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Nacho Vegas: «Escribir canciones implica posicionarse»

«Cuando se combina el compromiso con tu trabajo con el compromiso de los afectos, y todo eso, a su vez, con el compromiso político, es un batiburrillo muy chulo. Me gusta que todo eso converja»

 

Nacho Vegas desmenuza su nuevo disco en esta charla con María Canet. Un honesto ejercicio de fondo y forma, en el que su fuero interno y lo que acontece en el mundo exterior se dan la mano.

 

Texto: MARÍA CANET.
Fotos: OLIVIA L.H.

 

Aunque su brillo no alcance el de los diamantes o el zafiro, las piedras semipreciosas ganan en riqueza. Son mestizas, coloridas, más numerosas, pero únicas. Algunas conservan muescas o grietas, como cicatrices de alguna vida pasada. Imperfecciones donde reside lo auténtico, lo que emocionó o conmocionó. Lo que es realmente precioso, aunque no brille. El claroscuro de esa semipreciosura es el que ha perseguido Nacho Vegas (Gijón, 1974) con su nuevo disco, Vidas semipreciosas (Autoeditado, 2026). Un trabajo con destellos orquestales y una producción cruda, donde afectos y consciencia política vuelven a entrelazarse sobre una beta rica, diversa e imperfecta: el compromiso, la desazón, la crítica, la emoción o la capacidad de volver a ilusionarse. De todo ello, hablamos con el compositor asturiano.

¿Cuándo empiezas a componer estas canciones?
Básicamente, son canciones que pertenecen un poco a este momento. En 2023, la gira del anterior disco se fue relajando y es en esos momentos cuando suelo tener más tiempo para escribir canciones, si no es mucho jaleo. Tomo notas en la libreta o grabo en el móvil. Siempre suelo hacer algo entre discos; a un álbum, le suele suceder un epé que contiene canciones que pertenecen a las sesiones de grabación del álbum y alguna canción nueva que, más o menos, tenga una pista de lo que puede venir a continuación. El último epé fue De púas y cuchillas (Oso Polita, 2024) y la banda sonora de la serie Los años nuevos, que puede ser como el precedente de este disco. De hecho, en un primer momento, sugerí incluirla en el repertorio del álbum, pero al final lo descartamos.

Ya con en tu anterior trabajo hiciste un retiro en Ortiguera, y, en esta ocasión, has repetido experiencia… ¿Cómo ha sido ese proceso de composición?
Sí, en el anterior trabajo me fui por el bloqueo pandémico que tenía, me bloqueé muchísimo. Me fui a un pueblín del occidente de Asturias y, como me gustó la experiencia, decidí repetir. No es que lo necesite, pero es muy sano. Tenía las canciones esbozadas, me faltaba maquetar algunas, entonces, hace justo un año, me fui a Colunga para revisar la primera parte del repertorio. Como grabamos en dos partes el disco, en primavera me fui a Piloña, que es otro concello del centro-oriente de Asturias. En la casina que alquilamos había un hórreo rehabilitado y me pareció un sitio perfecto para poner el estudio: abres la puerta y estás en plena naturaleza. Ahí se acabaron de fraguar las últimas canciones del repertorio.

¿Te ayudó a inspirarte o a perfilar este trabajo?
Sí, porque, aunque eran canciones que ya tenía esbozadas, necesitaba un empujón para acabarlas. Además, soy un maniático corrigiendo y dando por terminada una letra; creo que nunca se acaba de corregir una canción ni de reescribir, pero hay un momento en el que sabes que la tienes terminada. Cuando te vas y cambias de lugar, aunque sea en la misma Asturias, te hace tener otra actitud grabando. Gijón no deja de ser una ciudad pequeñina, pero es una ciudad, al fin y al cabo es un entorno urbanita. Cuando pasas a estar en plena naturaleza, con el ritmo con el que se vive ahí, creo que se cuela en las canciones.

