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David Bowie: 15 joyas que descubrir

DIEZ AÑOS SIN DAVID BOWIE

«“No pienses ni por un segundo que te olvido”, canta Bowie en el estribillo. Nosotros tampoco le olvidamos, desde luego que no»

 

En la semana en que estamos homenajeando a David Bowie por el décimo aniversario de su muerte, hoy, día de su cumpleaños, Javier de Diego Romero rescata algunas de sus canciones menos transitadas, pero también fundamentales para comprender su obra.

 

Selección y texto: JAVIER DE DIEGO ROMERO.

 

¿Qué estabas haciendo cuando te enteraste de que había muerto David Bowie? A buen seguro, a muchos lectores les habrán preguntado esto en alguna ocasión. Uno recuerda muy bien lo que estaba haciendo aquella mañana de enero de diez años atrás: escribiendo sobre David Bowie; concretamente, dando los últimos toques a mi crítica del recién aparecido Blackstar, que me había encargado la entonces directora de esta misma web, Arancha Moreno.

Necesitaba confirmar un dato sobre la canción “’Tis a pity she was a whore”, de modo que escribí el título en el recuadro de búsqueda de Google; entre los resultados que obtuve se encontraba la noticia del fallecimiento de su autor. Me quedé atónito, por supuesto, aquello no podía estar pasando, y también empecé a temblar. Mi mano derecha temblando sobre el teclado del ordenador, esa es la imagen más nítida que conservo de aquellos instantes. Al cabo de unos minutos, recibí un correo electrónico de Arancha, en el que me preguntaba si, además de la reseña, podía analizar y valorar en un texto más extenso la trayectoria de Bowie en su totalidad. Publicado el 18 de enero con el título de Las transformaciones de David Bowie, el artículo menciona, en su tramo final, un puñado de gemas semioscuras de su discografía, temas como “Word on a wing”, “Seven” o “Heat”, poco conocidos por el gran público. Recuerdo que, mientras repasaba el párrafo en cuestión, concebí la posibilidad de elaborar otro texto dedicado, precisamente, a comentar con cierto detalle canciones espléndidas del londinense que merecieran llegar a una audiencia más amplia. Algunas ideas tardan mucho en materializarse: aquí está ese artículo.

 

1. “Can’t help thinking about me” (single, 1966)
Editado en enero de 1966, “Can’t help thinking about me” no es propiamente el sencillo de debut de nuestro hombre, pero sí el primero que firmó con el nombre artístico de David Bowie. Moldeado con la que era su banda de acompañamiento desde comienzos del 65, The Lower Third, este palpitante tema remite directamente a The Who; en concreto, trae a la memoria “The kids are alright” y, en el estribillo —algo inferior a las formidables estrofas—, “Anyway, anyhow, anywhere”. Por otro lado, la indecisión de la adolescencia cohabita con el narcisismo mod en una letra que, asimismo, descubre al joven Bowie como un nostálgico muy precoz, tanto como su admirado Ray Davies: «Es demasiado tarde ahora, / ojalá fuera un niño de nuevo, / ojalá me sintiera seguro de nuevo», se lamentaba aquel muchacho de 18 años.

 

2. “The Bewlay brothers” (Hunky dory, 1971)
En “The Bewlay brothers”, el paisaje acústico espectral con el que finaliza Hunky dory (1971), late el espíritu del hermanastro esquizofrénico de Bowie, Terry Burns. A David le atormentaron sus problemas mentales —y los de otros miembros de su familia— y llegó a temer que él mismo, que no era en absoluto extraño a los excesos psicológicos, estuviera abocado a la locura por causas congénitas. A este respecto, en el documental radiofónico de la BBC Golden years (2000) reflexionaba en estos términos: «Nunca supe exactamente qué lugar ocupaba Terry en mi vida, si era una persona real o si en realidad me estaba refiriendo a otra parte de mí». El hecho de que una voz hablada —del propio Bowie— se una al cantante en algunos pasajes de “The Bewlay brothers”, concretamente en la segunda y la tercera estrofa, puede interpretarse como expresión musical de esta identidad fragmentada. La letra de la canción alude a Terry de manera críptica, enigmática, por medio de poderosas imágenes alucinatorias, algunas de ellas muy perturbadoras: «El sólido libro que escribimos / es inencontrable hoy», «mi hermano yace sobre las rocas, / podría estar muerto. Podría no estarlo, / podrías ser tú». Inquietante es también, por lo demás, el coro de duendes o grutescos que, en la coda, entona una cancioncilla de aire victoriano.

