DISCOS
«El resultado tiene esa textura analógica que ya no abunda y evidencia que no es retro por capricho, sino porque las canciones lo exigen»

Michelle David & The True Tones
Soul woman
O.C. SMIT & P.W. WILLEMSEM / RECORDS KICKS, 2026
Texto: XAVIER VALIÑO.
Michelle David cumplirá 60 años este verano. Lleva más de la mitad de su vida cantando en un país que no es el suyo, con músicos que llevan una década haciéndola sonar como si siempre hubieran estado juntos. Llegó a los Países Bajos en 1994 tras una infancia entera metida en la iglesia góspel, y ya tiene ocho álbumes a sus espaldas. Pero Soul woman, publicado en el sello italiano Record Kicks, tiene algo diferente. Es el primero que mira hacia adentro de verdad.
Donde Brothers & sisters (2024) ponía el foco en el mundo exterior y sus grietas, este disco parte de una pregunta incómoda que David se hizo a sí misma: ¿Cómo pedir a los demás que se examinen si yo no hago lo propio? La respuesta son diez canciones grabadas en vivo en el estudio, con todos los músicos tocando juntos al mismo tiempo, sin capas de producción que suavicen las aristas. Paul Willemsen a la guitarra y el bajo, Onno Smit al contrabajo y Bas Bouma a la batería construyen un andamiaje que vibra como si el estudio fuera un local de ensayo un martes por la noche.
El resultado tiene esa textura analógica que ya no abunda y evidencia que no es retro por capricho, sino porque las canciones lo exigen. “Running” abre el disco con un latigazo de northern soul que no da tregua y que demuestra que la banda puede sonar tan contundente como cualquier formación de funk actual, mientras que el single “Speak to me” tiene el nervio de los grandes momentos Motown de los sesenta sin disfrazarse de homenaje, con una letra que habla de rezar en silencio y esperar una respuesta que no llega. Pocas veces la frustración espiritual ha sonado tan bailable.
El tema que da título al álbum marca el giro central, con un ritmo más pesado, y guiños afrobeat que recuerdan a la diáspora africana, y donde David empieza a encontrar certezas tras mucho tiempo dudándolo todo. “Flow”, casi seis minutos de ritmo pausado que citan vagamente a Diana Ross & The Supremes sin ser ninguna de las dos cosas, es el momento de mayor lucidez: empieza como consejo filosófico y acaba en una sola frase («llorar en voz alta») que resume mejor que cualquier argumento lo que el disco viene a decir. Su lógica conclusión la pone “I thank you”, el agradecimiento de alguien que ha llegado al otro lado partiendo de una premisa complicada de asumir.
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Anterior crítica de discos: Songs for the weary, de Matthew C. Whitaker.