Este nuevo álbum llega cuando cumples 25 años de carrera. ¿Te sigues acercando a la música del mismo modo? ¿qué cosas han cambiado?
Creo que los cambios van sucediendo al mismo tiempo que sucede la vida, que cambia tu propia vida y el mundo a tu alrededor. También vas aprendiendo cosas sobre el oficio. Por ejemplo, cuando grababa mis primeros discos, cantaba como para el botón de la camisa; odio escucharlos porque cuando empecé a hacer mis primeras canciones quería buscar a alguien que las cantara, no confiaba en mí como cantante. La única referencia que tenía como cantante eran unos coros que hice absolutamente desafinados en una canción. Como no encontré a nadie que cantara por mí, tuve que cantarlas yo, y las cantaba fatal, claro (risas). En ese momento, cuando grabé mi primer disco, apenas había dado conciertos en directo y, con el tiempo, te das cuenta de que, aunque tengas un registro muy limitado, como el que yo tengo, puedes ser consciente de él y bucear en él y encontrar miles de posibilidades expresivas en un registro limitadillo. En eso creo que me he ido afanando un poco. Y, sobre todo, mi gran virtud es que sé rodearme de gente muy bonita y muy sabia. Tengo una banda que aporta muchísima sensibilidad y sabiduría a lo que hago y aprendo muchísimo de ellos, vamos aprendiendo juntos. Al final, la música lo bonito que tiene es que es un trabajo muy colaborativo, tiene esa parte un poco íntima de cuando escribes las canciones desde la intimidad de tu casa, pero, una vez que las compartes, es cuando ya se establece un diálogo.

¿Concibes la música sin ese componente comunal?
Creo que es una parte fundamental de este trabajo, hay que saber ser generoso y, al final, se trata de una serie de saberes y conocimientos compartidos. Además, es una de las partes más bonitas que tiene este oficio, que compartes eso, que tienes oportunidad de viajar a sitios donde conoces a gente diferente que tiene otras culturas y te hacen llegar otra música muy diferente de la que también te nutres de alguna manera. Eso es algo muy bonito. Siempre me he empeñado mucho en que mis discos sonaran a banda. Quería evitar sonar a un cantautor con una banda de apoyo. Y por eso me afané mucho en conseguir tener un grupo de gente con la que me llevara muy bien. Ahora tengo un equipo donde nos queremos mucho y con el que nos apetece mucho tanto estar en un escenario, como luego ir a tomar algo juntos y hablar de todo, de la vida, de música y de lo que sea. Y así van surgiendo las cosas. Aprendo muchísimo de todos mis compañeros y compañeras. Por ejemplo, los arreglos de cuerda era una cuestión que yo tenía muy clara en el disco, y que, sin embargo, no lo tenía claro nadie más. Hasta que vino Joan, que es el violinista, que hace que suene todo tan bonito. Luego, al final, no eran capaces de escucharlas sin esas cuerdas. Vamos aprendiendo juntos por el camino y eso está muy guay.

 

«Tanto el humor como la mirada poética del mundo es algo que tenemos que conservar»

 

Parte fundamental de ese componente comunal en el disco son los interludios. Tres grabaciones de voz de Javitxu, Anna Gabriel y Adur. Tres personas juzgadas por diferentes causas (Los seis de Zaragoza, el procès y el caso Altsasu). ¿Cómo se te ocurrió insertar esas grabaciones? ¿Te las mandaron expresamente para el disco?
Sí, claro, claro, a Javitxu no lo conozco personalmente, pero sí conocí a Adur. Cuando me mandó el audio, Javitxu estaba en la cárcel. Ahora ya le indultaron, pero ese mensaje está grabado en una llamada que le hicieron a la cárcel, o que hizo él desde la cárcel. A Anna Gabriel, también se lo pedí. A Adur tampoco le conocía, contacté con él a través de una amiga y, bueno, fue majísimo. Tenía muchísimo respeto, quería que entendieran que era una cosa que quería utilizar en el disco para dar visibilidad a todo lo que tiene que ver con “Seis pardales”, la canción en la que desembocan los interludios, que es la canción que habla de las seis de la Suiza, el caso que me golpeó un poco más de cerca por suceder en mi ciudad. Creo que es bonito también aprovechar y mencionar otro tipo de casos de gente a la que admiro, como Anna Gabriel, por ejemplo, que para mí es un referente político, y que han sufrido la represión por parte del Estado español, o gente que ha sufrido penas de cárcel. O sea, que hay presos y presas políticas en el Estado español, que parece que no se habla mucho, ¿no? Se habla de los presos políticos de Venezuela como si no miráramos para aquí. Fue un placer contar con esas voces.

