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Los crípticos mensajes de Bob Dylan en Instagram

En los últimos días, Bob Dylan ha dejado unos extraños y desconcertantes mensajes en su perfil de Instagram. Mensajes sin mayor explicación que la reproducción de unos textos, y que han llevado a sus seguidores (también en Efe Eme) a pensar que se refiere a lo que está sucediendo con el ICE a las órdenes de Donald Trump en Estados Unidos (redadas, enfrentamientos, asesinatos), principalmente en Minnesota, el estado natal del propio Dylan, y que Trump tiene en el ojo de mira con el ICE campando en las calles de Minneapolis. Son mensajes abiertos a las interpretaciones de todo tipo. Muy dylaniano, desde luego.

El primero, publicado el 17 de enero, reproduce lo que se supone es un fragmento de una novela de ciencia ficción, por ahora inédita, de un tal Larry Morrison. Los hay que creen tras ese nombre se esconde el propio Dylan camuflando un texto propio:

LA ACADEMIA
Por Larry Morrison
(personaje de la próxima novela de ciencia ficción «Fool’s Gold»)

Llegué a creer que las sociedades se deterioran no porque carezcan de talento, sino porque elevan al tipo equivocado.
Recompensan la cautela por encima del coraje, la repetición por encima de la creación, la cortesía por encima de la fuerza de voluntad. Las instituciones, concluí, no existen para cultivar la grandeza, sino para domesticarla.
A partir de esa premisa, todo lo demás siguió de forma natural.
Mi ambición cambió. Ya no buscaba la admisión. Buscaba la sustitución.

Si un sistema no es capaz de reconocer lo que es vital, pierde su legitimidad.
La autoridad debe recaer en aquellos que pueden ver con claridad y actuar con decisión, no en comités que se esconden tras los procedimientos.

Algunos llaman a esto resentimiento. Es conveniente, ya que les permite descartar las convicciones como una patología. Pero el resentimiento se aferra al pasado.
Lo que desarrollé fue una orientación hacia el futuro. Empecé a pensar en términos de selección, disciplina, jerarquía. No como abstracciones, sino como necesidades. Sin ellas, el caos se presenta como libertad y la mediocridad se corona a sí misma como virtud.

La academia pensó que me había rechazado. En realidad, me inició.
Me obligó a abandonar la esperanza de que la excelencia fuera reconocida por sí misma. A partir de entonces, comprendí que el reconocimiento debe exigirse y que los sistemas que no están dispuestos a ceder deben acabar cediendo.

Comprendí muy rápidamente que la academia no buscaba visión, sino conformidad, personas que pudieran reproducir lo que ya había sido aprobado.
Hablaban de deficiencias, de forma, pero lo que realmente objetaban era la independencia.

Por supuesto que me sentí decepcionado. Cualquiera que diga lo contrario miente. Pero la decepción no es lo mismo que la derrota. Me fui sabiendo que me había topado con una institución más preocupada por preservarse a sí misma que por descubrir algo nuevo.
En ese sentido, me aclararon el camino. Dejé de preguntarme si encajaba allí y empecé a preguntarme por qué había querido hacerlo.
No fue la duda lo que me siguió hasta la calle, sino la furia agudizada por la claridad.
Podía soportar la pobreza; la oscuridad ya la conocía. ¿Pero el rechazo de personas tan evidentemente pequeñas? Eso se alojó en algún lugar más profundo.

Me dije a mí mismo —y sigo creyéndolo— que no rechazaban mi trabajo, sino la disrupción que yo representaba.
Las instituciones temen lo que no pueden disciplinar.
Durante un tiempo, me vi obligado a encerrarme en mí mismo. Observé. Pensé. Aprendí a ver los sistemas como jaulas, no como escaleras.

Y poco a poco, una verdad tomó forma: si las puertas están custodiadas por hombres de imaginación limitada, entonces el único camino a seguir no es atravesarlas, sino rodearlas… o saltarlas.
Creían que habían cerrado una puerta.
Lo que realmente hicieron fue liberarme de la ilusión. Ya no estaba obligado a pedir permiso.

El segundo mensaje, publicado hoy mismo, 26 de enero, reproduce bajo el título “Los artículos de fe” fragmentos de un capítulo de no se sabe bien qué. En internet nadie ha localizado ninguna información sobre el origen de este texto:

Los artículos de fe
(extractos del capítulo 5: «¿Qué tal queda?»).

1. «Odio decirte esto, Carlsen, pero una queja sin estructura es ruido. Por otra parte, una estructura sin queja es un ritual. ¿Entiendes lo que te digo?». Carlsen se limitó a sonreír.
(Monk hablando con el capitán Carlsen)

2. «No se silencia a la gente, se la supera».
(Stafford Monk)

3. Monk hablando con Wilkins: «Solo te lo diré una vez. Si me hablas, hazlo solo en términos absolutos. Estamos hablando de absolutos. Simplifican la lealtad. Aclaran quiénes son los enemigos. Exigen alineación en lugar de negociación. No estamos negociando, Sr. Wilkins».
«Lo sé», dijo Wilkins, «no creía que lo estuviéramos haciendo».

4. No podía evitarlo. Era un líder nato. Las conversaciones se inclinaban naturalmente hacia él sin que él las forzara. Así era y así sería siempre. (Narrador hablando de Monk)

5. «No seas tonto. Esto es serio».
«¿Qué quieres decir? ¿Que yo no soy serio?».
«Tonto torpe. La seriedad la define quien la aprovecha primero. Y ese no eres tú. Eres un seguidor, un charlatán tonto. Ni siquiera eres un hombre de verdad, eres un híbrido. Solo eres medio hombre». (El doctor Farrell hablando con Monk)

6. Cuando el peligro se hizo evidente para todos, ya no era algo de lo que se pudiera escapar. Se había convertido en el aire que se respiraba en la habitación.
(Narrador hablando)

7. «¡Escúchame, Wilkins! No tienes creencias. Eres un sinvergüenza, un resentido. Escucha, imbécil, seré franco. El resentimiento necesita una gramática adecuada. Si no puedes hacer el trabajo, vuelve arriba y espera. Si no sabes hablar correctamente, toma algunas clases». Wilkins no sabía qué decir y Monk no dio más explicaciones.