
Leo Sidran: «Leonor me ha dado una segunda oportunidad de ver y vivir mis canciones»
Leo Sidran y Leonor Watling cumplen una promesa de quince años con Leo & Leo, un álbum grabado en setenta y dos horas donde la realidad de hoy se desliza a través del smooth jazz y la química de dos vidas paralelas y amigos como Jorge Drexler o Kevin Johansen. Sendoa Bilbao charla con el dúo.
Texto: SENDOA BILBAO.
Fotos: ANA MÁÑEZ.
La pantalla se divide. En la derecha, Leo Sidran (Nueva York), con fondo de estudio cargado de vinilos, instrumentos y pies de micro, saluda con su calma habitual. En la izquierda, en plano picado y con una luz algo incierta, aparece Leonor Watling (Madrid), enfundada en un abrigo. «Estoy en un parón, rodando una película, robando unos minutos desde el coche», se disculpa la actriz y cantante. El debut discográfico conjunto, Leo & Leo, por fin es una realidad, cerrando un ciclo que comenzó con el «tenemos que hacer algo juntos» y culminó en tres días frenéticos de grabación. El disco, dicen, es la constatación de que la experiencia, esas instrucciones de uso que nos da la vida, son las mejores herramientas para escribir canciones.
¿Cuál fue la primera vez que cada uno supisteis de la otra?
Leonor Watling: Pues yo creo que debió ser viendo un concierto de Ben Sidran, el padre de Leo, porque toca la batería con él, y creo que fue ahí, en ese contexto.
Leo Sidran: Yo un poco antes, creo. Hablé con ella y después de eso. Lo de la música contada fue posterior. Después toqué en un festival en Málaga con mi padre y Marlango justo iba a tocar o había tocado por esas fechas. Entonces me enteré también de que ella cantaba, y que cantaba en inglés, que era bilingüe, o sea, que yo le seguía un poco el camino de Marlango antes de habernos conocido. Y claro, cuando nos conocimos a través de Jorge Drexler, yo más o menos tenía una idea de lo que hacía ella, y ella también de mí, porque yo ya había trabajado con Jorge en la canción “El otro lado del río”.
L.W.: Claro. Yo creo que ya había escuchado tu música, el proyecto que tenías con una cantante. Sí, con Joy and The Boy, exactamente. O sea, que nos teníamos cada uno localizados, existíamos.
Vitoria, con el guitarrista Javi Peña como nexo, fue el escenario de vuestro primer dueto. ¿Podríais describir la alquimia que transformó aquel encuentro espontáneo en la génesis de vuestro proyecto conjunto Leo & Leo?
L.W.: El detonante fue que Leo tenía un concierto en Vitoria y nos pidió si podíamos ir con Javi Peña a trío.
L.S.: Sí, fue como un invento medio loco. Se nos ocurrió hacer un experimento en un teatro de Vitoria, que nos dieron carta libre para hacer lo que quisiéramos, así que inventamos un doble concierto. Leonor había cantado conmigo como invitada alguna vez, pero esta vez inventamos un doble concierto en un teatro: el encuentro de los Leos, ella con el grupo de Javi Peña y yo con mis músicos, los Groovy French Band. En ese concierto nació un poco la idea de fusionar esos dos mundos.
Leonor, estabas en un pozo creativo. ¿Fuiste quien dio el paso de pedirle a Leo este proyecto de grabar su songbook para intentar salir de esa situación?
L.W.: Yo estaba intentando escribir letras de canciones mucho tiempo. Y, de repente, viendo a Leo con su banda, le pedí un favor: me encantaría hacer un songbook de canciones tuyas, «Leonor canta a Leo Sidran», y que lo produjera él. Era mi manera de salir de este pozo de no poder componer, de decir: pues a lo mejor lo que tengo que hacer es otra cosa, y de ahí volver a encontrar el piso para cantar.

Leonor Watling: «Es como volver a ver la película La edad de la inocencia y entender por fin las instrucciones de uso de la vida»
¿Y funcionó? ¿Has reencontrado la chispa para volver a componer gracias a este proyecto abriendo un nuevo camino?
L.W.: Por lo menos ya no estoy con la presión de la lista del debe, o sea, ya no me siento pensando que debo tres años de escritura, y eso es un comienzo. Con Leo sí que hemos escrito una canción juntos, y sí que he empezado a escribir otra vez sin esa angustia de que sea obligatorio.
Hablemos de esa canción conjunta, “Somehow they understand”. ¿Fue un proceso a distancia, por medio de whatsapps y llamadas?
L.S.: Pues bastante parecido a lo que estamos haciendo ahora mismo, la verdad [Risas].
L.W.: Leo insistía mucho en tener alguna canción original en el disco. Yo le solté la idea que era “Somehow I understand”. Él compuso la armonía y la melodía. Empezamos a escribir la letra por whatsapp entre los dos.
L.S.: Me parece superbonita una parte de esa letra donde dice: «somewhere behind the smile, beyond the eye».
L.W.: ¡Ay, muchísimas gracias! La terminamos en una comida justo el día antes de entrar en el estudio. Teníamos que estar cara a cara para rematar la historia.
Esa canción habla de la sabiduría que no se tiene a los veinte, ¿ese entendimiento de la vida define el espíritu de este álbum?