“Alivio” es el tema que abre el disco, donde te atreves a cantar con un registro casi rapeado, generando un contraste con la orquesta…
Curiosamente, en la primera versión de esa canción cantaba algo más rapeado y no me acababa de gustar. Luego, quise hacer algo más oscuro, un poco más cerca del spoken word. Mi referente eran las canciones de la última época de Gainsbourg, en las que cantaba un poco hablado. Me encantaría saber rapear bien, pero creo que uno también tiene que conocer sus límites.

Esa duda de «si cualquier placer es un alivio», viene de un poema de William S. Burroughs. ¿Cuesta realmente encontrar el placer en la sociedad en la que vivimos?
Sí, sí cuesta. Es muy fácil confundir el alivio con el placer. Hay veces que necesitamos aliviarnos porque la vida se nos pone un poco difícil y te resulta demasiado hostil. El problema es eso, llegar a anestesiarte del todo, eliminar un poco el dolor o el sufrimiento y que llegues también a eliminar la capacidad de emocionarte con las cosas, que es cuando al final nos convertimos en autómatas. Creo que es más importante ceder, dejar que te duela un poco, porque, que nos duelan las cosas, quiere decir que estamos vivos y eso es importante comprobarlo de vez en cuando. Quiere decir que también las cosas bonitas nos van a emocionar. Al final, el disco habla un poco de la necesidad y la capacidad de asombrarse y apasionarse con las cosas. Asombrarte puede significar maravillarte con la vida o espeluznarte. Pero ambas cosas tienen que ser capaces de golpearte. Tienes que ser permeable a las cosas horribles porque es necesario para tratar de combatirlas desde la trinchera que tengamos más a mano, y, también, ser capaz de emocionarnos con las cosas bonitas, aunque sean pequeñas, porque si no se va a hacer todo muy jodido.

Uno de los versos dice, «conseguí asumir la derrota al fin contra el tiempo». ¿Hay más conformismo que esperanza?
Es verdad que, en esa parte, la voz es la más oscura de la canción. Es el contraste del que hablábamos antes. No tengo naturaleza derrotista, de hecho, creo que al contrario. No sé, me parece que, a veces, tenemos que desencantarnos, que es algo que también está presente en algunas canciones del álbum, como “Piedras semimpreciosas”. A veces hay que esperar un poco para volver a ilusionarnos. Pero no hay que sucumbir al desencanto. Volver a ilusionarnos para volver a plantear nuevas batallas y seguir dando lucha. Los primeros discos que hacía creo que tienen ese aire porque, en realidad, estábamos en los finales de los noventa y la primera década de los 2000 en Asturias, en Gijón en concreto, en mi ciudad, y veníamos de asistir a las últimas luchas obreras del naval, los últimos coletazos del obrerismo y el principio del gran torbellino de la contrarrevolución del liberalismo en la que estamos todavía imbuidos. Fue un momento en el que el espíritu derrotista nos golpeó bastante. Agachábamos la cabeza de alguna manera: son derrotas muy duras que hay que asimilar y tardas unos años. Tardamos en volver a ilusionarnos hasta que llegó el 15M, que fue un poco ese cambio de clima social. Vino muy bien para todo, para la música también, yo recuerdo que en ese momento estaba muy harto de la escena indie y, de repente, con el 15M vi que se abrían nuevas ventanas y entraba un aire fresco que necesitaba para seguir haciendo música.

