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«Darkness on the edge of town es un disco que pudo ser muchos»

«Springsteen es la voz del fugitivo y del obrero, del vagabundo y del suicida, del padre de familia y del amante, la voz del amigo o el novio, la del antagonista y del verdugo»

 

Charlamos con Julio Valdeón sobre su libro más reciente, Darkness on the edge of town. Springsteen en el corazón de la tormenta, unas páginas dedicadas a un disco trascendental en la historia del músico y de la música.

 

Texto: EFE EME.



 

Siempre que se escribe un libro sobre un disco concreto suele ser porque ha trascendido con respecto al resto de su obra. ¿Qué destacas de este álbum que lo separa del resto de su discografía?
Se me ocurren muchas razones para escribir de un libro. Podemos destacarlo por su calidad, por las innovaciones que trajo, por su importancia histórica… También por motivos más personales, o sea, cómo nos marcó, y el momento en que llegó a nuestras vidas. Del Darkness on the edge of town me fascinan, claro, las canciones, tanto las elegidas, por ejemplo “Racing in the street”, “Something in the night” o “Badlands”, como los descartes, algunos tan mayúsculos como “The promise”, “Because the night” o “The way”. Darkness forma parte de una tirada asombrosa, que arranca con su debut.

¿Hasta qué punto crees que Bruce Springsteen ha marcado y sigue marcando una pauta crucial en la música popular?
Hablamos de uno de los últimos clásicos. De un gigante en tiempo de gigantes. La suya, como la de Johnny Cash, es la voz de América. Una voz individualista e imbuida de conciencia social e interés por la historia y las gentes de Estados Unidos. Es la voz del fugitivo y del obrero, del vagabundo y del suicida, del padre de familia y del amante, la voz del amigo o el novio, la del antagonista y del verdugo. Encierra multitudes, siempre impulsada por la honestidad y la verdad, también por una angustia y una agonía que suelen obviar los coleccionistas de tópicos, que prefieren quedarse con la idea del rockero hiperactivo y sudoroso.

¿Cuánto ha pesado en la escritura del libro la aparición en 2010 de The promise, todo el material extra que envuelve al disco oficial?
The promise añadió mucha información y un buen puñado de canciones a lo que ya sabíamos. Para contar la historia entera resultaba inevitable asomarse a The promise, incluido el documental de Thom Zimny, así como a todas las canciones que creíamos perdidas. Gracias a esos materiales el libro, en cierta forma, es un libro nuevo, con una visión mucho más ajustada y panorámica.

En Efe Eme, y este mismo año, publicaste la crónica de viajes Autorruta del sur. Un tour por el Sur de Estados Unidos en el que, además de la faceta sociológica, también hay música, cine, literatura… ¿Cambias tu estilo cuando abarcas una obra así, una novela o un libro de música como Darkness on the edge of town?
Creo que, antes que cambiar de estilo, que me resultaría imposible, porque el estilo es la voz, y lo llevas pegado como otra piel, intento acompañar al lector en un viaje distinto. Autorruta del sur nace de la carretera, de la geografía del sur profundo y de su mitología —de Dylan a Faulkner, del blues al soul—, y respiraba paisaje, memoria íntima y colectiva y fragmentos de un paisaje cultural que se entrelazan con mi propia vivencia de ese país. En Darkness la música es el eje, el paisaje es sonoro y el protagonista es Springsteen.

¿Qué parte destacarías del libro o con cuál te divertiste más al escribirlo?
En cierta forma soy bastante obsesivo. Si me da por algo tengo que conocerlo hasta el fondo. No concibo enamorarme de un disco o un libro y no querer aprehender hasta la última partícula de información disponible. En el caso de Darkness, he peleado para reconstruir el puzle de un disco que pudo ser muchos. Un disco que nace de una pelea entre el deseo y la frustración, y que, en cierta manera, debe sobreponerse a la fertilidad casi imposible de aquel Bruce. Además, el disco nace de un contexto histórico y cultural muy determinado, en unos Estados Unidos que arrastran ya toda la amargura de los setenta, un país dolido, pero también en ebullición cultural, desde el asalto del punk al Nuevo Hollywood. Todo esto está también muy presente en el texto, entre otras cosas, por la cercanía vital y artística del propio Springsteen con artistas como Patti Smith o Robert De Niro.

