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Casi como volver a empezar 

TREINTA ANIVERSARIO

«A Suede les metieron en el saco del britpop y Brett Anderson tuvo que emplearse a fondo para dejar claro que no tenían mucho que ver con aquella explosión»

 

Después de la tormenta interna de Suede por la marcha de miembros históricos y la llegada de nuevos fichajes, en 1996 llegó la calma y el éxito con su tercer álbum. Hasta él se remonta Fernando Ballesteros.

 

Suede
Coming up
NUDE RECORDS, 1996

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Un año antes de editar su primer elepé, Suede ya habían sido calificados por Melody maker como la mejor nueva banda británica. Las expectativas se desbordaron con el grupo liderado por Brett Andeson y Bernard Butler, y ellos supieron ofrecer una respuesta más que convincente. La prensa musical de las islas siempre fue así de exagerada y, a comienzos de los noventa, había un trono vacío y mucha prisa por designar a alguien para que lo ocupara. Pero, esta vez, los semanarios acertaron.

Sus primeros singles les llevaron a las portadas de las revistas musicales y fueron caldeando aún más el ambiente. “The drowners” y “Metal Mickey” eran cartas ganadoras, y “Animal nitrate“ un acierto capaz de disipar las dudas que pudiera albergar el más escéptico. El campo estaba abonado para que su debut fuera un éxito.

En marzo de 1993, cuando vio la luz Suede (93), el grupo confirmó que el resto del material que habían grabado era también sobresaliente. Añadían a la cosecha otro futuro clásico como “So young” y redondeaban una obra, en la que el glam y las referencias a David Bowie, tan frecuentes aquellos días, se daban la mano con la provocación que hundía sus raíces en el espíritu  punk y el dramatismo marca de la casa.

La voz y el carisma escénico de Brett siempre habían estado en el centro de los elogios y el protagonismo, pero, en aquellos Suede del 93, compartía el protagonismo con Bernard Butler, en una alianza con más de un paralelismo con la que protagonizaron Morrissey y Marr antes de dejar vacío el trono del pop británico.  La voz de Anderson le daba a algunas canciones de su puesta de largo una dosis extra de dramatismo que se vio ampliada en su segundo asalto, el aún más ambicioso e igualmente Dog man star (94).

El drama no solo vivía en las canciones. La relación entre Brett y Bernard se fue complicando con el paso del tiempo y, a estas alturas, la amenaza de derrumbe era patente. Su segundo disco lo gestaron dándose un prudencial respiro en forma de distanciamiento físico, más que nada porque a duras penas se soportaban. Aun así, o quizá también por eso, el resultado no se resintió lo más mínimo. Mientas supieron comunicarse lo hicieron a través de canciones, eran dos talentos que chocaban, rivalizaban y finalmente creaban.

Dog man star, sin embargo, fue el canto del cisne de esa unión artística. Bernard Butler abandonó la banda. Nada más concluir la grabación, el guitarrista decía adiós. Había perdido las ganas de seguir protagonizando una guerra de egos que creía que ya no le llevaba a ningún sitio. El coautor de todas las canciones escritas, hasta aquel momento, se bajaba del tren en marcha y dejaba un hueco muy difícil de llenar.

 

Anderson y Butler: Otra alianza rota
En las largas giras tras su primer elepé, Butler, tal y como contaba Brett en Tardes de persianas bajadas, uno de sus dos libros de memorias, fue separándose gradualmente de sus compañeros. Ya no compartían casi nada más allá del escenario. Sin el cincuenta por ciento creativo del grupo, los más pesimistas llegaron a hablar del final de Suede, pero la posibilidad de tirar la toalla no pasó nunca por la mente de un Anderson que, para complicar aún más las cosas, andaba más inmerso que nunca en sus devaneos con las drogas.  Ahora, era el líder absoluto ya no compartía galones y estaba dispuesto a demostrar que el suyo podía seguir siendo un gran grupo.

En ese empeño contó con la providencial ayuda de un Ricahrd Oakes que llegó como caído del cielo. Se trataba, como en tantas otras ocasiones en la historia del rock and roll, de un jovencísimo fan de la banda que aún no había cumplido la mayoría de edad, un chaval que idolatraba a Bernard, cuya ausencia iba a tener que llenar a partir de este momento. La gira de presentación del segundo disco del grupo supuso su bautismo en escena y aquellos meses girando con sus nuevos compañeros le hicieron ganarse el respeto de todos.