Gran parte de tu conciencia política se la debes a tu madre, Cristina Vegas, a la que dedicas “Fiu”. Una canción que también ha sido su regalo de cumpleaños, ¿no?
Su cumpleaños fue el día 20 (de enero) y se la mandé temprano por la mañana. Me dijo: «cariño, es preciosa. Acuérdate que quedamos para comer el domingo» (risas).

Cantas «fue la que me dio la vida, pero luego me dejó vivirla». Hay padres y madres que son todo lo contrario, castradores, ¿no?
Sí, sí, de hecho, creo que esa es la frase fundamental de la canción. Lo que le agradezco a mi madre es que nunca cuestionara las decisiones que tomaba yo, ni que tomaron mis hermanos, incluso cuando parecía que nos teníamos que equivocar o cuando esas decisiones conllevaban darle un disgusto. Siempre estaba ahí en las duras y en las maduras. No era algo que hubiera pensado, se coló en la canción. Estaba jugueteando con una melodía de Pablus Gallinazus, un cantautor colombiano de canción protesta de los años sesenta que conocí gracias a un buen amigo colombiano, fui cambiando la letra de algunas partes y se coló mi mami dentro.

Te defines antes como “fiu”, hijo, de Cristina Vegas, que como artista.
Sí, al final, cuando te llaman muchas veces “artista” o cuando hablan de cosas como tener una carrera, a veces siento un poco el síndrome del impostor. Hay pocas cosas que sé positivamente, y una de ellas es que soy fiu de mi madre, pero eso de que soy artista pues está por ver.

De tu proceso creativo hablas en “Mi pequeña bestia”, donde reflejas el tira y afloja que es enfrentarte a la composición. ¿Cada disco ha sido una pequeña bestia para ti? ¿Cómo vives tú esos periodos donde igual eres menos prolífico?
Sí, bueno, de hecho, no cada disco, cada canción es una pequeña bestia. Las canciones son un poco como hijas. Hay que tener en cuenta que yo me paso mucho tiempo con esas canciones, desde que nacen cuando las estoy escribiendo, hasta que las compartes con la banda, las vas ensayando y dando forma, mezclando… Pasas muchísimo tiempo con ellas. Es como la relación entre una madre y un hijo. A veces están más presentes de lo que querrías. Recuerdo que una vez le pregunté a mi madre: «¿cómo llevaste tú lo de tener tres hijos teniendo 26 años?». Claro, mi madre me tuvo a mí con 24, a mi hermano mayor con 22… Y ella me dijo: «yo os quiero muchísimo, pero si volviera no lo haría, porque no tuve juventud». De hecho, mi madre creo que lo está pasando ahora mejor que nunca. Es verdad que adquieres una responsabilidad con tu trabajo, un compromiso que para mí es importante, porque, además, tu trabajo también tiene que ver, no solo contigo, sino con un montón de gente que trabaja también para hacer que tu trabajo tenga un recorrido. Entonces, se combina el compromiso con tu trabajo con el compromiso de los afectos. Y cuando todo eso se combina a su vez con el compromiso político, ya hay montón de cosas que para mí hacen un batiburrillo muy chulo. Hay gente que no lo ve tan chulo, pero a mí sí que me gusta que todo se junte y converja.

 

«Cuando empecé a hacer mis primeras canciones quería buscar a alguien que las cantara, no confiaba en mí como cantante»

 

En lo musical, este tema se va a cantantes melódicos de los sesenta y setenta, en la onda de Camilo Sesto Nino Bravo, o Jeannette…
Sí, bueno, cuando estaba escribiendo la canción sí que tenía esos referentes un poco más de la chanson. Pero ya tenía en mente el arreglo de cuerda con el que se iniciaba el tema; podíamos llevar la canción por un lado un poco más intimista o llevárnosla un poco al Festival de San Remo. Y, bueno, decidimos llevarla un poco más por ahí, sí. Había un programa cuando yo era guaje, en los ochenta, que se llamaba Gente Joven, y había un estilo que era “canción ligera española”; pues algo así sería (risas).