 

3. “Sweet thing/Candidate/Sweet thing (reprise)” (Diamond dogs, 1974)
1974. Corrían tiempos de rock progresivo, un género en el que no se encuadra ningún trabajo de David Bowie, pero al que tampoco fue completamente ajeno. Buena prueba de ello es esta composición extensa y alambicada, una suite tripartita de cerca de nueve minutos; a semejanza de los proggers, el londinense quiebra aquí las limitaciones formales de la canción pop. La pieza alberga una plétora de fascinantes sonidos, como el saxo espectral que marca la división entre sus diferentes secciones, las elegantes florituras pianísticas del gran Mike Garson en la lánguida y melodramática “Sweet thing”, las guitarras crudas e incisivas que atraviesan ese crescendo demoníaco que es “Candidate” o, por último, la pavorosa cacofonía que, en la secuencia del álbum, da paso al clásico “Rebel rebel”. Pero lo más sobresaliente es la flexibilidad vocal de Bowie: a lo largo del tema cubre un rango tonal de ¡casi cuatro octavas! Merced a su interpretación, el universo sórdido y decadente del texto, poblado por prostitutas, drogadictos y estafadores callejeros, deviene irresistible.

 

4. “Word on a wing” (Station to station, 1976)
«La religión es para quienes creen en el infierno; la espiritualidad es para quienes han estado en él». Es muy probable que cuando Bowie hizo esta distinción, en 1995, tuviera en mente el calvario que había atravesado veinte años antes durante el rodaje de El hombre que cayó a la Tierra (Nicolas Roeg, 1976), días de paranoia y depresión, zozobra que su adicción a la cocaína no hizo sino alimentar. Fue entonces cuando escribió esta bellísima balada espiritual, el himno de Station to station (1976), un ferviente grito de ayuda, la plegaria de un hombre devastado que busca amparo en la divinidad. Transcurridos cerca de dos minutos de crescendo emocional, “Word on a wing” alcanza su clímax cuando el cantante, tan vulnerable como imponente (la interpretación vocal es primorosa), se postra al pie del altar ofreciéndose a Cristo: «me estoy afanando por encajar en tu plan divino», escuchamos sobrecogidos. Apropiadamente, la canción concluye con la voz celestial de un niño de coro —generada con un Chamberlin, el precursor del Melotrón— envuelta en la solemnidad de un órgano litúrgico —igualmente sintético—.

 

5. “Subterraneans” (Low, 1977)
Bowie concebía la cara B de Low (1977) en clave cinematográfica, como la banda sonora de un filme imaginario ambientado en Europa del este. Entre las cuatro composiciones atmosféricas —entera o mayoritariamente instrumentales— que la integran se encuentra “Subterraneans”, contemplativa, onírica y profundamente triste, que se refiere a los habitantes de Berlín Oriental, a quienes quedaron relegados en el otro lado del Muro. «Los tenues saxos jazzísticos representan el recuerdo de lo que fue [la ciudad]», apostillaba su creador en una entrevista concedida a Record Mirror poco después de la aparición del álbum, en alusión a dos hermosos solos dolientes ejecutados por él mismo. Mientras que el cálido saxo sugiere remembranzas del Berlín de entreguerras (uno de los focos europeos del jazz en aquella época), el presente totalitario es evocado por varias capas de sintetizador —a cargo de Brian Eno— que provocan en el oyente una sensación de desolación glacial. Hay también una parte vocal, aunque Bowie canta en un lenguaje fragmentario, inconexo. Dos palabras de estos oscuros versos se amoldan como un vestido al cuerpo a la acendrada melancolía musical de la pieza: “failing star”, “estrella fallida”. Berlín Este había perdido su ángel.

