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«Me hacen mucha gracia los artistas que, en redes sociales, militan a muerte y luego hacen canciones de “tu ternura y un barquito de papel”».

«No se puede decir que no hay nada que celebrar sobre la hispanidad cuando sí lo hay, y es esa riqueza musical exultante. Además, le estás dejando el nicho libre a la gente de la derecha para que se apropie de eso con un lenguaje cabrón y colonialista»

 

Víctor Coyote ha comenzado el año por todo lo alto: nuevo disco con sus temas más emblemáticos (más uno inédito), la reedición de su libro… Sobre todo ello, y sobre la realidad que nos rodea, se despacha a gusto con Carmen K. Salmerón quien, además, nos cuenta cómo ha sido su concierto más reciente.

 

Texto: CARMEN K. SALMERÓN
Fotos: ANTONIO ALAY (Foto de entrevista) / DAVID LUNA (Fotos del concierto).

 

Hay artistas que construyen su carrera a partir de una estética reconocible y otros, más raros, que lo hacen desde una actitud. Víctor Coyote pertenece a esta segunda estirpe. Gallego de Tui, madrileño por deriva vital, músico y artista plástico por vocación, habla como compone: con ironía seca, desconfianza hacia el consenso y una alergia evidente a los relatos cerrados.

Está releyendo a Heisenberg, Nobel de física. Asegura que el gran triunfador de la Movida fue Almodóvar con el costumbrismo de su cine. Que le encanta el rafting y cocinar. Que es un tipo inquieto y quiere seguir siéndolo, nada de relajarse, que eso es cosa de jipis y él odia lo jipi. Que «no se puede decir que no hay nada que celebrar sobre la hispanidad cuando sí lo hay, y es esa riqueza musical exultante. Además, le estás dejando el nicho libre a la gente de la derecha para que se apropie de eso con un lenguaje cabrón y colonialista. No puedes dejar ese nicho libre, no puedes dejar ese terreno libre, no, porque entonces lo van a ocupar ellos y lo van a monopolizar».

 

Pie de foto: Retratos de Víctor Coyote.

«No tengo problema con la nostalgia, pero, cuando empieza a ocupar más del 12% de mi vida, me saltan las alarmas»

 

La reedición de Cruce de perras y otros relatos de los 80, así como la presentación de El propio, un recopilatorio del artista, más un tema inédito, sirven aquí como punto de partida. Pero el interés real está en el pensamiento que se despliega alrededor, una reflexión continua sobre música, cultura y memoria apenas sin nostalgia: «No tengo ningún problema con la nostalgia», advierte, «pero cuando empieza a ocupar más del doce por ciento de mi vida, me saltan las alarmas». No es una frase ingeniosa, sino una declaración de principios. El Coyote se resiste a convertir el pasado en su domicilio habitual.

La Movida aparece en su discurso sin reverencias ni ajustes de cuentas. Reconoce que hubo talento, pero cuestiona el embalaje posterior: «Cuando Warhol vino aquí, moderno ya no era. Warhol fue moderno en los sesenta. En los ochenta era una antigualla. En los ochenta, modernos eran David Hockney, incluso Keith Haring». Para Víctor, la modernidad no es una medalla vitalicia, sino una práctica contextual, ligada al riesgo y al presente.

Esa forma de mirar atraviesa su relación con la música. Nunca entendió la militancia estética como una obligación. «Como me gusta la salsa y me gusta el rockabilly, no tengo por qué tener la bandera de uno u otro». La mezcla que practicó con Los Coyotes no respondía a una estrategia cultural. «En aquella época eso era odiado», recuerda, «la industria no sabía dónde colocar esas canciones y el público tardó en entenderlas».

Asegura que la movida no fue relevante fuera de España, que lo importante era la música que se confeccionaba en el país, caso del flamenco, de Paco de Lucía, o el pop rock de Los Bravos. «Los Bravos tuvieron más éxito fuera que Dinarama. Hicieron música estando Franco vivo, y no son un grupo franquista. En España se hacía música antes de la muerte del dictador, y con Franco no se vivía mejor, evidentemente. Franco era un dictador que firmó órdenes de ejecución hasta el último día. Hubo gente que — continúa Víctor—, teniéndolo más crudo, crearon por encima de la dictadura, y parece que no existieran, caso del El Verdugo, de Berlanga, que sigue siendo una de las mejores películas del cine español, sin ser falangista». En política, como en música, evita los absolutos. «Yo políticamente soy rojo, pero no a muerte». Desconfía de las posiciones terminales y del fervor exhibicionista: «Paso de las opciones de por vida o las opciones letales». Especialmente crítico se muestra con la teatralización del compromiso artístico: «Me hacen mucha gracia los artistas que, en redes sociales, militan a muerte y luego hacen canciones de “tu ternura y un barquito de papel”».

Sus referentes eran amplios y poco jerárquicos: del punkabilly al son, de la música afrocaribeña al rock clásico. «Santo Domingo es el útero de la música», afirma en un momento de la conversación, subrayando la centralidad del Caribe en la historia sonora contemporánea. Mucho antes de que el término globalización se volviera rutinario, Coyote ya escuchaba la música como un sistema de vasos comunicantes.

