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Lo más real del Rey

«Es un ejercicio de honestidad que despoja al Rey de su armadura, revelando a un hombre que busca la aprobación de su banda entre el sudor y la incertidumbre»

 

Tras acudir al preestreno de Epic, Elvis Presley in concert, Sendoa Bilbao analiza al detalle este nuevo documental dirigido por Baz Luhrmann y que cuenta con material inédito y sorprendente.

 

Texto: SENDOA BILBAO.


 

Nos hallamos, de manera incontestable, ante una de las piezas documentales más lúcidas de la década y, sin duda, la mejor obra de Baz Luhrmann. La obra rompe con la narrativa del mito intocable, para despojarnos de la mística del ídolo, abriendo el telón de terciopelo hacia la realidad más descarnada del animal sobre el escenario.

El director aparca el brillo dorado para los créditos y se ensucia las manos con la realidad. La cámara captura el pánico antes del show, esa vergüenza desnuda que precede al primer minuto de concierto. Lo que sorprende no es el mito, sino la fractura: el vacío y la oscuridad a la vuelta del camerino, y cómo en los ensayos se venía arriba jugando con los músicos, enredándose en bromas con el batería o las coristas, inventando chistes o sonriendo con la mueca seductora del escenario. Es un ejercicio de honestidad que despoja al Rey de su armadura, revelando a un hombre que busca la aprobación de su banda entre el sudor y la incertidumbre.

 

El temblor en la sala oscura
Hace unas semanas me senté en el cine, escéptico ante otra ración de lentejuelas de Luhrmann, para acabar bailando sobre el asiento al sentir el mismo temblor en mis compañeros de la prensa musical. No parábamos de marcar el ritmo o cantar; es una vivencia que exige pantalla grande y volumen atronador, algo que solo se alcanza en la penumbra de una sala. En plena acción, el despliegue técnico es asombroso: ángulos imposibles desde los coros y cámaras frontales que el Rey parece ignorar, logrando que te sientas, literalmente, frente a él.

En este punto, resulta fascinante diseccionar la orfebrería de Luhrmann en el montaje: es capaz de amalgamar una sola canción utilizando metraje de distintas noches. El truco solo queda al descubierto por los sutiles saltos en el raccord de su indumentaria: camisas psicodélicas que mutan en trajes blancos de cuellos imposibles o ese cabello que varía de longitud y volumen entre corte y corte. Hay tal despliegue de texturas, flecos y lentejuelas que se podría filmar un documental entero solo sobre sus sastres; es una delicia perderse en la evolución estética del mito. Pero volviendo a la pericia del director, hay secuencias donde el ritmo se vuelve puro fuego: las imágenes se funden mientras la voz en off nos guía por el puente de una canción, para terminar estallando en un clímax final con Elvis clavado en el escenario.

 

La escuela de tupés
Os voy a confesar algo que siempre cuento cuando me preguntan mis principios musicales. Entre los ocho y los trece años, mi mundo orbitaba exclusivamente en torno a Elvis. Me subía los cuellos de las camisas, me blindaba tras unas gafas de sol y convertía los baños del colegio en una escuela de tupés para mis amigos. Viví una auténtica sobredosis de su universo: desde cintas de casete y cromos, hasta una devoción casi mística por su voz perfecta y su estética impecable. Sin embargo, esa pulcritud terminó por saturarme; la producción tan limpia empezó a pesarme y pegué un volantazo vital. Busqué refugio primero en el soul y el blues, para terminar encontrando la suciedad y la imperfección necesarias en el rock de los Animals, los Stones, Dylan o los Doors.

Al rozar la veintena, sentí la necesidad de regresar a él, pero esta vez buscaba el aliento entrecortado y la piel, no el brillo. Quería reconectar con el hombre, y solo creí hallarlo en las grabaciones de sus últimos años, cuando la decadencia y la caricatura empezaban a emborronar al genio. En aquel entonces, pensaba que el sudor y el esfuerzo eran solo el preludio de su doloroso final.

Pero EPiC ha cambiado el paradigma. Por primera vez, me reencuentro con la esencia pura del ser, con su humanidad más vibrante antes de que el cansancio hiciera mella. Aquí sentimos su timidez y su vergüenza tras la obra, una vulnerabilidad que nos apela directamente a través de su mirada. Es el Elvis en la cima de su magnetismo: delgado, deslumbrante, con los ojos llenos de ilusión y una pose de una elegancia inalcanzable. Es, al fin, el abrazo definitivo con su naturaleza primigenia; el encuentro real con el Rey.