Es un álbum donde juegas mucho con los contrastes, las paradojas, la imperfección, como ocurre con “Piedras Semipreciosas”, un tema más acústico donde hablas de esa pérdida de la capacidad de emocionarse: «aprendimos a base de hostias, todo era emocionante, pero eso fue mucho, mucho, antes del bofetón de realidad».
Cuando compuse esa canción en concreto estaba pensando mucho en cómo vivía el ciclo del 15M cuando empezó Podemos, la CUP, y todo parecía que se podía, que estaba por hacer, de repente llegó gente nueva la política institucional… El Congreso era un sitio donde había un montón de buitres con trajes oscuros y corbata, señores mayores que gobernaban nuestras vidas y que tenían muy poco que ver con ellas en realidad. Para mí fue un momento que todavía recuerdo como muy ilusionante. Ese ciclo se agotó, fue como encontrarte con un muro, con un sistema… En poco menos de un año, la gente estaba supercabreada, se daban puñaladas por la espalda… Luego, con el tiempo, haces balance y dices: hay cosas que merecieron la pena, hubo avances que hicieron que mereciera la pena, pero ¿a qué coste?, porque la verdad es que hubo gente que quedó muy tocada.

Luego vas colando, además, todo ese campo léxico de los minerales, de las piedras…
Sí, no me interesa especialmente el tema de la joyería ni de los minerales. Un día hablando con mi chica me habló de la malaquita, porque le gustaba especialmente, y tuvimos una conversación sobre esto. Si lo analizas desde un punto de vista semántico, es muy extraño aplicar ese prefijo, “semi”, para una cosa que requiere una apreciación subjetiva y, entonces, fue cuando me pareció que se podía establecer un paralelismo con cómo vivimos ciertas cosas. Al final, acabó siendo como un discurso que atraviesa todo el disco. Es una reivindicación de la semipreciosura por encima de la preciosura. Las piedras preciosas son una élite; las semipreciosas tienen una gama de colores mucho más amplia, son más blanditas, mestizas, y siempre está bien reivindicar ser un poco blandito y ser un poco tierno.

“Moscas” plantea un diálogo entre una parte que quiere lamentarse y las voces internas que tratan de que no lo haga. Además, hay un Hammond muy luminoso que contrasta con un mensaje difícil…
Es verdad que de lo que se nutren las canciones es de estas paradojas, que puedas estar cantando cosas duras con una melodía un poco más luminosa. Los sentimientos son una mezcla, son complejos y por eso no los podemos explicar racionalmente. Creo que es importante que reivindiquemos que tenemos que hablar de la infelicidad, que somos gente frágil, vulnerable, que nos podemos sentir infelices, tristes, y hay que hablar de ello. Parece que nos impelen un poco todas las lógicas de consumo con las que nos invaden día a día. Hay que poder hablar de eso para confrontarlo y para combatirlo obviamente, no para regocijarte en ello. El momento en el que se escribe esta canción, estaba mirando sus heridas y hace falta darle esa colleja aún más luminosa con el coro.

“Tiempo de Lobos” es el tema más reivindicativo del disco, en él visibilizas bien este auge del fascismo que estamos viviendo. Aunque es algo natural en tu trayectoria, ¿por qué crees que es tan importante quedarse, posicionarse, en la actualidad?
Creo que escribir canciones es, en sí mismo, posicionarse; implica posicionarse con respecto al mundo en el que estás viviendo. Las canciones, para mí por lo menos, son miradas al mundo, miradas cuestionadoras, esas miradas no son inocentes, el lenguaje no es inocente. Creo que la gente que apela a cierta equidistancia o, incluso, a cierta neutralidad, generalmente esconde discursos tremendamente reaccionarios. El compromiso político es importante, pero también los compromisos que establecemos con nuestras relaciones afectivas o con nuestro trabajo implica tener que hacer cosas que a lo mejor no nos apetece hacer. Y eso es lo que implica adquirir un compromiso. Tienes que lidiar con contradicciones y muchas veces te tienes que arrepentir de cosas. Tenemos que revisar nuestros privilegios todos los días.

