
Se notó que era una noche importante porque Quique preparó sorpresas, pero sin efectos especiales
El músico madrileño juega en casa y presenta en el Circo Price su nuevo disco, 1973, dentro del festival Inverfest. En la primera de esas noches estuvo Arancha Moreno.
Quique González
6 de febrero de 2026
Teatro Circo Price, Inverfest
Texto: ARANCHA MORENO.
Fotos: J. PEREA.
Se vistió de terciopelo azul el escenario del Price, y de terciopelo rojo las butacas. Así, con una caricia eléctrica, se presentó Quique González con 1973 la noche del 6 de febrero en Madrid, la ciudad que le acoge y abraza sus canciones en vivo. Un abrazo colectivo que recibe desde finales de los noventa y que volvió a sentir a su paso por el Inverfest, uno de los ciclos que más le celebran cada invierno. Y uno de los públicos que más le quiere, varias generaciones entre las que había unos cuantos seres que apenas levantaban un metro del suelo.
Esa noche vi el escenario a través de los ojos de un niño de cuatro años que llevaba dos semanas preguntándome: «¿Hoy es el concierto?». Miraba extasiado la guitarra, la batería, los teclados, la armónica. Conocía algunas canciones pero estrenaba esa sensación. Era su primera vez. Yo no recuerdo la mía porque me pasa como a muchos: que ya cuento los conciertos de Quique por decenas, si no por cientos. Pero anoche reviví esa impresión de la primera vez y de esta ya no me olvido. Porque él no miraba ningún móvil, no hablaba y no apartaba la mirada del escenario. Atendía a los instrumentos y era generoso con los aplausos. Sus ojos chispeaban y además, sonreía. Cuando le vencía el cansancio, salía con su padre y le comentaba al tipo de delante que se iba «a dar un paseíto». El vecino le devolvía la sonrisa y le tocaba la cabeza. Luego descubrí que era El Kanka, a solo tres o cuatro asientos de distancia de Ricardo Ruipérez, la mitad de M Clan. Porque si por el escenario del Price desfilaron diez músicos, entre banda e invitados, en las gradas había otros tantos.
Se notó que era una noche importante porque Quique preparó sorpresas, pero sin efectos especiales. Las canciones refulgían porque todos hacían equipo. Para ello contó con sus cuatro músicos de confianza: su sempiterno Jacob Reguilón al contra y al bajo, Charlie Arancegui a la batería, Toni Brunet a las guitarras y Raúl Bernal a los teclados y sintetizadores. Los dos primeros, su base rítmica de antaño, conocen cada recoveco de sus canciones; los dos últimos son dos almas creativas que destellearon siguiendo la máxima de Quique: que haya libertad en el escenario. De Brunet, que abrió el concierto con sus propias canciones e hizo de Gorka Urbizu en “De verdad lo siento”, dijo que su disco era «el que más esperaba el año que viene». Y Bernal le ayudó, con su voz de bajos fondos, a crear el ambiente clandestino de “Descosiendo un milagro”.

Las canciones refulgían porque todos hacían equipo
Un azul oscuro casi negro cubría las siluetas de los músicos mientras esparcían su “Caja de herramientas” y sus “Flashes”. Rocanroleaban sin nostalgia mientras se sentían, como dijo en una ocasión el fotógrafo Fernando Maquieira, «la última generación de coleccionistas». Moldeaban con delicadeza “Preguntas sencillas”, una de las piezas más bellas y frágiles del disco protagonista junto a las tres mujeres que dejaron sus coros en la grabación: las Golden Girls. «Son historia de la música», decía con admiración y cariño el anfitrión antes y después de que ellas, con muy poco, pulieran mucho. También en “Cheques falsos”, esa historia a caballo entre realidad y ficción en la que aparecen la Guardia Civil y unos «camareros alcohólicos abrazando a mis compañeros». Si quieren conocer su intrahistoria, pregúntenle a Brunet y Reguilón. El primero no se la contará, el segundo quizá sí.
Es en esa canción donde está, no ya la esencia del disco, sino de la propia existencia: «Solo se trata de sobrevivir / con lo que llevas puesto». Versos que solo podría escribir alguien que ha mirado mucho hacia dentro y hacia fuera, como hace en sus canciones. Porque Quique es un purasangre de terciopelo que escribe desde una intersección extremadamente sensible y extremadamente honesta, desde el lugar donde se cruzan la fuerza y la debilidad, donde el coraje se encara con el dolor. Por eso hay canciones en las que resurge con una fuerza indomable, como la rugiente “Sangre en el marcador”, y otras cosidas con extrema fragilidad, como “Amor en ruta”. Ahí, justo al terminar de cantar «duele, pero ya no duele como antes», se sincera: «A veces duele igual, o un poco más». Una confesión tan sutil que solo percibe quien está en guardia.
Y es que varias canciones llevaban ayer destinatario, más o menos encubiertos. “Nadie podrá con nosotros” se la dedicó a Natalia, que está pasando una mala temporada, y “Santos de mi devoción” a dos compañeros que se fueron hace poco, Jorge Ilegal y Robe Iniesta. A este último le hizo un guiño que nos puso, literalmente, los pelos de punta, cuando trenzó en su canción los versos «si te vas / me quedo en esta cárcel sin salida». Otras canciones le proporcionaron compañía: la de la bonaerense Guada en una crudísima “Oro líquido” y la de Alberto Alcalá, «mi cantautor favorito», sumando su Mediterráneo a “Salitre”. Entre unas y otras, la fortaleza inquebrantable de una “Miss camiseta mojada” que resucitaría a Petty y la inesperada “Me agarraste”, que un día grabó con Drexler y hoy canta con algún giro vocal que recuerda a Me mata si me necesitas.

Quique escribe desde el lugar donde se cruzan la fuerza y la debilidad, donde el coraje se encara con el dolor
La canción de aquella película, “Caminando en círculos”, sobrevive en su repertorio y demuestra que a veces un proyecto ajeno puede extraer lo mejor de uno mismo. “Kamikazes eléctricos” continúa siendo, para algunos, la composición que mejor ha evolucionado y trascendido al escenario desde su versión acústica original. “Vidas cruzadas” se celebra, se corea y se queda en el aire cuando la banda se va a los camerinos. Debe ser bonito escuchar al público cantándola desde el backstage, mientras la crew coge aire para regresar a escena. Por eso vuelven dispuestos a hacer tres más, entre las que están “Pequeño rock and roll” y un enorme regalo: una “Charo” a dúo con la mismísima madre de Nina Morgan, María Ovelar, una de las almas de las Golden Girls. Ahí, Quique ya no se cubre ni se guarda. Está emocionado y lo dice.
Con esa sensación, al filo de echar el telón, vuelve a 1998 para cantar, tocar y sacar la armónica en “Conserjes de noche”. Un camino en círculos que le ha llevado de la última estación a la primera, saltándose algunos discos para escoger aquellos que mejor encajan con su presente. Respetando su fórmula, sus tiempos, sus formas. Resucitando el rock y acariciándolo con detalles casi imperceptibles. Transformando los carros en valles de fuego y portando su caja de herramientas de seda y de hierro. Así confecciona canciones que acompañan al público cuando abandona el recinto, pensando en repetir la noche siguiente, o ya la próxima. Igual que él, que camina de la mano y a esas horas ya debería estar durmiendo. Lo hará esa noche, profundamente, soñando canciones envueltas en terciopelo azul.

