Skip to content

La vuelta de Morrissey no es el regreso triunfal con el que nos invitó a soñar

«Me da que ni siquiera él mismo confía tanto como dice en este nuevo trabajo»

 

Carlos Pérez de Ziriza disecciona el nuevo disco de Morrissey, Make-up is a lie. Un trabajo nacido entre altas dosis de expectación y de desencanto.

 

Texto: CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.

 

Sí, pero no. Ni tanto ni tan calvo. Ni el estropicio que algunos auguraban, ni la recuperación con la que otros soñaban. No se trata de jugar a la equidistancia ni de cogérsela con papel de fumar. Simplemente ocurre que Make-up is a lie (2026) es un disco deslucido, algo desangelado, con tramos directamente aburridos. Que no mejora lo apuntado en aquel I am not a dog on a chain (2020) que insinuaba cierto repunte.

Que ni siquiera se aprovecha de esa ley no escrita que dicta que, a mayor tiempo transcurrido entre dos discos, mayor es también la expectación: hacía mucho tiempo que no se le dedicaban tantas reseñas, listening parties y artículos de fondo. Hacía dos décadas que no había tantos ojos pendientes de él. Y que seguimos sin entender muchas de las decisiones de Morrissey, quizá tan solo atribuibles a que él se lo guisa y se lo come sin reparar en visiones externas: ¿qué ha sido de las buenas canciones que iban a integrar Bonfire of teenagers y que presentó en directo hace unos años? (solo “Rebbels without applause” ya es mejor que estos cincuenta minutos).

¿Por qué de nuevo una portada de tan dudoso gusto? ¿Por qué una versión de Roxy Music cuando tienes tanto material propio e inédito por ventilar? ¿Por qué relegar a los minutos finales “The monsters of Pig Alley”, que es (con diferencia) la mejor canción de estas doce? ¿Por qué, ya puestos, no darle un poquito más de bola a Alain Whyte, cofirmante de esta última y de muchas —junto a Boz Boorer— de las mejores canciones de su carrera en solitario?

Me da que ni siquiera él mismo confía tanto como dice en este nuevo trabajo: solo aborda tres de sus canciones en los conciertos que está ofreciendo estos últimos días (de diecinueve temas, entre los cuales hasta cinco son de los Smiths), cuando en los tiempos de You are the quarry (2004) presentaba hasta ocho de aquel disco, prácticamente la mitad de su repertorio de directo. Así lo hizo en Fuengirola en julio de aquel año, y no por ello dejó de ser el mejor de los cinco bolos que uno le recuerda en España.

Con frecuencia le hemos afeado cierto conservadurismo en las formas, pero cuando ha tratado de aventurarse en libros de estilo ajenos tampoco ha salido mejor parado: a las pruebas de algunos de sus últimos discos nos remitimos. Aquí el problema no es ese, porque todo es más contenido y reconocible. Aunque hay algunos bajos con cierta cadencia funk (algo no tan nuevo) y algunos ritmos sintéticos (ídem), lo que en realidad ocurre es que muchas de sus canciones son tan planas que en su mejor época no habrían pasado de engrosar las caras B de sus singles. No arraigan ni perduran en la memoria. Yo no le recuerdo un elepé auténticamente sólido, que no haga aguas por algún lado, desde 2009.

Me quedo con dos momentos (que cada cual se quede con lo que la plazca, faltaría más): el bonito homenaje al periodismo musical old school que traza en una “Lester Bangs”, que me convence por fondo y por forma —no deja de ser noticia una letra así, aunque sea mediante la evocación de su yo adolescente, tras tantos años ciscándose en algunos compañeros de una profesión en la que él mismo trató de prosperar— y con la atmósfera tan época Bona drag (1990) que emite la ya mencionada “The monsters of Pig Alley”. No es el regreso triunfal con el que de vez en cuando soñábamos. Quizá sea pedir demasiado. Quizá es que ya no pueda ser.