cosas habían llegado a un punto en el que volver a sacar el mismo disco no tenía mucho sentido y ellos lo supieron ver. Luego, hay que tener dentro lo que ellos tenían, claro. Es decir, la influencia reggae y ska, sus toques jazz, el pop, estaban ahí, no tenían que impostar nada. Mirar al pasado tampoco les costó. Era el momento de hacerlo y ellos tenían las herramientas, pero había que verlo en el momento y ellos lo hicieron. Sin olvidar el hecho de que se embarcaron en un álbum doble, que era algo contracultural en el circuito punk del que provenían. Fueron muchas decisiones acertadas en un momento crucial y dirigidos por su instinto artístico, que es lo que hicieron en Vanilla: olvidarse de todo y darle rienda suelta a lo que tenían dentro, pero a todo.

Hablas no solo de las canciones sino de todos los procesos previos. Composición, creación de las maquetas, llegada al estudio, material extra publicado años después. ¿Qué importancia le das a todo este material para entender mejor el disco?
Para el fan de los Clash es un documento de mucho valor. En el libro se cuenta, como dices, la manera en la que fueron variando algunas canciones, en ciertos casos de forma casi radical, y tener ahí a mano las maquetas para comprobarlo es un lujazo. Luego está el sonido, que es muy irregular y que no tiene nada que ver con lo que registraron en Wessex; pero ir leyendo y escuchando está muy bien para comprender aún mejor, más allá de lo que se cuenta en London calling: The Clash rompiendo con todo, cómo fueron aquellos meses de tanta creatividad.

¿Cuál es tu canción favorita de London calling?
Esta sí que es una pregunta difícil de responder. Este es un disco muy importante para mí. Por motivos sentimentales, dependiendo de la época, es posible que en los últimos treinta años, dependiendo del momento, te podría haber dado diecinueve respuestas distintas. Como me tengo que quedar con una, voy a decir “Spanish bombs”, porque me da la impresión de que habría sido mi respuesta más repetida y porque lo tiene todo para mí.

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