DISCOS
«Se mueve entre el soul de cámara y la canción de autor con ambición pop, mientras la interpretación vocal abraza la tradición del crooner clásico sin caer en la caricatura»

Tyler Ballgame
For the first time, again
ROUGH TRADE / POPSTOCK!, 2026
Texto: XAVIER VALIÑO.
Hay voces que desconciertan antes de seducir. La de Tyler Ballgame pertenece a esa categoría: uno espera un rugido y aparece un terciopelo inesperado, casi cinematográfico. Esa contradicción no es casual, sino el resultado de una biografía marcada por tropiezos, reinicios y una sensibilidad que tardó en encontrar su sitio. Su debut llega después de años de dudas, trabajos ajenos a la música y una vida que parecía avanzar a trompicones hasta que, de pronto, empezó a alinearse. Tardío y, sin embargo, necesario.
Tyler Perry, criado en Rhode Island y formado en Berklee, invirtió más de una década en encontrar su lugar. Atravesó una depresión, pasó por los bares de versiones tres noches a la semana o por el sótano de sus padres durante la pandemia. Hasta que, sin haber pisado California en su vida, mandó su currículum a una empresa inmobiliaria de Los Ángeles, le dieron el trabajo y se mudó al oeste.
Fue una decisión difícil pero acertada, y es algo que se nota. “I believe in love” marca la pauta tras el tema titular. Tyler la escribió en dos días en la mesa de su cocina después de que el productor Jonathan Rado le pidiera que compusiera la canción más grande del mundo. Tiene coros con palmas, una melodía que se instala sin pedir permiso y esa voz de tenor que oscila entre Roy Orbison (“Goodbye my love”) y John Lennon (“I know”) con una soltura que resulta desconcertante en un debut.
“You’re not my baby tonight” va más lejos todavía: una balada de piano que tira del linaje de Harry Nilsson y que lleva la voz hasta donde pocos se atreven, sin caer en la exhibición gratuita.
“Got a new car” es algo distinto: rock de cámara respaldado por una percusión nítida. Su letra, inspirada en las enseñanzas del filósofo Alan Watts, habla de experiencia frente a posesión, usando un coche nuevo como metáfora. Por su parte, “Matter of taste” suena a un cruce improbable entre Sparks y Jeff Buckley, lo que habrían hecho juntos encerrados en un garaje.
Algunas de estas composiciones nacieron de maquetas grabadas en casa con equipos antiguos de segunda mano, precisamente para huir del sonido pulido de las producciones contemporáneas. Esa decisión marca un álbum que no pretender sonar moderno, sino más bien honesto en su romanticismo. El resultado es un debut que se mueve entre el soul de cámara y la canción de autor con ambición pop, mientras la interpretación vocal abraza la tradición del crooner clásico sin caer en la caricatura. No hay cinismo ni guiños irónicos en esta presentación en sociedad sin disfraces, solo canciones que creen en su propia emoción y se atreven a sostenerla hasta el acorde final.
–
Anterior crítica de disco: Making friends is easy, de Loney Dear.