 

6. “Joe the lion” (Heroes, 1977)
«Clávame a mi coche / y te diré quién eres», canta Bowie en “Joe the lion”, una de las cúspides de su período berlinés. El protagonista de la canción es trasunto de Chris Burden, renombrado exponente del body art: en su polémica obra Trans-Fixed, escenificada en Los Ángeles tres años antes de que David compusiera el tema y lo publicara en Heroes (1977), se hizo crucificar en el capó de un Volkswagen. Retratado aquí como una suerte de visionario, Burden reaparecería en un disco muy posterior del Duque Blanco, 1. Outside (1995), inspirado en las expresiones más radicales y violentas del arte performativo. En materia musical, en la ágil y abigarrada “Joe the lion” sobresalen, amén de un Bowie cautivadoramente histriónico, las guitarras procesadas y distorsionadas de Robert Fripp, artífice de dos extraordinarios riffs que se entreveran en un vibrante combate.

 

7. “Kingdom come” (Scary monsters, 1980)
Desde el citado Hunky dory hasta su época berlinesa, Bowie incluyó un cover en cada uno de sus álbumes —con la excepción de Diamond dogs (1974)—, pauta a la que volvería con Scary monsters (1980). En primer término, se planteó la posibilidad de versionar “I feel free”, de Cream, pero finalmente optaría por “Kingdom come”, uno de los cortes de Tom Verlaine (1979), el debut como solista del exlíder de Television. Víctima del opresivo tedio cotidiano, el personaje de la canción se identifica con un trabajador forzoso, compelido a romper rocas y cortar heno incesantemente. Tendente a la monotonía, la música se aviene a la perfección con este sombrío cuadro. En cambio, en la versión de Bowie impera el (bendito) caos: afectada y en ocasiones rebosante de vibrato, su voz se mezcla con los instrumentos, la batería marca un ritmo muy irregular, la guitarra eléctrica zigzaguea ebriamente. Exuberante, su “Kingdom come” rezuma alegría de vivir, a lo que contribuye en gran medida el fabuloso canto de llamada y respuesta, en virtud del cual el tema puede ser imaginado como un espiritual, como una canción de trabajo de las que entonaban los esclavos afronorteamericanos en las plantaciones, en las que la aflicción convivía con la esperanza: el reino de Dios no tardará en llegar. Un excelente ejemplo de cómo apropiarse creativamente de un original.

 

8. “Baal’s hymn” (David Bowie in Bertolt Brecht’s “Baal”, 1982)
En los albores de la década de los ochenta, el director de cine y televisión Alan Clarke se embarcó en una adaptación para la BBC de Baal, el debut teatral de Bertolt Brecht, pieza estrenada en 1923 —aunque la escribió cinco años antes—. Clarke y el productor de la obra, Louis Marks, le ofrecieron el papel principal a David Bowie. Fue idea del guionista, John Willett, reputadísimo especialista en el dramaturgo germano: conocía su espléndida actuación sobre las tablas en The elephant man (1980-81) e intuía que le interesaba la Alemania de Weimar. El creador de “V-2 Schneider” aceptó la propuesta con entusiasmo, se sumó decididamente a un proyecto que, por otro lado, redondearía con uno de los discos más singulares y atrevidos de toda su carrera: el epé David Bowie in Bertolt Brecht’s “Baal” (1982), en el que interpreta las canciones del drama reemplazando el austero acompañamiento instrumental de las versiones de la BBC por una orquesta de quince miembros. El tema de apertura introduce al protagonista, un poeta vagabundo que devora la vida con glotonería; insensible, procaz y desbordante de carisma, Baal es una estrella del rock avant la lettre, el Ziggy Stardust de Weimar. Dominic Muldowney compuso la música partiendo de una melodía del propio Brecht, que asciende gradualmente durante ocho compases hasta completar un intervalo de octava. De ella se adueña Bowie con autoridad, con una teatralidad arrebatadora; no volvería a cantar tan bien hasta su renacimiento artístico de los noventa.

