DIEZ AÑOS SIN DAVID BOWIE

«El personaje real que había inspirado a Bowie para crear su Mayor Tom se trataba de Tom Brough, un as británico de la aviación envuelto en una trama de contraespionaje para simular unos alunizajes»
Hoy, día en que se cumplen diez años de la muerte de David Bowie, concluimos nuestro especial dedicado a su figura y a su obra, con un artículo de Luis Lapuente en el que celebra sus últimos trabajos, recuerda sus incursiones en el cine y nos muestra sus discos favoritos.
Texto: LUIS LAPUENTE.
Foto: Fotograma del vídeo oficial de “Space oddity”.
La estrella de David Bowie empezó a resplandecer en 1969 gracias a su memorable “Space oddity”, una historia que revela la extraña fascinación que ejercieron sobre los músicos de su época tanto la luna, como los viajes espaciales y el misterio del cosmos; una fascinación que acompañó al propio Duque Blanco toda su vida, en la música, en el cine y en su propia vida personal.
Antes que Bowie, el atormentado Joe Meek había inaugurado la era del pop espacial en el Reino Unido con su canónico “Telstar” (1962), un pelotazo instrumental firmado por The Tornados y concebido como un homenaje al primer satélite de comunicaciones puesto en órbita por Estados Unidos. En apariencia una secuela de los clásicos de The Shadows; en realidad, una genialidad repleta de brillantes ideas tímbricas y misteriosos efectos de sonido, órganos centelleantes y percusiones marcianas.
Hubo otros, claro, como los Pink Floyd de “Astronomy domine” (1967), una canción que parecía dirigirse a los terrícolas desde los confines del Universo: y seguramente venía de allí, un viaje desde el interior astral de un Syd Barrett empapado de LSD. Años después, ya sin Barrett, Pink Floyd volverían a explorar los enigmas del universo en su celebrado The dark side of the moon (1973), con canciones como “Eclipse” o “Brain damage”, una referencia directa al deterioro mental de Barrett y una metáfora sobre los lunáticos, desequilibrados como Barrett: la poderosa influencia de la luna en los seres humanos desde tiempos antiguos.
También cabrían en esta categoría canciones como las gloriosas “Moonshadow” (1970), de Cat Stevens, “The moombeam song” (1971), de Nilsson, y, por supuesto, “Tintarella di luna” (1960), de Mina, o “Cerca de las estrellas” (1969), de Los Pekenikes, por citar dos de las gemas creadas fuera del mundillo anglosajón.
Pero volvamos a David Bowie, que grabó la primera versión de “Space oddity” en enero de 1969, una maqueta más desnuda instrumentalmente y menos esotérica, con Bowie en la ocarina y el stilophone (una especie de teclado electrónico de bolsillo). Ahí, el Mayor Tom es tentado por dos criaturas celestiales con pelucones e intenciones lascivas, como una de esas películas de serie B de los años cincuenta.
Meses más tarde, en junio del 69, los ejecutivos de Mercury le encargaron a Tony Visconti que se ocupara de la producción del primer elepé de Bowie, con una versión más sofisticada de “Space oddity”, cuyo lanzamiento comercial querían hacer coincidir con el alunizaje del Apollo 11. Pero a Visconti no le gustaba la canción, así que le encargó la tarea al ingeniero de sonido Gus Dudgeon (hombre en la sombra de los primeros grandes discos de Elton John), que la grabó en los estudios londinenses Trident, con una banda de lujo (Herbie Flowers, en el bajo; Rick Wakeman en el melotrón; Terry Cox, de Pentangle, en la batería) y los arreglos y la dirección orquestal del gran Paul Buckmaster, que explicó con sobresaliente el libro de estilo del buen arreglista: enfatizar la emoción del intérprete y de la propia canción, creando paisajes y texturas que vayan atrapando al oyente, añadiendo un aura física y psicológica de emotividad y frescura. Manejar, en fin, la armonía, el contrapunto y la habilidad orquestal, el gusto por los detalles.
Hace unos meses, por cierto, el diario londinense The Mirror publicó el nombre del personaje real que había inspirado a Bowie para crear su Mayor Tom, ese náufrago espacial que viaja a las estrellas, perdido el contacto con la Tierra, atrapado en su «bote de hojalata», como él mismo llama a su nave espacial. Se trataba de Tom Brough, «un as británico de la aviación envuelto en una trama de contraespionaje para simular unos alunizajes».
Seguramente, cuando escribió su gran himno cósmico, Bowie estaba familiarizado con dos grandes autores estadounidenses de ciencia ficción, Ray Bradbury y Walter Tervis, este último autor de la novela El hombre que cayó a la Tierra (1963), casi un émulo alienígena del Mayor Tom. No por casualidad, el propio cantante encarnó al protagonista del libro de Tervis, en la hermosa película homónima dirigida en 1976 por Nicolas Roeg. Thomas Jerome Newton, así se llamaba aquel extraterrestre, un extraño y atormentado Tom interpretado por un David Bowie solitario llegado a nuestro planeta desde el espacio exterior.
Igual que Elton John, que lanzó en 1973 uno de sus álbumes más redondos, Honky château, con arreglos de Paul Buckmaster y producción de Gus Dudgeon. Ahí estaba la maravillosa “Rocket man” (inspirada en un relato corto de Ray Bradbury y en la canción de Bowie), que describe los sentimientos encontrados de un astronauta con destino a Marte al dejar a su familia para hacer su trabajo cotidiano, lejos del arquetipo del héroe desamparado de Bowie y Walter Tervis.
