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Prizefighter, de Mumford & Sons

DISCOS

«Orgánico en su busca de la intimidad, pero que deja cancha a la grandilocuencia si la canción la necesita»

 

Mumford & Sons
Prizefighter
UNIVERSAL, 2026

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Gracias a Dios, tras unos años en los que la carrera de Mumford & Sons pareció estancarse, han vuelto con muy nuevos bríos. Tanto es así que, en un periodo de un año, han publicado dos elepés, Rushmere y este reciente Prizefighter. De hecho, ambos discos están escritos en el mismo tiempo. Si acaso, el nuevo resulta más reflexivo e íntimo; con lo cual, la voz de Marcus Mumford, rica y emotiva. Etéreo y doliente, el disco explora las cuerdas que tocan en el corazón, tempestuosas o delicadas.

Para ello, acoge tonadas del campo tradicional norteamericano. Ahí está “Here”, con Chris Stapleton, que es country del clásico —una balada que bascula entre el orgullo y la vergüenza— que recuerda a los maestros de grandes ventas, Willie Nelson. También tiene un tanto de Dylan, unas gotas de salsa de Chris Isaak con guarnición de Eagles o Poco. También es cercana a los Eagles “Shadow of a man”, con su pozo de insatisfacción, de no pertenecer a ningún lugar, con esa voz siempre emotiva por su incapacidad de encontrar la paz que busca.

A esto se le añade Don McClean, es decir, todo lo que ha hecho grande a la música estadounidense, guitarras limpias, aquí más folk, para hablar de las grietas que se abren en nuestra carne y nuestra alma. El final es puro Simon & Garfunkel. Corran a ella los devotos del dúo neoyorquino. También es propia del dúo —incluso en su título— “Conversation with my son”, hecha de retales, de diversos tonos y casi un himno que con más voces sería un coro góspel entre un padre y un hijo que se hace tan angustioso como esperanzador.

Otro añadido: Bruce Springsteen. Aparece en “The banjo song”, con una de esas canciones suyas tan lentas y desgarradas, en las que abre los brazos a alguien que necesita apoyo. Es el bajo del título el que impulsa el mensaje: «¿Necesitas a alguien?». Un Springsteen más melancólico evoca imágenes de libertad en “Alleycat”: los veranos del pasado y las preocupaciones del presente. La voz resulta más contenida, pero aún quedan brasas por dentro y seguridad y urgencia.

Hacia la mitad del disco, surgen canciones en un tono más íntimo. La que da título al disco va entrando en letanías, casi susurradas al final de estrofa. Es un desamor cruel, en que el arrepentimiento ocupa más que los celos. Las noches pasadas en un bar con ella son casi una confesión religiosa cuando mira el neón de ese bar. Es casi renacentista, una bucólica urbana.

También “Icarus” bebe de esta época. Es pausada, y toma un referente de mitología clásica para reinterpretarlo con metáforas petrarquistas. Es el Ícaro que se acerca demasiado al sol de su amada con un delicioso crescendo y coros soul.

Se llega a la mínima expresión en “Badlands”. En este caso, un simple piano marca fondo con la misma nostalgia que la letra, llena de una naturaleza árida para representar las amistades pasadas. También aparece naturaleza en “Stay”, con la visión panorámica de un mundo natural acogedor, que recoge la semilla de los cantautores estadounidenses de los setenta, su vehemencia, su gusto por arreglos sencillos y el espíritu íntimo.

En “Clover” hay rutina, tras la seducción amorosa, el placer de lo habitual, disfrutar de la relación cuando uno llega a casa roto. ¡Y qué maravillosas cuerdas en los arreglos que subraya esa calma emocional!

Así es el disco de Mumford & Sons, el mejor de su carrera. Orgánico en su busca de la intimidad, pero que deja cancha a la grandilocuencia si la canción la necesita. Un disco que uno presume que le puede acompañar varios años, mientras pueda sentir, con sus caricias, su romanticismo y su desgarro.

Anterior crítica de disco: Hen’s teeth, de Iron & Wine.