¿Qué crees que está fallando en la izquierda?
Es un tema del que podríamos estar hablando todo el día. La izquierda, refiriéndome a la izquierda que ha ocupado en los últimos años posiciones de poder en las instituciones, lo ha hecho bajo el paraguas del neoliberalismo, inevitablemente, porque es el paradigma hegemónico en el que estamos, que nos envuelve. Esto hace que te topes contra una maquinaria de poder muy bien engrasada y que sea muy difícil llevar a cabo políticas transformadoras. Pero ¿qué es lo que tiene en su mano la izquierda? Pues, tener un discurso. Creo que la izquierda más socialdemócrata, por decirlo amablemente, ha dirigido su discurso a las clases medias. Este concepto para mí es un invento del neoliberalismo para desactivar a gran parte de la clase trabajadora y se ha olvidado de las clases populares. Precisamente, es a esa gente más desfavorecida a la que la ultraderecha ofrece, tal vez, una respuesta que nadie les da a sus problemas. Es falso, es obsceno, pero si la izquierda no está para dar una respuesta a las clases a las que debería estar orientada pues, entonces, mal lo llevamos. Esto lo explica muy bien el filósofo y sociólogo César Rendueles en uno de sus ensayos, cuando habla de cómo la izquierda abraza el discurso de la igualdad de oportunidades olvidando el igualitarismo, que yo creo que es lo que debería ser inherente a un discurso de izquierdas. La igualdad de oportunidades puede sonar muy bonito, pero, en realidad, no puede ser si le das las mismas oportunidades a una persona que goza de privilegios y que tiene todas sus necesidades materiales bien cubiertas, que a una persona que no tiene, que no goza de esos privilegios, que tiene problemas para acceder a una vivienda digna, que tiene problemas para llenar la cesta de la compra o que está sufriendo discriminaciones.

¿Echas en falta más compromiso en la música?
Yo creo que la música popular, lo quiera o no, es permeable a las cosas que ocurren y que nadie es ajeno entre mis compañeras y compañeras de oficio. En mi caso, el compromiso político es algo importante, pues está más presente en mis canciones y no tengo problema en asociarlo a ellas y que esté integrado en ellas de una manera muy suya y muy bonita. Lo que echo en falta es que haya un poco más de unidad, por ejemplo: me pareció muy bonito cuando anunciaron que más de 150 músicos y músicas vascas dejaban Spotify. Anunciarlo como una acción colectiva; y eso es algo que echo en falta a veces. Hay una falta de tradición asociacionista en el mundo de la música y de compromiso, por lo menos en el Estado español, y es algo que me gustaría cambiar un poco. Creo que tenemos que saber desde dónde cantamos, y creo que, por eso, las armas de las que disponemos y que tienen que ver con los compromisos son estas: las de la solidaridad, la ternura, la empatía, tejer estos puentes que nos pueden hacer ponernos o intentar comprender situaciones de gente diferente a nosotros, pero que está viviendo situaciones en las que podemos encontrarnos nosotros o podríamos encontrarnos si estuviéramos en sus mismas condiciones vitales. Esto es muy importante para la cultura, ayuda a tejer estas redes. Y es importante no olvidar que la cultura se basa en esto, en la ternura, en la solidaridad, en tejer una red de afectos que nos ponga a gente muy diferente en común.

