
«Tras haber superado un ictus que condiciona su vida y su carrera desde noviembre de 2020, la artista de Louisiana no tiene miedo a encarar el presente»
María Canet disecciona el nuevo disco de Lucinda Williams, World’s gone wrong. Un trabajo crudo y reivindicativo, con el que la cantautora de Louisiana lanza una mirada crítica a la actualidad.
Texto: MARÍA CANET.
Foto: Extraída de la portada de World’s gone wrong.
En pie, lista para seguir el combate. Lucinda Williams (Lake Charles, 1953) mira al frente con el cuerpo erguido, alerta, arropado por su chupa de cuero. Es la instantánea que protagoniza la portada de World’s gone wrong (Higway 20 records, 2026), su nuevo trabajo.
A sus 73 años, y tras haber superado un ictus que condiciona su vida y su carrera desde noviembre de 2020, la artista de Louisiana no tiene miedo a encarar el presente. Lo hace con coraje, dignidad y vulnerabilidad; no puede tocar la guitarra y su voz suena más agrietada, pero aún es capaz de denunciar y conmover sobre un escenario. Aún puede acariciar, pero, sobre todo, puede aullar ante los escándalos de la era del trumpismo. Desde su título, World’s gone wrong es una sentencia, un pulso entre la desazón y la rabia ante el hervidero de noticias nefastas que, a diario, asoman en la televisión, los periódicos o la radio. Un mundo enfermo para el que Williams no contempla cura, pero al que canta para resistir. El final del sueño americano es crudo, falto de artificios y de épica.
Grabado en los estudios Room & Board de Nashville, bajo la producción de Tom Overby y Ray Kennedy, el decimosexto trabajo de estudio de la artista es beligerante en fondo y forma: voluntad por señalar los males endémicos de la sociedad actual a través de mensajes claros, desprovistos de edulcorada poesía, y un regreso a sonidos primarios, sin artificios, entre el mordisco rockero y la pesadumbre del blues. Las guitarras de Marc Ford y Doug Pettibone son las protagonistas de un álbum que, en sintonía con su tesis, no puede escucharse en en Spotify.
El elepé arranca con un riff eléctrico que condensa la crudeza de la actualidad en “The world’s gone wrong”, donde la intimidad de la rutina se ve atravesada por un sistema fallido («intenta fuertemente ignorar las noticias / nada tiene sentido y está confundida entre lo que es falso y lo que es real»), en el que no queda más remedio que convivir: «tenemos que ser fuertes / los días oscuros cada vez son más largos/buscando el confort en una canción».
La música como clavo ardiendo al que agarrarse, luminoso como el hammond y el respaldo vocal de Brittney Spencer, que actúa como ese sostén amigo. Williams esboza su propia visión del apocalipsis en “Something’s gotta give”, un inquietante rock sureño tan oscuro como el presente, donde habla de la deriva humana o el cambio climático. El bucle de riffs eléctricos deriva en un siniestro solo final que, como un laberinto, encierra a la humanidad en su propia trampa. El refugio ansiado se encuentra “Low life”, un tema compuesto junto a los miembros de Big Thief (Adrianne Lenker y Buck Meek, James Krivchenia), que recupera el aroma más country de discos como Essence (Lost Highway Records, 2001), donde la de Louisiana aboga por una vida pausada en un sitio en el que pasar desapercibida y en el que poder andar descalza. Una calma que se respira gracias a la armónica que conecta con la tierra y el Neil Young del Harvest (Reprise Records, 1972), y menciones a Doctor John.
En tiempos de incertidumbre, se abrazan las certezas. La artista se pregunta a qué precio en “How much did you get for your soul”, un cruce de caminos entre el blues y el rock stoniano de poso retro, donde Lucinda se sirve del pacto con el diablo del bluesman Robert Johnson y de guiños a Bob Dylan («why don’t you ask him how does it feel?») para cuestionar esa encrucijada vital donde la fe actúa como anestesia. La radiografía social se amplía con “So much trouble in the world”, una versión de un tema original de Bob Marley que interpreta junto a Mavis Staples, dos hermanas unidas en el lamento para alumbrar un reggae con arpegios acústicos.
Un rock pesado, mastodóntico, “Sing unburied sing”, con guitarras y baterías que parecen poseídas por el espíritu de Neil Young, es otro alegato en favor de la resistencia de alguien que se niega a ser enterrado. “Black tears”, escrita con la sangra aún húmeda de los recientes crímenes raciales perpetrados por las fuerzas del orden en Estados Unidos, es un blues pantanoso que reabre una herida dolorosa para la sociedad norteamericana.
La libertad se impone como premio de consolación final. “Punchline”, vuelve a reivindicar el espíritu crítico frente a la fe ciega («gente enfadada / buscando respuestas / no quiero decir que no quiero creer / pero no quiero seguir nada ciegamente»), mientras en “Freedom speaks”, Lucinda se convierte en una libertad guiando al pueblo («mi nombre es libertad») del country rock; no se queda parada como la estatua, no ilumina el camino con una antorcha de promesas frágiles.
Un posicionamiento claro, en favor de la resistencia activa, «levántate y lucha». “We’ve come to far to turn around” que entona junto a Norah Jones, una bella pieza que evoca a las baladas de The Band, que entronca con la tradición norteamericana. No es tiempo para detenerse, la lucha debe continuar.

