
«Yo no les pido a los Suede de 2026 que me sorprendan o me deslumbren, sino que me satisfagan con un reguero de hits más que apañado»
A la cita del quinteto británico con Valencia, en el Roig Arena, asistió Carlos Pérez de Ziriza. Un concierto expeditivo, directo al grano y repleto de hits.
Suede
24 de marzo de 2026
Roig Arena, Valencia
Texto: CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.
Fotos: MARÍA CARBONELL.
El de anoche fue mi décimo concierto de Suede, si no me equivoco. No fue el mejor. Sí fue el más festivo. El más bullicioso. El más contagioso. El que tuvo más de reivindicación de su legado.
Brett Anderson llegó con la voz algo castigada: las crónicas de su bolo en Madrid la noche anterior no auguraban nada bueno. Pero solventó la papeleta con su habitual entereza. A estas alturas ya le perdonamos que acerque el micro al público a la segunda canción o que algunas noches no llegue a las notas agudas. A sus 58 años sigue siendo un titán de escenario. Un animal como quedan pocos en su generación. Danos nitrato populista, Brett, que tampoco nosotros somos los mismos que hace treinta castañas. Dinos qué es lo que te tomas antes de salir a escena para no desfallecer ni un segundo. Cuéntanos el secreto para que tus pantacas de pitillo y tu media melena brillen con la misma finura que a mitad de los noventa.
Yo no les pido a los Suede de 2026 que me sorprendan o me deslumbren, sino que me satisfagan con un reguero de hits más que apañado. Y que no los desluzcan. No espero más de una banda que lleva más de tres décadas en esto. Y creo que es justo. Más cuando han tenido (no lo olvidemos) algún momento en que parecían amortizados: recordemos 2002 y 2003.

«Brett Anderson, a sus 58 años, sigue siendo un titán de escenario. Un animal como quedan pocos en su generación»
Anoche fueron directos a barraca, como dicen mis vecinos de arriba. Sin demasiadas sutilezas. A despachar sus highlights sin miramiento alguno: a diferencia de sus anteriores conciertos, tan solo abordaron dos canciones del siglo XXI, la preciosa “June rain” (algún momento había que aprovechar para visitar el urinario, y creo que mucha más gente lo pensó: me topé allí con unos cinco conocidos) y esa bailable “Dancing with the europeans” que tiene traza de nuevo himno de la estupenda segunda etapa del grupo, que acometieron en el bis. El resto, al grano. Expeditivos. Una hora y cuarto (creo) sin minutos de entretiempo.
Pueden emplear la manida excusa de que las canciones dejan de pertenecer a sus autores una vez el público las hace suyas, recurrir a la coartada emocional de que por algo hemos crecido con ellas (al fin y al cabo, ellos fueron los más consistentes —junto a Pulp y The Auteurs— de aquella hornada que durante un par de años parecía que solo generaba miradas para Oasis o Blur) o simplemente reclamar el lugar que les corresponde en la historia.
Me vale. Y tampoco espero que se marquen una “The two of us” como en mi primera vez, en noviembre del 94, con aquellas proyecciones de Derek Jarman y los Manic Street Preachers como teloneros.
Brett Anderson, Mat Osman, Simon Gilbert, Richard Oakes y Neil Codling nos regalaron (es un decir) anoche cosas como “Trash”, “Animal nitrate”, “We are the pigs”, “Stay together”, “Filmstar”, “So young”, “Metal Mickey”, “Beautiful ones” y hasta esa “Can’t get enough” que siempre parece mejor en directo de lo que es, junto a otras piezas de su fase imperial, y creo que absolutamente nadie arqueó una ceja ni salió descontento del Roig Arena. Lógico.