 

«A veces hay que esperar un poco para volver a ilusionarnos. Pero no hay que sucumbir al desencanto»

 

“Los asombros” es un tema en que se aprecia un aura algo onírico y que vuelve a incidir en esa capacidad de volver a emocionarse. Musicalmente, se percibe cierto tono similar al tema que hiciste para la BSO de Los años nuevos, la serie de Rodrigo Sorogoyen. ¿La compusiste en la misma tanda? ¿Cómo fue trabajar en ese proyecto?
Creo que la escribí después, pero pertenecen al mismo ciclo, desde luego. Trabajar con Sorogoyen fue un lujo para mí porque le admiro mucho. Cuando me enteré de que seguía mi música, me hizo mucha ilusión. Nos dieron toda la libertad del mundo, me fueron pasando los capítulos a medida que iban teniendo premontajes y, de esa forma, pude zambullirme poco a poco en la historia de Óscar y Ana. Fue una experiencia nueva y muy bonita.

“Deslenguarte” es una historia surrealista y cómica donde tu lengua cobra vida, en la que cuentas con Albert Pla. ¿Cómo surgió esta colaboración?
Yo soy muy fan de él desde hace mucho tiempo, desde antes de publicar mis discos en solitario. Le conozco desde hace mucho tiempo, coincidimos en varias ocasiones y, además, es un amor de persona. Tenía muchas ganas de colaborar con él, solo estaba esperando que surgiera alguna canción en la que yo viera que tenía cabida Albert. Cuando escribí esta canción estaba la sombra de Albert, en el mejor sentido; sus canciones están llenas de sentido del humor y también son muy ácidas. Me pareció que podía tener cabida su voz y escribí la estrofa en la que canta pensando en él.

El crescendo es eléctrico, ruidoso, oscuro, y lleva a esa parte más reivindicativa de la canción; en el final hay una presencia muy potente de los vientos a lo Nueva Orleans que le dan al tema ese aura festiva. ¿Cómo te planteaste, a nivel musical, la composición de este tema?
Es importante reivindicar, pero también hacerlo desde la alegría o el humor, ¿no?
Creo que juego mucho con los contrastes, estar cantándole a algo duro, como puede ser una injusticia, o hablar sobre las mordazas que nos ponen, y hacerlo con sentido del humor. Tanto el humor como la mirada poética del mundo es algo que tenemos que conservar. Referentes míos como Phil Ochs, como los Housemartins, de los que fui muy muy fan cuando era adolescente, hacían canciones muy políticas, muy reivindicativas, muy marxistas, pero con muchísimo sentido del humor. También fue para mí una escuela, no solo musical, sino también política. El humor es importante, es un recurso que propicia que nos podamos enfrentar a algunas de las situaciones más difíciles y que podamos confrontarlas.

Cantas en asturiano en “Les ales” y “L’Acabose”. ¿Por qué es tan importante para ti cantar en tu lengua?
En realidad, para mí ha sido difícil atreverme a escribir en asturiano, aunque sí que llevo muchos años formando parte de la lucha por la oficialidad, para intentar que el asturiano llegue a ser oficial, como un paso intermedio a la normalización de una lengua minorizada. Pero, al final, el asturiano lo hablo con gente querida que es muy militante, también porque en las ciudades se habla muy poco, como mucho alguna palabra en asturiano para hablar de Asturias y poco más, y esto es una barrera que tenemos que romper: conseguir que esas lenguas que sentimos propias no queden solo para hablar de nuestro pequeño universo, sino para hablar del mundo que tenemos fuera y abrir las ventanas y gritarlo. Y ese es el proceso en el que estamos, que podamos cantar en asturiano y que podamos compartir que las lenguas minorizadas sigan formando parte también de la variedad del mosaico de cultura que existe en el Estado Español.

Con “L’acabose” vuelves al sonido acústico, a una melodía más desnuda. ¿Es un tema que compusiste ex profeso para cerrar el disco?
Es un tema que compuse para cerrar el disco, de hecho, fue el único tema que no compartí con la banda. Una vez en el estudio, la toqué e hicimos un par de tomas. Quedó un poquitín descacharrada, pero era lo que buscábamos, una canción de despedida en la que también pusieran sus voces Ferrán, Joseba y Julián, dando fe de la diversidad lingüística de la Torre de Babel que es nuestra banda, una banda maravillosa, por cierto.