 

9. “Shades” (Iggy Pop, Blah-blah-blah, 1986)
Es bien sabido que los dos primeros álbumes en solitario de Iggy Pop, The idiot y Lust for life (ambos de 1977), cuentan con la participación crucial de David Bowie, pero muchos ignoran que en los años ochenta dejó su impronta en otro elepé de la Iguana, Blah-blah-blah (1986). Lo coprodujo con David Richards y escribió al alimón con Pop seis de sus diez cortes, entre los cuales destaca “Shades” —casi en su totalidad obra de Bowie—, una balada melodiosa, sin pretensiones y francamente bonita. Tras observar como un risueño Iggy le daba un regalo a Suchi, su esposa, concibió una letra en la que sucediera lo contrario: al cantante de “Shades” le regala su chica las gafas de sol del título. Conmovedoramente, reacciona a este pequeño acto de generosidad con un asombro que brota de su escasa autoestima: «Nunca creí que yo mereciera mucho la pena / ni que alguien me trataría de este modo». A buen seguro, a Iggy también le llenó de contento que su amigo le obsequiara con este soberbio tema, una de sus creaciones más brillantes de los ochenta, a la altura de “Loving the alien” y “Absolute beginners”.

 

10. “Goodbye Mr. Ed” (Tin Machine, Tin Machine II, 1991)
Tin Machine, la banda de rock duro que Bowie formó a finales de los años ochenta con el guitarrista Reeves Gabrels y los hermanos Hunt y Tony Sales —batería y bajista, respectivamente—, ha sido vituperada por la crítica con harta frecuencia, pero uno halla en sus dos discos una loable ambición y, lo más importante, un buen número de composiciones muy logradas. Canciones como “Goodbye Mr. Ed”, la que cierra el prosaicamente titulado Tin Machine II (1991), especialmente meritoria: no hay en ella ni rastro de los habituales excesos ruidistas del grupo, de las estridencias que afean tantos de sus temas; la estructura es audaz, tres estrofas irregulares y un puente que se repite —no tiene estribillo—; los inopinados cambios de tempo resultan muy excitantes; y, por encima de todo, la melodía es elegantísima, realmente magnífica. Un conjunto de oblicuas imágenes relativas al colapso del American dream se suceden caprichosamente en el texto; desencantado, Bowie se despide así de la Norteamérica (imaginada) que tanto le fascinó en su adolescencia.

 

11. “Dead against it” (The buddha of suburbia, 1993)
Black tie white noise y The buddha of suburbia, los dos interesantísimos trabajos con los que Bowie retomó su carrera como solista en 1993, entroncaban manifiestamente con páginas pretéritas de su catálogo: en el primero se adentraba en la música negra norteamericana tan resueltamente como en Young americans (1975) y el blockbuster Let’s dance (1983); el segundo remitía al experimentalismo europeo de sus colaboraciones con Brian Eno, a los elepés de la llamada “trilogía de Berlín”, los mencionados Low, Heroes y Lodger (1979). En The buddha of suburbia está incluida “Dead against it”, canción veloz, fulgente y ensoñadora en la que resuenan ecos de Blondie y otras formaciones de la new wave, deudoras a su vez de Low: Bowie se cita con sus hijos. El álbum —inspirado en la novela homónima de Hanif Kureishi— alberga varios instrumentales, y es muy posible que este corte también lo fuera originalmente: tres de las cinco secciones en las que puede dividirse, las dos que lo enmarcan y la intermedia, no tienen parte vocal, y al atender a la relación entre ellas se aprecian desarrollos que invitan a imaginarlas como un todo independiente. Por lo demás, el drama de aislamiento e incomunicación amorosa que se despliega en la letra —característicamente abstrusa— es intrascendente al lado de la fantástica música.

 

12. “A small plot of land” (1. Outside, 1995)
En el ya citado 1. Outside, un excepcional álbum que les aguanta el pulso a las obras clásicas que su autor firmó en los setenta, se reconoce la huella de algunos de los nombres más influyentes del momento, como Goldie, Tricky o Trent Reznor, pero el referente primordial de este trabajo es un músico veterano, coetáneo de Bowie: su venerado Scott Walker. Su ascendiente se proyecta sobre buena parte del disco, singularmente sobre “The motel” y “A small plot of land”, dos extensas piezas de más de seis minutos, umbrías y melodramáticas. El piano de Mike Garson y la batería de Sterling Campbell colisionan febrilmente en la segunda, incursión en el jazz de vanguardia enseñoreada por un Bowie oscuramente majestuoso. David elaboró la mayor parte de la letra siguiendo un método popularizado por William S. Burroughs, el cut-up, consistente en reordenar textos —periodísticos, por ejemplo— de manera aleatoria en busca de nuevos significados, de alusiones abstractas; no es de extrañar que el resultado sea prácticamente impenetrable. Poco importa: el planto que entona estremece como una catedral que se derrumba.