Bowie se empeñó en reencarnarse una y otra vez en los personajes más arcanos, desde Ziggy Stardust hasta el Gran Duque Blanco, desde el hombre elefante (que interpretó en Broadway en 1980) hasta el malvado Jareth, rey de los goblins en Dentro del laberinto (Jim Henson, 1986) o el insólito Tesla del memorable film de Cristopher Nolan El truco final (2006).
Entretanto, volvería a emular al Mayor Tom en pequeñas obras maestras como “Ashes to ashes”, del álbum Scary monsters (1980), donde le muestra más como un drogadicto desvalido que como un astronauta a la deriva, en realidad ambos trasuntos del propio artista. En 1995, Bowie publicó 1.Outside, una joya mal reconocida, donde cantaba el tema “Hallo Spaceboy”, coescrito con Brian Eno, que editaría un año después remezclado por los Pet Shop Boys, con referencias directas al Mayor Tom. Al fin, David terminó identificándose aún más con su vieja creación en sus dos últimos maravillosos álbumes, The next day (2013) y Blackstar (2016), dos de los discos imprescindibles de lo que llevamos de siglo XXI.
En la edición especial (con un deslumbrante bonus cedé) del primero, escuchamos la extraordinaria “Like a rocket man”, que explica el canon del mejor pop británico como si fuera una gema oculta de los Beatles. La penúltima puesta en escena del Mayor Tom, que regresaría finalmente en el estremecedor videoclip de “Blackstar”, ya con el astronauta muerto en el espacio, anunciando lo que muy pocos días después sería su propia despedida, su desaparición en el éter cósmico, explicitada en el también aterrador videoclip de “Lazarus”.
Poco antes, en octubre de 2015, se había estrenado en Broadway el musical Lazarus, escrito por Enda Walsh, sobre viejas canciones de David Bowie, una especie de secuela de El hombre que cayó a la Tierra. El elenco original grabó la banda sonora el 11 de enero de 2016, al día siguiente de la muerte del artista, en un doble cedé que incluía versiones de clásicos y oscuridades del catálogo de Bowie, y añadía tres piezas inéditas registradas por el malogrado Duque Blanco durante las sesiones de Blackstar, dos de ellas majestuosas, la elegíaca “No plan” y la exuberante “Killing a little time”, una hermosa pequeña sinfonía funeraria. En “No plan”, Bowie firmaba de algún modo el epitafio de su Mayor Tom: «No hay música aquí, estoy perdido en un montón de capas de sonido».
Pero sí había música: los discos favoritos del Mayor Tom
No puede faltar en este homenaje al Gran Camaleón del Pop, un recuerdo a su pasmosa voracidad musical, su exquisito gusto, su eclecticismo. Canciones que le gustaban a Bowie y que reivindicamos también como nuestras, donde se dan cita la alegría de haber disfrutado de su talento y la tristeza por su muerte.
Canciones jubilosas y dolientes, desde el soul hasta la música contemporánea minimalista y el rock, el blues o el reggae. Lorraine Ellison (“Stay with me”), Gavin Bryars (“Jesus’ blood never failed me yet”), Linton Kwesi Johnson (“Sonny’s lettah (anti-sus poem)”), Champion Jack Dupree (“Junker’s blues”) , Josephine Baker (“Blue skies”), Scritti Politti (“Wood beez (pray like Aretha Franklin)”), John Adams (“For with God no thing will be impossible”), Neil Young (“I’ve been waiting for you”), Domenico Modugno (“Volare”), Amadou & Marian (“Sénégal fast food”), Rufus Wainwright (“Dinner at eight”) y otros grandes de la música del siglo XXI, convocados en su memoria.
Canciones que él mismo elogió o interpretó en algún momento y otras, entresacadas de la sesión de DJ que protagonizó el 20 de mayo de 1979 en la BBC; dos horas de música majestuosa cuya emisión presentó con estas palabras: «Hola, soy David Bowie. Parece que fuera está nublado, pero aquí tenemos un poco de agua Perrier y, sobre todo, tenemos un buen montón de discos».
A continuación, el tracklist completo del programa:
The Doors (“Love street”), Iggy Pop “TV eye”, John Lennon (“Remember”), ? & The Mysterians (“96 Tears”), Edward Elgar (“The nursery suite”, extracto), Danny Kaye (“Inchworm”), Philip Glass (“Trial prison”), The Velvet Underground (“Sweet Jane”), Mars (“Helen Fordsdale”), Little Richard (“He’s my star”), King Crimson – (“21st Century schizoid man”), Talking Heads (“Warning sign”), Jeff Beck (“Beck’s bolero”), Ronnie Spector (“Try some, buy some”), Marc Bolan (“20th Century boy”), The Mekons (“Where were you?”), Steve Forbert (“Big city cat”), The Rolling Stones (“We love you”), Roxy Music (“2HB”), Bruce Springsteen (“It’s hard to be a saint in the city”), Stevie Wonder (“Fingertips”), Blondie (“Rip her to shreds”), Bob Seger (“Beautiful loser”), David Bowie (“Boys keep swinging”), David Bowie (“Yassassin”), Talking Heads (“Book I read”), Roxy Music (“For your pleasure”), King Curtis (“Something on your mind”) y The Staple Singers (“Lies”).
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Anterior entrega del especial David Bowie: David Bowie: La alargadísima sombra de Bowie.