L.W.: Totalmente. Es esa idea de la complejidad, de que por fin entiendo la complejidad de todo. Es como volver a ver la película La edad de la inocencia y entender por fin las instrucciones de uso de la vida. Aunque a veces me pasa que hay otra parte que es como: me hubiera encantado no entender eso.
L.S.: Yo creo que hay un lado muy ingenuo en el disco también. Igual sí que existe el lado amargo de entender cosas, pero por otro lado es muy naíf. Entramos con muy poca expectativa, más allá de «a ver qué pasa». Es un poco jugar, un poco ingenuo.
Hay otra canción brillante y actual: “The art of conversation”, donde se interrumpe el diálogo para contestar un tweet. ¿Buscáis intencionadamente introducir el presente en esas estructuras musicales clásicas?
L.W.: Es el humor que tiene Leo, me encanta. Es una conversación que se interrumpe para «contestar este tweet tan gracioso». Es superactual.
L.S.: Yo creo mucho en ese punto. Mi música es muy clásica, en formato de estándar de jazz. Pero me encanta dejar que entren imágenes y frases del mundo actual. Aunque tiene su peligro: fíjate que digo “respond to this tweet”, ¡y después cambiaron el nombre de Twitter!
Leo, has recuperado canciones de tu repertorio para compartirlas con Leonor. ¿Cómo ha sido ese proceso de redescubrir tus propias canciones a través de la voz de ella?
L.S.: Abrí la maleta de canciones y le dije: “elige las que te apetezcan”. Ha sido un aprendizaje para mí ver cuáles eligió. Es un regalo, porque ella siempre dice que he sido generoso yo, pero repito que ha sido muy generosa ella también, porque me ha dado una segunda oportunidad de ver y vivir mis canciones con ella.
L.W.: Fue supergeneroso, me abrió su catálogo como quien abre un armario y dice, ponte lo que quieras. Al final sí que elegimos “Nobody kisses anymore” y “Light” para darle otro color, pero la generosidad fue total.

Leo Sidran: «Compartimos unos códigos muy parecidos y creo que es por el respeto que tenemos hacia la composición»
La Groovy French Band aporta ese punto de “granujas” y juego, más allá de la suciedad, a vuestro sonido. ¿Cómo ha influido la solidez y el groove de la banda en el carácter del disco y en el proyecto como una “gran familia”?
L.W.: Sí, son muy sólidos y muy elegantes, pero pesan. El bajo de Max lo oyes, y Paul Sané en el piano es muy elegante también, y muy… A mí me encanta cómo tocan juntos.
L.S.: Sí, y es verdad también que hay mucha variedad: canciones más de piano, otras de guitarra, otras de banda, lo que nos permite buscar otros sonidos. Su groove está unido y tienen su propia identidad, pero son capaces de cambiar de un rollo a otro sin problema.
El proceso de grabación fue notablemente breve, de solo tres días. ¿Fue esta limitación de tiempo un catalizador deliberado para la urgencia creativa?
L.W.: Yo creo que es un ingrediente importante. La idea era grabar casi en directo. Leo y la Groovy French Band llevan diez años tocando juntos, si te sabes las canciones y quieres que suenen a directo y a tocar juntos, en tres días te sobra. Esa energía que tienes en el estudio grabando todos juntos, el valor de la atención y del nervio, eso suma.
L.S.: Sí, la verdad es que sobraban días. Te das cuenta de que hay muchas maneras de hacer una canción. Esta brisa te da mucha libertad para el directo, para jugar.
Siento que a pesar de vuestra experiencia os movéis a merced de las canciones. Ellas están delante, vosotros a su servicio.
L.W.: Qué bueno. Sí. Lo hablábamos. El primero que has grabado tiene el valor del nervio y de estar superconcentrado, y eso no tiene por qué ser peor que uno al que le has dado mil vueltas.
L.S.: Compartimos unos códigos muy parecidos. No ha habido ninguna discusión de sonido. Creo que es por el respeto que tenemos hacia la composición.
Para terminar, simplemente una mención al Café Central, Leo ha dado más de trescientos conciertos allí, un lugar que afronta el posible cierre, como ocurrió con salas como El Juglar y otros tantos espacios que corren peligro en Madrid. ¿En un lugar así se siente la música de una forma especial? ¿Reivindicamos este tipo de espacios?
L.W.: El hecho de que esté tan en el centro de Madrid, con esas ventanas donde ves la luz de la tarde y la gente pasando… Confío mucho en los dueños, gente a la que le gusta mucho la música, y encontrarán un espacio. Pero es verdad que ir perdiendo patrimonio es como perder un gran árbol. La música siempre encuentra un lugar, pero da mucha pena.
L.S.: No lo puedo haber dicho mejor. La música siempre encuentra su lugar, pero el Central tiene historia, magia y ubicación. Incluso las cosas difíciles o su geometría extraña acaban siendo parte de su encanto. Cuando subes al escenario, sabes que estás en un lugar donde ha pasado mucha historia musical y cultural. Pero la música, como dice Leonor, siempre encuentra su sitio. Lo que tenemos que hacer es esperar a que crezca ese nuevo árbol, aunque sea una semilla en otro lado, y apoyarlo.