Una de las facetas del libro son los tres años en blanco desde su anterior éxito, Born to run, debido a problemas burocráticos, que tú documentas a la perfección. ¿Crees que fue un cara o cruz del propio músico o estaba destinado a ese golpe sobre la mesa que lo encumbró aún más?
Vivía inmerso en un feroz proceso legal con su antiguo mánager. No sabía si podría grabar de nuevo o, si cuando lo hiciera, la gente seguiría acordándose de él. El disco resultante fue una apuesta a vida o muerte. Darkness marca el salto entre el Springsteen digamos juvenil, con sus dramas callejeros y sus arreglos exuberantes, y el Bruce adulto, con una visión más real, más dolorosa y comprometida, y con un sonido mucho más compacto y duro, más “café negro”, por decirlo con palabras de una figura tan controvertida e importante para esta historia como Jon Landau. Aquellos fueron años de lucha interna y externa, de enfrentamientos legales y artísticos que, lejos de paralizarlo, lo obligaron a confrontar sus propias limitaciones y dudas. Darkness fue un colosal ejercicio de creatividad y, a la vez, de contención.

 

«Este disco marca el salto entre el Springsteen juvenil, con sus dramas callejeros y sus arreglos exuberantes, y el Bruce adulto, con una visión más real, más dolorosa y comprometida»

 

En el libro hablas de la importancia de los directos para Springsteen. ¿Hasta qué punto crees que son importantes en su carrera con respecto a su discografía?
Los directos, en su caso, no son solo una forma de interpretar las canciones: son su continuación viva. Es verdad que un álbum se graba, se fija en el tiempo y, en ese sentido, creo en la superioridad del disco. Un concierto, un buen concierto, lo trastoca, lo reescribe, lo magnifica o lo fragiliza, pero no queda fijado en el tiempo. A mí no me interesa ir a un concierto y saber qué demonios me voy a encontrar. Cada uno encuentra el placer como puede. Yo, desde luego, no voy para que me reconforten con interpretaciones clavadas a las originales ni con repertorios de éxitos. Entiendo el directo como un acto catárquico y como una invitación al juego, al placer de jugársela, no como mero acto formulario. Springsteen hizo de la interpretación en vivo un acto de presencia total, donde cada gesto, cada silencio, cada acorde era un asalto al cuello, al corazón y al cerebro del público. Los precedentes hay que encontrarlos en algunos artistas de la tradición góspel o soul. De alguna forma, el mejor Springsteen transformó los directos en una experiencia abrumadora. Casi una reformulación laica de lo que fueron las misas baptistas, con el predicador enfervorizado y la congregación fundida con el coro. No es mero divertimento. Tampoco un karaoke. Es algo distinto. Algo importante. Sin ese cuerpo escénico, sin esa presencia —que es a la vez física y, a ver cómo lo digo, espiritual—, su música quedaría incompleta. Es en el escenario donde Born to run, Darkness o The river se transforman en una experiencia compartida. Una misa cantada en el sagrado nombre del rock and roll. Algo que, inevitablemente, comenzó a perderse en el momento que aceptó tocar en los malditos estadios, a partir de Born in the USA, pero que todavía es capaz de retomar, cuando le vuelve el hambre. La gira del 78 cimentó la leyenda de Springsteen como intérprete en directo. Conciertos como Passaic, Winterland o Roxy lo igualan a los más grandes, al Sam Cooke del Harlem Square Club o al James Brown del Teatro Apollo.