 

13. “Conversation piece” (Heathen, 2002; Toy, 2021)
La historia de esta melancólica balada es larga y compleja. Unos meses después de descartarla para Space oddity (1969), Bowie la recuperó como cara B del sencillo “The prettiest star”. A inicios de este siglo decidió regrabarla con vistas a incluirla en un álbum que pronto recibiría el título provisional de Toy, revisión de su cancionero temprano que su discográfica, en último término, rechazaría publicar. En su lugar llegó a las tiendas Heathen (2002), con un disco extra de cuatro cortes entre los que se hallaba la nueva “Conversation piece”. Mucho tiempo más tarde, en el año 2021, reaparecería en la edición póstuma de Toy.

El tema está protagonizado por un erudito ermitaño, incapaz de comunicarse a pesar de haber leído incontables conversaciones, invisible para la multitud que le rodea mientras deambula por la ciudad. Un estudioso que puede emparentarse con el artista de “Sound and vision”, recluido en su habitación con las persianas bajadas todo el día, invocando a su musa, o con el memorable astronauta a la deriva de “Space oddity”. Son tan solo un par de ejemplos: en el catálogo de Bowie abundan los personajes separados de la sociedad, a menudo inadaptados, en algunos casos anhelantes de conectar con el otro. Pese a su desolación, el outsider de “Conversation piece” desprendía cierta energía en 1969, pero en la versión de Toy le encontramos resignado, marchito: sobre un ritmo más pausado que el original, Bowie canta en una tesitura una octava más grave y sin apenas emoción.

 

14. “Days” (Reality, 2003)
“Days”, la excelsa canción de Ray Davies, publicada como sencillo de sus Kinks en 1968, y este corte de Reality (2003) no solo tienen en común el título. Respecto a la música, estamos ante dos medios tiempos in crescendo, gráciles, cadenciosos y en buena medida acústicos. Ambos temas también están emparentados literariamente: sus respectivos protagonistas meditan sobre el pasado de una relación, aunque en la letra de Davies esta haya acabado y en la de Bowie perviva. Ahora bien, mientras que el mirar atrás del primero está colmado de cálida gratitud («gracias por los días, / esos días interminables, esos días sagrados que me diste»; no existe forma más bonita de despedirse), al segundo, un egoísta redomado, le carcome la culpa, le atormentan los remordimientos: «Todo lo que he hecho / lo he hecho por mí, / todo lo que me diste / lo diste generosamente. / Yo no te di nada a cambio». Sin embargo, en el puente, al tiempo que la canción modula de la tonalidad de sol menor a su relativa mayor (si bemol), el yo lírico de Bowie, en plena zozobra, vuelve a implorar auxilio a su compañera. Pese a su arrepentimiento, la deuda emocional que ha acumulado a lo largo de los años no dejará de crecer.

 

15. “Dollar days” (Blackstar, 2016)
Comenzábamos este artículo con la nostalgia prematura de un adolescente y lo finalizamos, exactamente cincuenta años después, con la de un casi septuagenario abismado ante su propia muerte. Asegura el cantante de “Dollar days” que no le importa no volver a ver los paisajes de su Inglaterra natal, mas le delata la fragilidad de su voz, trémula, a punto de quebrarse. Compuesta en dos tonalidades menores (las estrofas en sol, el estribillo en si), sustentada sobre conmovedores acordes de piano y guitarra acústica y sublimada por el lúgubre saxo de Donny McCaslin (no emite notas: derrama lágrimas), esta suntuosa balada condensa todo el pesar de Blackstar (2016), y es buena muestra de su brillantez.

«No pienses ni por un segundo que te olvido», canta Bowie en el estribillo. Nosotros tampoco le olvidamos, desde luego que no. Para el autor de estas líneas, su música sigue siendo, como en los treinta y cinco años que han pasado desde que la descubrí, un foco se sentido, una fuente de consuelo y aliento. Lejos de ser negra, la estrella de Bowie centellea con un resplandor esmeralda; cada vez que la contemplo, me invade la certeza de que nada puede caer.

Anterior entrega del especial David Bowie: David Bowie, la araña de Marte.