Skip to content

Treinta años de Parasiempre, el testamento sonoro de Héroes del Silencio

«Nunca supo mejor un directo de despedida. Grabado en ese 1996 en el que Felipe González dejaba la presidencia del país, el disco conectaba con una juventud con hambre de rock and roll y con incertidumbre política»

 

Hasta Parasiempre, el último álbum oficial en directo de Héroes del Silencio, que cumple este año la treintena, viaja Ignacio Reyo para desentrañar su esencia y su significado en la historia de la banda y de nuestra música.

 

Texto: IGNACIO REYO.

 

No encuentro definición más exacta para la adolescencia masculina, que una de las frases que canta Alice Cooper en “I’m eighteen”, del elepé Love it to death: «Soy un hombre y un chaval». No hace falta tener la edad señalada en la canción, basta ese intermedio —oasis en algunos casos, en otros purgatorio— de la pubertad, para sentirte ahí. O, si hablamos de canciones, los protagonistas de estas líneas tenían una que enunciaba a la perfección esa ambigüedad: “Entre dos tierras”.

Yo tenía trece años cuando Héroes del Silencio anunciaron su despedida y publicaron meses después, como testamento sonoro, Parasiempre. Iba a empezar el último curso de la E.G.B., siendo la última generación que haría ese plan de estudios (incluyendo el B.U.P. y el C.O.U.). Lo que se conoce como un fin de raza, vaya.

Internet quedaba a demasiado futuro y los vinilos solo eran accesibles si teníamos hermanos mayores. El cedé salía relativamente barato. Entre varios, se compraba uno y se pirateaba en casetes para toda la pandilla. Como magdalena de Proust, cada vez que me pongo Parasiempre con el público rugiendo «héroes», para después Enrique Bunbury proclamar: «Muy buenas noches ciudad inmortal, bienvenidos a la gira de la conciencia, bienvenidos a la avalancha», siento trasladarme al fin del verano del 96. En ese estertor del estío y el comienzo de clases, vislumbro a un compañero con una sudadera de la banda con la portada del directo, tanto por delante, como por detrás.

Qué tiempos aquellos, hombres conscientes para los devaneos y chavales inconscientes para los placeres prohibidos. También había chicas, obviamente, muchas, atraídas por Héroes del Silencio. Empezaron siendo un fenómeno de chicas, igual que tantas otras bandas. Nunca se quitaron ese bendito seguimiento, aun acumulando dureza en lo sonoro y lo lírico. Y no olvidemos, aquí y ahora, que el sexo débil somos nosotros. La mujer fue y será siempre zahorí en búsqueda de lo real, antes de las apariencias.

El disco, doble cedé, y que algún coleccionista con contactos tenía en portada alternativa publicada en México y Estados Unidos, se abría con “Deshacer el mundo”, un clásico. Era casi un sumiso repaso a todo el catálogo del combo, siendo mayoría las canciones del álbum a presentar, Avalancha. Si Héroes empezaron góticos para terminar hard rockeros, con guiño grunge a Soundgarden o Stone Temple Pilots incluido, su puesta a escena resultó similar.

A pesar de que faltaban algunos solos que, por entonces, no sabíamos a qué se debía (la disfonía focal de Juan Valdivia), el grupo sonaba a apisonadora, a compacto quinteto imaginativo, resolutivo y fiable. La incorporación de Alan Boguslavsky en la gira de El camino del exceso a la guitarra rítmica, añadía al bajista Joaquín Cardiel y al batería Pedro Andreu un brío sónico sin apenas precedentes en el rock de la historia de este país, o en el rock con muchos ceros en las ventas de este país.

Contaban con ingenieros que habían pasado por Iron Maiden, se notaba que jugaban en una liga, si no superior, sí diferente al resto de coetáneos de la península e islas. Podían mirar de tú a tú al rock europeo. Eran habituales en los festivales de centro Europa a horas de cabezas de cartel. La explicación no era baladí: una posición conseguida con esfuerzo, aprendizaje y carretera, mucha carretera. Porque eso siempre lo tuvieron claro: avanzar estaciones de servicio e ir más lejos en kilómetros y países en cada tramo de su trayectoria.

Todo eso se resumía y rezumaba Parasiempre. Lo pongo, y siento una pulsión nostálgica, dolorosa, porque el pasado puede ser una rosa con espinas. El poder de “Días de borrasca (víspera de resplandores)”, la magia noctívaga de “Maldito duende”, la cuenta atrás de “Hechizo” para dar lugar a “Entre dos tierras”, esa extensa “Decadencia” que daba despedida incluyendo guiños a temas atemporales del rock and roll… Luego estaban los parlamentos que Bunbury soltaba entre canciones o de introducción. Aquel preludio místico de “Flor de loto”, la muerte por sentimiento mencionando Kurt Cobain, primer mártir grunge, o frases que se hacían cotidianas en todas las provincias del país. Cuando un álbum trasciende todo es cuando, hasta en el lenguaje de la calle, se apropian de estrofas de ese álbum. Y, en ese 1996, solo había dos discos en este país que consiguieron ese tsunami emocional: Parasiempre de los Héroes y Agila de Extremoduro.

Sin darnos cuenta, hasta Bunbury nos avisaba del regreso de 2007, señalando aquello de «nos vemos en la gira del próximo milenio». Hablando con el cantante del tramo final del tour que presentaba Avalancha, me dijo: «Una vez que el grupo decidió no continuar, aún nos quedaron unos cuantos meses de compromiso. Creo que fue en febrero cuando decidimos que la banda se separaba y continuamos hasta septiembre. Y, sí, en mi recuerdo, esa parte final de la gira fue bastante buena. Quizá fuera liberador para todos saber que, lo que quedaba, era para dejar un buen sabor de boca».

Nunca supo mejor un directo de despedida. Grabado en dos fechas (Madrid y Zaragoza) de ese 96 en el que Felipe González dejaba la presidencia del país, conectaba con una juventud con hambre de rock and roll y con incertidumbre política. Aún el rock and roll regía las ondas, las melenas, las posturas y las caderas. Solo hay una cosa que hubiera apreciado a nivel de detalle en ese directo: que, en vez del inicio con la versión de “Song to the siren”, de This Mortal Coil, que no entraba (¿derechos de autor?), hubieran innovado haciendo sonar por los bafles “Derivas”, el prólogo instrumental que nos preparaba para el mejor disco de hard rock de este país, con permiso de Volumen brutal de Barón Rojo.

Hace tres años, Warner lo publicó en triple vinilo, el formato que se merecen los discos de categoría. Y, sálveme Dios, o el astuto decano, acá Satán, que Parasiempre es un disco excelso y excelente, de suprema categoría. Solo así es capaz de resucitar tantos sentimientos o abrir nuevas vías emocionales. Porque, aunque no haya nada para siempre, hasta que la parca nos alcance nos queda el gustito de este directo.