 

Tratar al público como un instrumento gigante
Lo fascinante es que, al fin, percibimos esa urgencia de Elvis por reformular cada tema, consciente de que tanto él como su audiencia exigen el factor sorpresa. Por primera vez, el zoom nos permite ver el sudor real bajo sus pestañas y escuchar, al morir la última nota, ese aliento entrecortado que revela un esfuerzo físico titánico: dos kilos de vida perdidos en cada función. Es asombroso observar la complicidad absoluta que despliega en los ensayos; no hay un solo músico entre las decenas que lo acompañan que no reciba su señal o su atención. Esa conexión orgánica se traslada al directo cada noche, donde el Rey despliega su maestría y confianza para dirigir a la masa con una cooperación casi mágica, transformando al público en su instrumento más gigantesco.

 

«Es el propio Elvis quien nos guía por su historia con una franqueza, humor y humildad inesperados»

 

Para entender el milagro de EPiC: Elvis Presley in concert, hay que remontarse a su origen. La epifanía surgió mientras Luhrmann escarbaba en los archivos para su biopic de 2022; queda claro que bucear en aquella historia dejó tocado al director, y esta obra se siente como una continuación directa de aquel viaje. En los sótanos de la historia musical yacían horas de metraje de los magnéticos ensayos y directos de Las Vegas en 1970 y la gira del 72. El director rastreó lo que, hasta entonces, era solo un rumor: descartes de las películas That’s the way it is y Elvis on tour que jamás vieron la luz.

En una operación que evoca una excavación arqueológica, los investigadores hallaron el tesoro —sesenta y nueve cajas de negativos con cincuenta y nueve horas inéditas— en las bóvedas de Warner Bros., ocultas en minas de sal bajo el centro de Kansas. A este hallazgo se sumó material en Super 8 rescatado de Graceland y, sobre todo, una grabación olvidada donde Presley se confiesa extensamente sobre su vida y su carrera.

 

La confesión en primera persona
Este hallazgo permitió a Luhrmann articular la película como un relato en primera persona: es el propio Elvis quien nos guía por su historia con una franqueza, humor y humildad inesperados. Como el material era mudo, el equipo de Luhrmann dedicó dos años a restaurarlo y sincronizarlo con fuentes de audio existentes, un proceso de orfebrería técnica apoyado por los magos de Nueva Zelanda (la compañía de Peter Jackson que rescató Get back). El acierto de Luhrmann es total: huye del formato tradicional de «bustos parlantes» para dejarnos a solas con el artista. Al eliminar cualquier narrador externo y mantener exclusivamente la voz en off de Elvis, la cinta nos regala una visión puramente subjetiva e íntima. Se agradece esa ausencia de intermediarios; durante todo el trayecto solo lo escuchamos a él. Esa confesión cruda nos devuelve a la misma voz que en “Are you lonesome tonight” nos susurraba si nos sentíamos solos, recordándonos que el mundo es un escenario donde cada uno debe desempeñar su papel.

Con esa misma calma y sinceridad, el metraje va hilando testimonios que se deslizan entre los acordes: aparecen en el puente antes de un estribillo, tras una confidencia con el público o sobrevolando imágenes de archivo junto a sus padres y la sombra alargada del Coronel. Es sorprendente descubrir la lucidez de Elvis ante su propia carrera cinematográfica. Consciente de que los estudios convertían en oro cada uno de sus pasos, terminó encadenado a guiones nefastos. Resulta casi cómico ver esa sucesión de despropósitos —Elvis hablando con un hombre disfrazado de perro o en persecuciones absurdas— mientras su voz admite la resignación de quien siempre esperó un gran papel que nunca llegó.

 

Dejar respirar al mito
Tras la saturación estética de su cine anterior, Luhrmann aquí por fin «deja respirar a Elvis». La película humaniza al mito, recordándonos que detrás de los trajes de pedrería latía una vida gigantesca e insoportablemente triste. Duele cuando admite que siempre quiso viajar y actuar fuera de Estados Unidos o cuando le preguntan por causas políticas y encuentra el freno del Coronel Parker.
Estamos ante el veredicto más conmovedor de Presley hasta la fecha, un recordatorio de que, antes del declive, hubo un profesional obsesivo que ensayaba hasta la extenuación. Lo único que me sacó del metraje hacia el final fue un poema leído por Bono, de U2, que no me aportó nada y rompió la magia del relato en primera persona.

Pero lo más bonito es volver a conectar con el celuloide y aquel niño que creía ser la reencarnación de Elvis. Ese niño está hoy más cerca de su ídolo, ha sentido el peso del silencio al final de las canciones y el juego por hacer mutar la realidad y el miedo antes de cantar, sabiendo que sin una canción no hay nada al final del camino y saliendo del cine, como antaño, emocionado y queriendo ser una estrella de rock.