DISCOS
«Las canciones se defienden solas, es un disco mítico desde su aparición y cuyas hechuras forman parte de la memoria colectiva del país, pero la cantante ha tenido la buenísima idea de captar a grupos actuales»

Ana Curra y los 13 Apóstoles
La última cena de Parálisis Permanente
AUTOEDITADO, 2025
Texto: CÉSAR PRIETO.
La última cena de Parálisis Permanente es el homenaje que Ana Curra tributa a su pasado y a su presente. La idea es recrear —no me he atrevido a usar ni conmemorar ni rememorar— el único disco de Parálisis Permanente, El acto, aunque, de hecho, varias canciones del elepé desaparecen para dejar espacio a los singles de esa corta y fructífera etapa, entre 1982 y 1983, seguramente mucho más icónicos. Esto es el pasado. Y ahora vamos al futuro.
Las canciones se defienden solas, no en vano es un disco mítico desde su aparición y cuyas hechuras forman parte de la memoria colectiva del país, pero la cantante ha tenido la buenísima idea de captar a grupos actuales, de jóvenes que han cogido las guitarras y han cogido también este espíritu de lucha por algo en lo que creen.
Y eso es un espíritu a lo grande, es revitalizar algo que no es un clásico porque gente de unos veinte años, o poco más, las vuelve a hacer actuales, y con el mismo espíritu de urgencia de aquellos años. ¿O es que siempre lo fueron? Piensen en un detalle, la casa donde se grabó el vídeo de “Autosuficiencia” pertenecía, y pertenece aún, a Diego Manrique. Pues bien, aún hay fans que llaman a su portero electrónico para pedir, por favor, que les deje ver ese piso en cinco minutos. Lo que decimos, actual.
El inicio del disco es una tormenta que se acompasa con el bajo característico de la banda, con líneas marcadas y extensas. La voz agudiza el componente oscuro, la conexión del sexo con sacramentos y liturgias, como el rito de una nueva iglesia. El componente sacro aparece constantemente en la obra. Solo hay que prestar oídos a “Quiero ser santa”, desde su apertura con un órgano de iglesia —menos marcado que en la original— cuyo ritmo reposado alimenta y subraya la calidez del rito, de la iglesia. Fuera de lo satánico, no hay ni una imagen fuera del dogma católico.
Otra canción en la que lo sacro y lo depravado se alían es “Te gustará”, con guitarras como verdaderas cuchillas que acompañan una mística del dolor. Pero detengámonos en la banda de acompañamiento, lo más salvaje de aquellos años ochenta en que, a pesar de la imagen dulcificada que se nos ha vendido, eran bastante más fieros de lo que parece: son César Scappa, José Bataglio, Manolo UVI y Rafa LE DOC. Zoquillos, La UVI, Esqueletos o La Frontera se gestaron a través de ellos, la aristocracia garante de la energía en la época y también acompañantes de Ana en sus grupos.
Hacia la libido se decanta “Adictos a la lujuria”, con la voz rugosa de la gallega Ánxela, de Bala, que mezcla espiritualidad y podredumbre. Las guitarras toman protagonismo escupiendo el mismo riff. Hay delicadeza, aun así, y hay misticismo en cada segundo, como hay esa actualidad de la que hemos hablado en “Nacidos para dominar”. En ella, aparecen todas las marcas de estilo. Los teclados que dominan y crean un ambiente que envuelve, el bajo preciso, las guitarras cortantes… Y la letra, concisa, que concluye con letanías. Escúchenla y díganme si no es más actual que en la época.
Las mismas marcas que vemos en “Esa extraña sonrisa”, todo lo apuntado con el añadido de una batería que va a piñón, que repite caja y caja una y otra vez. Aunque para salvaje nos basta con “Tengo un pasajero”, la más punk, la más entregada, con guitarras a piñón, sin parar, y reminiscencias de Alien, estrenada en nuestro país como El octavo pasajero, aunque ellos juran y perjuran que trataba sobre el mono de heroína.
Regustos más que morbosos, mórbidos se dirían, aparecen en “Unidos”, con Biznaga, quizá el grupo que mejor ha sabido captar el sonido, que no el trasfondo, en ellos combativo en lo social. Por ello impacta, por lo sinuosa, por la letra y por la locura final. Es el mismo ambiente que “Un día en Texas”, llena de fuego, frente a la versión que hizo Gabinete Caligari, más reposada.
El directo hace incluso más vivas las canciones, sobre todo si se tiene en cuenta que han sido grabadas en templos de la época como la sala El Sol, y también en el Teatro Kaital o la sala Shoko. La carrera de Ana Curra siempre ha estado llena de buenas canciones, tanto en los Pegamoides como en el proyecto que nos ocupa, y también en Seres Vacíos, muy reivindicables y con enormes discos. Y sigue haciéndolos Ana, pero no está de más, de vez en cuando, revisar de dónde venimos, sobre todo si son canciones tan emocionantes como las suyas, tan vivas y, lo que es más importante, tan necesarias.
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Anterior crítica de disco: Written by, de Ronnie D’Addario.