 

«Quienes estábamos interesados por la música y no éramos cerriles, sentíamos curiosidad no solo por el rock; la rumba y el flamenco estaban ahí y se hacían cosas sorprendentes»

 

El flamenco llegó a su vida por esa misma vía. «Yo llego al flamenco por la música, no por el dogma», explica. No desde la ortodoxia ni desde la genealogía, sino desde la escucha. De ahí su rechazo a las fronteras rígidas entre géneros y su interés por los artistas que entienden la tradición como un material vivo: «Quienes estábamos interesados por la música y no éramos cerriles, sentíamos curiosidad no solo por el rock; la rumba y el flamenco estaban ahí y se hacían cosas sorprendentes. El Príncipe Gitano, El Luis, Bambino, María Jiménez, Peret, El Pescaílla, Smash, Veneno… por la rumba entré en el flamenco —reflexiona—, la Leyenda del tiempo fue un gran incentivo, tenía mucha magia y enjundia, aunque en los círculos flamencos fue muy comentado para ponerlo a parir. En aquellos últimos años setenta, antes que el punk, el flamenco tuvo cierto peso cultural rockero». Asegura haber comprado discos de Peret en El Rastro por cinco duros.

«Cuando salió el grupo Granada, en los setenta, producido por García Pelayo, me moló mucho ese rollo medio sinfónico, igual que Triana, eran cojonudos. Hacía falta escuchar algo más que a los Rolling Stones».

Por ese mismo motivo llegó a la música latina, a través de Barrabás, Elkin & Nelson, Santana. Eran sus ídolos en la prehistoria de su biografía.
En el transcurso de la charla surge el ineludible tema de la IA. Vuelve a cargar contra el titular fácil: «Decir que la IA va a crear ciencia es reduccionista y falso». Reconoce su utilidad como herramienta, pero rechaza el discurso mágico: «Como apoyo está de puta madre, pero no para crear ciencia».

Y, evidentemente, aparece el tema reguetón, y el machismo, pero Abundancia tiene respuesta ágil e inteligente para todo: «La diferencia entre “Sufre mamón” y “La Gasolina”, ¿cuál es?, ¿te crees Milan Kundera y el otro Paulo Coelho? No, hombre, no. Hace treinta años y más, había grupos que cogían a la groupie y se la tiraban entre todos. Eso es peor que el machismo. El rock siempre ha sido supermachista. En el reguetón dicen burradas ellas y ellos. Y, rítmicamente, es indiscutible que el reguetón es más complejo que el rock».
En definitiva, el Coyote se mueve en una frontera donde «unas veces llueve y otras no». Y desde ahí, con ironía y colmillo, recuerda que la cultura no está para tranquilizar.

 

CRÓNICA DE CONCIERTO

«Canciones bien tocadas, una narrativa coherente y la confirmación de que Coyote sigue ahí: lúcido, irónico y en plena forma»

 

Víctor Coyote
17 de enero de 2026
Sala El Sol (Madrid) – Inverfest

 

Víctor Coyote, memoria compartida
Con apenas diez minutos de la ya clásica cortesía madrileña, Víctor Coyote aparece en escena para presentar El propio, un autorretrato con cicatrices elegidas. Se trata de un recopilatorio de sus temas más emblemáticos, a pesar de que no se incluye ningún tema de Lucha de migajas (Boa, 1999), aquel fascinante disco tecno-pop experimental que sigue funcionando como una rara avis dentro de su trayectoria.
El arranque es deliberadamente contenido. Tres canciones íntimas, casi en voz baja, con Coyote sentado, abrazado a su guitarra, y Gus Villamor sosteniendo la arquitectura emocional desde el contrabajo. El tercer vértice aparece con Ricardo Moreno, que decide prescindir de las baquetas y atacar las maracas en “Yo, el extraño” (2014). Un gesto sutil, casi conceptual, que, sin embargo, no termina de capturar a un público aún disperso, más pendiente de las conversaciones de barra que de lo que sucede sobre el escenario.

Desde un lateral, Javier Liñán —capo de El Volcán— sugiere lo evidente: ponerse en pie. Coyote obedece. Y el concierto cambia de eje. “Joven de cuello vuelto” (2010) funciona como despertador colectivo.

 

«Reivindica sin complejos su devoción por la música latina y subraya la importancia de la salsa como uno de los grandes fenómenos musicales del siglo XX»

 

La noche sigue mestiza. En “Cumbia del milagro” (2020) y “Poquita fe” —esa joya irónica salida de la banda sonora de la serie homónima— se suma Cuco Pérez al acordeón, aportando un aire de verbena ilustrada que encaja como un guante en el universo Coyote. En la bachata “Así me tratan ahora”, el músico despliega su colmillo sardónico para narrar la caída en desgracia de quienes un día lo tuvieron todo —políticos incluidos— y ahora miran al pasado con nostalgia y resaca.

Entre canción y canción, Coyote reivindica sin complejos su devoción por la música latina y subraya la importancia de la salsa como uno de los grandes fenómenos musicales del siglo XX: «mucho más importante que Dylan», apostilla, con la seguridad de quien no busca consenso sino contexto. Provocación medida, sonrisa ladeada y la seguridad de quien sabe exactamente dónde pisa.

A partir de ahí, el concierto entra en fase ascendente. Como un amante experto, el gallego sabe cuándo subir la temperatura sin quemar las etapas. El público, ya rendido, acompaña cada giro del repertorio hasta que llega la apoteosis inevitable: “Esta noche me voy a bailar” (1988). Vieja conocida, sí, pero defendida con la solvencia de quien no vive de la nostalgia, sino que la administra.

El cierre es agradecido y elegante. Víctor Coyote se despide reconociendo la importancia de todos los músicos que le han acompañado en este directo memorable. No ha habido fuegos artificiales ni épica impostada. Solo canciones bien tocadas, una narrativa coherente y la confirmación de que Coyote sigue ahí: lúcido, irónico y en plena forma.