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Being there (1996), el primer gran salto de Wilco

TREINTA ANIVERSARIO

«Estamos ante un disco que, pese a su generoso minutaje, no tiene desperdicio. Una obra de esas que hay escuchar de principio a fin, sentarse y disfrutar de ella, a la vieja usanza»

 

Fernando Ballesteros viaja hasta el segundo álbum de estudio de la banda de Chicago. Un trabajo con evolución en su sonido y letras autobiográficas, que los llevó a consolidarse a nivel mundial.

 

Wilco
Being there
REPRISE RECORDS, 1996

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

En más de una ocasión se ha sugerido que Being there (96), el segundo disco de Wilco, desempeñó en los años finales del siglo XX un papel similar al que habían tenido, en décadas anteriores, obras maestras del rock and roll como London calling o Exile on Main St. En cierta ocasión, Ignacio Juliá le preguntó sobre este asunto a Jeff Tweedy y el alma de Wilco le contestó que lo único que los tres tenían en común es que son dobles. En todo caso, conviene dejar claro ya de partida que, como las obras cumbre de los Clash y de los Stones, estamos ante un disco que ayudó a redefinir el sonido de su tiempo y que, en lo particular, supuso un punto de inflexión en la carrera de la banda.

Pongámonos en situación. Cuando el grupo grabó su primer disco, A.M. (95), apenas un año antes, habían transcurrido solo unos meses desde la disolución de Uncle Tupelo, formación en la que junto a Jay Farrar, había edificado una sólida discografía en la que los sonidos de raíces se daban la mano con el espíritu punk. Así las cosas, el primer paso discográfico de Wilco es el de un grupo que estaba buscando aún su identidad y que grabó un notable lote de canciones, que bien podría haber sido el siguiente disco de los Tupelo, sin la aportación de Farrar, claro.  A falta de una voz propia consolidada, el debut de los de Chicago, era un disco con momentos brillantes, pero, aun así, costaba mucho imaginar el salto adelante que iban a dar unos meses más tarde.

Publicado el 29 de octubre de 1996, Being there supuso un avance cualitativo importantísimo. El primero en una expansión gradual que les condujo a bordar el pop como nunca antes lo habían hecho en Summerteeth (99), antes de poner el rock de comienzos del nuevo siglo patas arriba, de la mano del ambicioso y rupturista Yankee hotel Foxtrot (01). Y, sin embargo, aunque Yankee generó encendidos debates entre sus seguidores de gustos más clásicos y los más receptivos a sonidos de querencias experimentales, en Being there —y ahí también radica buena parte de su grandeza y de la trascendencia que tuvo en la carrera del grupo— ya anidaban algunas de las ideas que explotarían en un lustro. Para constatarlo, basta con prestar atención a  la excelsa apertura de “Misunderstood” y sus guiños ruidistas finales.

Cuando los Uncle Tupelo pusieron el punto final a su trayectoria, Jeff reclutó a Max Johnston, Ken Coomer y John Stirratt, a los que se unió Brian Hanneman, de los Bottle Rockets; pero como este último, por culpa de sus otros compromisos profesionales, no estaba disponible para la posterior gira, decidieron incorporar a Jay Bennett, en un movimiento que sería crucial de cara al futuro.

Su papel inicial era el de guitarrista para el directo, pero su destreza con el piano convenció tanto a Tweedy que incorporó el instrumento en buena parte de las canciones de su repertorio. Cuando los Wilco tuvieron que volver al estudio, Jay era ya miembro de pleno derecho de la banda. Y no uno cualquiera, porque su maestría como arreglista le convirtió en lugarteniente de Jeff y pieza clave en la evolución del grupo que se empezaría a plasmar en Being there.

 

Deslumbrante manual sobre lo que conlleva estar en una banda
Estamos ante un disco que, pese a su generoso minutaje, no tiene desperdicio. Una obra de esas que hay escuchar de principio a fin, sentarse y disfrutar de ella, a la vieja usanza.  Por encima de las canciones, planea un hilo conductor. Y es aquí donde hay que poner el acento en todo lo que estaba viviendo Tweedy en la época en la que se gestó el doble elepé.

Una vez que Tweedy y Farrar partieron peras, y el primero se llevó con él al grueso de los últimos Uncle Tueplo, el primer impulso fue tan continuista que, por un momento, se llegó a considerar la posibilidad de conservar el nombre de la banda. Desechada esa opción y bautizados como Wilco, el primer envite del grupo fue una prueba para las inseguridades de un creador que, hasta aquel momento, había estado a la sombra de su ya excompañero. Y las cosas no fueron bien porque, si en lo artístico, A.M. es notable, no es menos cierto que su suerte comercial fue escasa y que, para colmo, Farrar respondió unos meses después con una obra sensacional como Trace. Así que el primer asalto, si había una batalla, lo había perdido.

La gira tampoco fue una acumulación de recintos llenos, de manera que Tweedy se enfrentó a Being there en un momento crítico de su vida artística y personal, con una familia que estaba naciendo. Todo eso está presente en la lírica de un disco que aborda, sin llegar a la etiqueta de álbum conceptual, todo lo que supone estar en una banda. La música como principio y final de casi todo. Así, en “Sunken treasure” habla de ella como su salvadora, antes de cantar que había sido mutilado por el rock and roll. Y, al final del camino, en “Dreamer in my dreams”, asume los errores cometidos, esos cuyas consecuencias han poblado los surcos de las dieciocho canciones anteriores.

Y aunque ya hayamos esbozado al menos el tópico de que el conjunto del disco es bastante más que la suma de sus canciones, la verdad es que entre la colección hay auténticas perlas, como “Far far away” y la tristeza que transmite el sonido de slide a su sombría belleza, el country rock de “Forget the flowers”, los sonidos clásicos de “I got you (at the end of the century)” o la rotundidad stoniana de “Monday”.

El muestrario de sonidos del disco es amplísimo, dicho de una forma gráfica, hasta Being there Wilco jugaban en la liga de los Jayhawks y, a partir de este momento, iban a seguir jugando en ella, pero también en alguna que otra más, y todas ellas mayores.

 

Llegar a ser el grupo de rock de la primera década del Siglo XXI
Cuando Being there vio la luz recibió buenas críticas generalizadas y, en cuanto a ventas, funcionó razonablemente bien. En cualquier caso, mucho mejor que su debut, escaló hasta el puesto 73 de la lista de ventas en Estados Unidos e inauguró una etapa en la que, además de esta, firmaron, al menos, otras tres obras maestras.

Me quedo en un momento de la historia de Wilco que ayuda a entenderlo todo mejor. Cuando eran, para la gran mayoría, el grupo de rock del momento. Año 2005, los de Tweedy realizaban su primera gira por España y ofrecían conciertos que muchos de los que tuvimos la fortuna de estar en alguno de ellos, aún recordamos. Aquella noche, en Aqualung, habían puesto la sala en ebullición con canciones de su cosecha más reciente, los sonidos kraut de “Spiders (Kidsmoke)” habían sido el clímax hasta que, al final, se descolgaron con “Monday” y “Outtasite (Outta mind)” y comprendí que aquellos Wilco lo tenían absolutamente todo.

Tweedy convertía en arte trascendente todo lo que tocaba: colaboraciones, proyectos paralelos… En fin, un disco de Loose Fur, por ejemplo, era todo un acontecimiento en aquel panorama. Luego las cosas se relajaron porque era imposible seguir, no ya en aquel estado de inspiración permanente, sino respondiendo con otra vuelta de tuerca al rock and roll en cada nuevo movimiento. Aquello de 2005 era mágico y todo había comenzado nueve años antes con Being there.