Además del cambio obligado, Brett incorporó al teclista Neil Codling, una novedad que introdujo nuevas texturas al sonido del grupo. Otro acierto para seguir creciendo en tiempos de crisis y cuando los nubarrones amenazaban el futuro de Suede. La evolución se plasmó en Coming up (96), en el que los dos novatos hicieron notables aportaciones a las labores compositivas del vocalista.

Tras la gira de Dog man star y después de un periodo de descanso para aclarar ideas, Brett, Mat Osman, Simon Gilbert y Richard, se pusieron a componer su siguiente disco y lo hicieron con un objetivo claro que pasaba por completar su colección más redonda de canciones.  Fue en aquel momento, en los inicios de la gestación de Coming up, cuando entró Neil en el grupo. Puestos a cambiar, lo harían a lo grande.

 

Buscando la canción perfecta
Tal vez como reacción a la apuesta que habían hecho con su predecesor, se lanzaron a crear canciones bastante más sencillas, decididamente pop e inmediatas. Recuerdo a un optimista Brett hablar, en las entrevistas de aquella época, de los temas que estaban componiendo y ya se refería a ellos como pegadizos, más sencillos, una ristra de potenciales singles. Parecía entusiasmado y tenía motivos. En otras ocasiones, los grupos hablan de lo que están haciendo y utilizan expresiones como vuelta a las raíces. Luego escuchas el resultado y no hay rastro de lo anunciado. Pues bien, en el caso de Suede, lo que escuchamos unos meses después en su tercer álbum se correspondía fielmente con lo que su líder había poco menos que prometido en algunas de sus apariciones públicas.

El disco tuvo una excepcional acogida en el mercado, tanto que se convirtió en el más vendido de la banda. “Trash” había sido una excepcional avanzadilla, un hit imparable que abría el álbum de una forma rutilante y que se convirtió en su primer número uno fuera del Reino Unido. Tras la explosión de orgullo y celebración juvenil de la apertura, se suceden los estribillos certeros en unas canciones de indudable potencial comercial que le dan a los 42 minutos de la grabación el marchamo de un grandes éxitos. Diez hits, exactamente lo que Brett había dicho que estaban cociendo unos meses antes de que el disco llegara a las tiendas en el mes de septiembre.

Cinco de aquellas canciones fueron extraídas como single. En este apartado se incluyen, “Filmstar” que, con una capa de glam aborda con ironía las contradicciones e inconvenientes  de la fama, el bello medio tiempo de “Lazy”, la colosal “By the sea” con los teclados ofreciendo nuevos sabores a la mezcla o un himno del calibre de “Beautiful ones“, un clásico instantáneo.

Fueron cinco singles perfectos, pero ninguno de los temas de Coming up habría desentonado. “Starcrazy” acelera y crece hasta desembocar en otro de esos coros magistrales que presiden el disco, “Picnic by the motorway”, de lo menos directo del elepé, se acerca a los sonidos psicodélicos, “The chemistry between us” y sus siete minutos coquetean con la épica y “Saturday night” es un cierre precioso para un álbum casi perfecto.

 

Algún paso más allá de la etiqueta del momento
Hablábamos al comienzo de tronos vacíos. En 1996, la película ya era muy diferente. Oasis y Blur habían luchado de forma denodada por él y, en cualquier caso, y sin entrar en vencedores y vencidos, el britpop era la etiqueta del momento. A Suede les metieron en aquel saco y Anderson tuvo que emplearse a fondo para dejar claro que no tenían mucho que ver con aquella explosión. No se trataba del sonido, ni de las influencias, las diferencias iban más allá. Las bandas del britpop celebraban la vida británica, el mensaje de Brett iba en una dirección distinta. En realidad, en varias, algo que también les distinguía de la inmensa mayoría de sus coetáneos.

Coming up, que vendió más de un millón y medio de copias y fue nominado al Mercury Prize, fue la cima comercial y creativa de Suede. A sus discos posteriores nunca les faltaron buenas canciones, pero no volvieron a reeditar la excelencia de su fantástica trilogía inicial. Luego, en 2003, llegó la separación y una década de hiato tras la que volvieron con fuerzas renovadas.

La segunda parte de su carrera consta ya de cinco capítulos largos y el último de ellos, Antidepressants (25) está entre lo mejor que han grabado. Es una gozada que, más de tres décadas después de su debut, los de Brett Anderson hayan sido capaces de entregar un trabajo que roza el sobresaliente y que se coló, con toda justicia y sin favoritismos ni guiños a la nostalgia, entre lo mejor del pasado curso.