EL RITMO DE LA SEMANA

«A la misa, que fue tornando en aquelarre según corrían los minutos, asistieron los músicos que acompañaron a Curra durante una etapa de su vida y algunos de los 13 apóstoles con los que ha homenajeado a Parálisis Permanente»
En su columna de los lunes, El ritmo de la semana, Sara Morales relata cómo fue el concierto de Ana Curra presentando su nuevo disco de colaboraciones en homenaje a Parálisis Permanente, acompañada de músicos y artistas amigos, en una noche arrebatadora y un Teatro Eslava a rebosar.
Una sección de SARA MORALES.
Fotos: DARÍO GAEL (Foto 1), CRISTINA DEL BARCO (Foto 2 y 4) y BLANCA PÉREZ DE ÓBANOS (Foto 3).
Nunca en una noche tan fría y desapacible en Madrid, hizo tanto calor como la del pasado viernes. Y calor del bueno, del que reconforta, del que protege y acoge. Ese en el que sudas de afecto y recibes el abrazo más grande del mundo venido de una marea negra que ha comprendido que la oscuridad puede ser hogar y los miedos, retos.
Cada uno de los que abarrotamos el Teatro Eslava, en una cita enmarcada dentro del festival Inverfest, llegamos con nuestras tragedias encima, con el drama de la experiencia humana como sea que pille llegado ese preciso momento en el que, a su vez, con fuerzas o sin ellas, toca celebrar y, además, hacerlo por todo lo alto. Empezando por ella, maestra de ceremonias, sacerdotisa de las tinieblas, nuestra reina punk… Que, ataviada con sus mejores galas, enfundada en un vestido oldie de leopardo, le dedicó emocionada el encuentro a su padre, recientemente fallecido, y nos reunía allí a todos allí para homenajear a Parálisis Permanente, el grupo (su grupo) que nunca murió, a pesar de que Eduardo se fuera demasiado pronto.
La misa, que fue tornando en aquelarre según corrían los minutos, comenzó a oscuras y en el recogimiento de una soledad que solo se quebró con su voz, pero sin su presencia. Así, comenzó a recitar los versos de “La pareja más guapa del foro”, aquel poema de El Ángel (su Ángel) que ella convirtió en canción, y con los que reunió a sus amores, de aquí y del más allá, durante unos minutos sobrecogedores.
Y por fin apareció. Como una muñeca oscura y perversa que desprende ternura y fragilidad, pero que nos doblega con su inteligencia, su ferocidad y su impronta. Esa energía incombustible y salvaje que la caracteriza, y a la que comenzó a ponerle sonido danzando entre el micro y su eterno teclado, con “En esta tarde gris”, “Envuelta en ron” y “Pájaros de mal agüero”. Volviendo a las andadas, el disco que publicó en 1987 cuando el luto por Eduardo le permitió respirar de nuevo, ha sido reeditado hace unos meses; y fue bonito que la noche comenzara por ahí, con esas canciones y esa legendaria fotografía de Alberto García-Alix respaldando la escena.

Junto a ella, la banda que la acompaña desde hace años hasta hoy: una elegante, estoica y sonriente Pili, al bajo; un carismático Gari, a la guitarra, de juventud insultante y virtud prometedora; y el gigante e incombustible Iván Santana, marcando el latido con sus baquetas desde la retaguardia. Había llegado el momento de las canciones más recientes de Curra, “Aphrodita la monarca” y su último single, “Activista de la idiotez”, que sonaron con la potencia y el mimetismo que aporta la sincronía en el tiempo, la urgente y funesta actualidad.
Tras llevarnos de la mano por ese trance eléctrico y subversivo llamado “Ghost rider”, en su tradicional guiño a Suicide, y una intro a modo de réquiem que nos hizo temblar, comenzó la artillería. Sobre el escenario, aparecieron aquellos músicos que la acompañaron durante una etapa fundamental de su vida y su carrera, los mismos que pusieron sonido y corazón a estas canciones que ahora se recogen en el disco que presentaba esa noche, La última cena de Parálisis Permanente, y que, por supuesto, no podían faltar a la eucaristía: soberbios César Scappa y José Battaglio a las guitarras, omnipresente Manolo Uvi al bajo y salvaje Rafa Le Doc a la batería.
Los años han pasado, sí, claro, para todos los han hecho; pero el espíritu no solo continúa sin claudicar, sino que ha crecido, se ha elevado. La experiencia vital, como decíamos al principio, ha dejado cicatrices en todos, pero estas se presentan ahora en forma de agallas, solvencia y una hermandad que, a la vista está, jamás desapareció y sigue calando y transmitiéndose. Nos llega. Nos llega muy fuerte. «Los que en el rock hemos llegado hasta aquí, somos de pelear, pelear y pelear», dijo Curra presentando a sus antiguos compañeros, y amigos siempre, que quisieron estar con ella esa noche.

“El acto”, “Esa extraña sonrisa”, “Te gustará” y “Quiero ser santa” fueron el póquer de corazones negros con el que arrancó el plato fuerte de esta última cena. Y, tras él, comenzaron a desfilar los 13 Apóstoles elegidos por Ana para resucitar estas canciones tanto en el disco, como sobre las tablas: Ares, de Nueves Desconocidos, para interpretar indomable “Nacidos para dominar”; Adri VVV, de Trippin’You, que nos hizo volar con “Sangre”; Diego, de La Plata, sublime en “Héroes”; Hofe y esa indómita personalidad tan suya transferida a “Tengo un pasajero”; Fer y Frankie, de Camellos, bárbaros e imparables en “Quiero ser tu perro” y Álvaro, de Biznaga, imponente en “Unidos”.
También, cómo no, Diosito, de La Élite, que encarnó la fiereza ante ese himno imperecedero llamado “Autosuficiencia” con un teatro que se venía abajo. Anna y Skipper, de Sistema de Entretenimiento, que pusieron el colofón final —y menudo colofón— con «Un día en Texas». Y Anxela, por supuesto, de Bala, que, a través de «Adictos a la lujuria», representó a la perfección el grado de complicidad que Curra ha logrado con todos ellos, jóvenes y aparentemente distantes en el tiempo, pero cercanos e íntimos en lo trascendental: la psique, la actitud, el posicionamiento ante la vida.
Veníamos de escucharlos a todas y a todos en el disco junto a ella, alma mater de esta obra nacida para dominar y para la posteridad, pero vivirlos y sentirlos juntos, en la demencia y pasión del directo, fue el impulso y el revulsivo que íbamos buscando para continuar y que recibimos en forma de pogo y comunión brutal.
Y desde ahí arriba, pero muy presente aquí abajo, más allá de los palcos de oro y los focos de sala, por encima de las nubes, incluso, y de esa lluvia que no dio tregua en toda la noche, Eduardo lo contemplaba todo sonriendo. Estoy segura.

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– Anterior entrega de “El ritmo de la semana”: Mark Ryden, el artista que dibujó la complejidad de Michael Jackson y la tristeza de los Red Hot Chili Peppers.

