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David Lynch, el músico escondido detrás del cineasta

«Con el tiempo, sabríamos que el cineasta tuvo mucho que ver con aquella cadencia de tensión en Twin Peaks. Además, publicó discos en solitario»

 

Sobre la faceta musical de David Lynch, no solo en la icónica serie Twin Peaks, sino también con la publicación de discos en solitario, escribe Manolo Tarancón.

 

Texto: MANOLO TARANCÓN.



 

Tuvo que llegar David Lynch, en 1992, para romper las reglas de la televisión y ofrecer un nuevo producto que en nada se parecía a la teleserie enlatada consumida en Estados Unidos, y que llegaría a Europa y al resto del mundo. Lo vio claro en España Telecinco, que se hizo con los derechos y lanzó una de las campañas más efectistas y a estudiar del mundo del marketing promocional, bajo el lema «¿Quién mató a Laura Palmer?», para presentar una serie diferente e inquietante a partes iguales.

Si en la literatura fue Grace Metalious quien, con Peyton Place en 1956, causó un terremoto poniendo patas arriba los tejemanejes y la maldad humana de un pueblo estadounidense cualquiera, en el audiovisual las barreras las astilló Lynch, mostrándonos que nadie es lo que parece en un municipio maderero perdido en la nada y añadiendo elementos sobrenaturales a raudales. La locura hecha televisión mezclaba tramas extramatrimoniales, traiciones de poder, celos, engaños e identidades confusas con las fuerzas sobrehumanas de los bosques de Twin Peaks.

Una serie que no hubiera sido lo mismo sin su música. Porque a Lynch hay que otorgarle dos méritos. Por un lado, su faceta compositiva y todo lo que aportó a quien a todas luces aparece como creador de la banda sonora, el músico Angelo Badalamenti. Con el tiempo, sabríamos que el cineasta tuvo mucho que ver con aquella cadencia de tensión cuando aparecían matorrales azotados por el aire o semáforos que se movían bajo el alambre que los sujetaba.

Una melodía con cierto aire de terror, tocada con un teclado en notas largas, como si se tratara de unas cuerdas oscuras de que de repente, con apenas unas notas de piano, la convertían en “Laura Palmer´s theme”, una coda maravillosa que ponía los pelos de punta a cualquier fan de la serie.

De la cabecera no es muy necesario hablar porque, gustara más o menos la trama, se metió en el cerebro de todo ser humano que viera la televisión empezados los años noventa. Por no hablar de la inquietante y jazzística “Audrey´s theme”, esta sí, compuesta íntegramente por Badalamenti. Ambos firman “The nightingale”, una canción que, gracias a la voz de Julee Cruise, se convierte también en imprescindible de la serie y de su banda sonora.

Lynch nunca quiso desvelar al asesino de Laura Palmer, lo que le fue alejando cada vez más de la serie y de sus productores, hasta el punto de abandonarla por completo. De ahí su bajón en calidad y audiencia en la segunda temporada. La música siguió siendo imprescindible en el largometraje que, a la vez, suponía la precuela de la serie, Fire walk withe me, con aparición de David Bowie incluida. Y aquí sí se involucró más si cabe con la música. Aunque casi toda la banda sonora la firma Angelo Badalamenti, uno de los temas más inquietantes y oscuros, “The pink room” y su continuación “Blue Frank”, son obras de Lynch.

Eddie Vedder, Chromatics, The Paris Sisters o Nine Inch Nails, sin olvidarse —en los capítulos que no concluyen en el escenario del garito del pueblo— de clásicos de Ottis Redding, ZZ Top, The Platters o Booker T. and The MG’s aparecen en la tercera temporada que Lynch prometió para 2017, veinticinco años después, a sus fans. A pocos cineastas se le permite utilizar, mientras el camarero de un bar barre el suelo con sus puertas cerradas en un plano máster fijo, que suene al completo “Green onions”. Una maravilla para el espectador/oyente.

Además, Lynch publicó discos en solitario. Su debut, en 2007, con The air is on fire (Exhibition soundscape) es prescindible. Un trabajo experimental completamente instrumental, sin cortes entre pistas, repleto de capas y sonidos, donde destaca la inquietud y la tensión ausente de elementos de percusión y acompañado en la composición de Dean Hurley.

Crazy clown time (2011) ya es otra cosa: el primer elepé del cineasta con canciones, con la colaboración de Karen O y composición compartida de nuevo con Dean Harley. Destacan “Football game”, por su inquietud y ambientación onírica que demuestra la amplitud de su mundo artístico —no hay que olvidar sus pinitos con el pincel—, o “I know”, que roza los márgenes más vanguardistas. La palma se la lleva “Strange and unproductive thinking”, donde añade pistas electrónicas y una voz distorsionada y robótica. Más acompasada y audible en una primera escucha es “Stone’s gone up”.

Thouhgt gang (2018) es un disco firmado a medias con su inseparable amigo Angelo Badalamenti. Si bien el inicio engaña al oyente, donde parece que nos lleva al mundo de las bandas sonoras, en la segunda pista, “Logic and common sense”, rompe con un intachable ritmo de jazz experimental. Su voz recitando versos al compás del contrabajo y el ride de la batería llevan el tema a un punto casi obsceno.

Un trabajo donde combina lo instrumental con lo lírico y que lleva al límite de su arte que, como un hechizo, degustamos, aunque no sepamos exactamente su significado e incluso pensemos que a veces se le va de las manos —que todo puede ser porque él nunca lo negó—. De este último elepé, “A real indication” recuerda a las canciones más arriesgadas de un Tom Waits maduro, por poner un ejemplo clarificador, en el sonido y el ritmo.

Todo empezó con Twin Peaks y su maravillosa música, pero David Lynch ha demostrado, sin ánimo de ser un elemento de superventas, que en la música también tiene algo que decir.