¿Cómo fue el proceso de documentación del libro?
Laborioso y divertidísimo. Tuve la suerte de contar con la infinita generosidad y sabiduría de un amigo muy querido, que luego, por esas cosas de la vida, dejé de tratar. Entre voces de otro tiempo, memorias propias y ajenas, archivos y hemerotecas, montones de entrevistas y decenas de grabaciones, fui adentrándome en las grietas de un disco complejo y doloroso, doloroso y bellísimo.

Hablaste con gente del entorno de Bruce Springsteen, declaraciones que aparecen en el libro y que son de un valor incalculable, y también con fans que vivieron de primera mano el proceso. ¿Cómo fueron posibles esos contactos y hasta qué punto crees que enriquecen el libro?
Los vínculos se construyen con el tiempo, con respeto y con un interés auténtico por escuchar. Me ayudaron muchas personas muy cercanas a Springsteen, como el fotógrafo Frank Stefanko, autor de la fotografía de la portada, o con el crítico musical Dave Marsh, autor de la primera gran biografía sobre Springsteen y autor importante en la primera Rolling Stone. Jon Landau, el hombre clave, productor y mánager, me concedió una entrevista. Igual que Eric Meola, autor de la portada de Born to run, que contó la historia del Ford Galaxie y la creación de “The promised land”. También hablé con Thom Zimmy, documentalista oficial de Springsteen, y con autores como Jim Cullen, con eruditos y expertos como Eric Flannigan y Cliff Breining. Hablé con Stan Goldstein de los conciertos del Madison Square Garden del 78, y con Charles R. Cross, fundador de Backstreets, del mítico concierto de Seattle. También entrevisté a gente como Lou Cohan, fundador de Thunder Road, y a Mike Grenier y Anthony Fischetti. Fue también fundamental Bob Crane, que empujaba para levantar la Bruce Springsteen Special Collection en Asbury Park, me envió varias toneladas de artículos de la época. Bob Benjamin, mánager de Joe Grushecky & The Houserockers y alma de la Fundación Light of Day, compartió conmigo la memoria de los ensayos en Buffalo. Tanta gente, en fin, que no sería capaz de enumerarlos a todos. Y tengo clarísimo que su concurso es lo que diferencia este libro de tantos otros, que en España parecen nutrirse casi exclusivamente de los archivos de El País y La Vanguardia. Lo digo con modestia, pero también con vehemencia: lo que distingue Springsteen en el corazón de la tormenta de otros volúmenes similares es que siempre he tenido clarísimo que no puedes limitarte a tirar de hemeroteca.

¿Cuál es tu canción favorita del disco?
Imposible elegir, pero caramba, si jugamos, juguemos en serio y elijamos una que quedó fuera: “The promise”. Temáticamente, es el reverso oscuro de “Thunder road”; musicalmente, la hermana perdida y finalmente encontrada de Racing in the street. Una canción majestuosa.

¿Crees que es un libro solo para fans de Springsteen o también puede ayudar al público general a acercarse a su personalidad y a su figura?
Es un libro para quien conoce y ama la música de Springsteen, claro, pero también para cualquiera con ganas de profundizar en las entrañas de la música popular y el rock and roll, para aquellos que quieran indagar en el arte de hacer canciones y para lectores que busquen una historia de supervivencia y vocación, de crisis y resistencia. Es un ensayo musical, pero escrito con ambición y decidido a trascender lo musiquero para indagar también en la literatura y el cine americanos, en la política y la realidad social. Nuestra suerte es que la obra de Springsteen envejece divinamente. Siendo fruto de un tiempo y un territorio muy concretos, encara frustraciones y anhelos universales. Con Springsteen en el corazón de la tormenta quise acompañarle en una de las peripecias creativas más excitantes de la era rock. Solo así es posible que el lector se siente conmigo en casa de Frank Stefanko, cuando me habló de aquella noche en que Bruce, con el disco rematado, le cantó al piano, en el estudio, una versión de “Heartbreak hotel”, en los días en que al chaval de Nueva Jersey se le caían de los bolsillos fogonazos como “Preacher´s daughter”, “Janey needs a shooter”, “Prove it all night” o “Darkness on the edge of town”.