
«En 1995, Alaska y yo dijimos que teníamos que hacer una canción a dúo. Han pasado cuarenta años y, por fin, se ha dado esa colaboración»
El músico y escritor Javier Corcobado desgrana, en esta charla con Ignacio Reyo, las claves conceptuales y estéticas de su nuevo disco, Solitud y Soledad, con el que repasa y celebra sus cuarenta años de carrera acompañado de artistas amigos.
Texto: IGNACIO REYO.
Fotos: GERARDO ROMERA MENOYO (Fotos 1 y 3) / AINTZANE ARANGUENA (Foto 2).
El poliédrico y poético crooner español ha publicado recientemente un disco doble, compuesto por canciones nuevas junto a revisiones de temas antiguos que, en algunos casos, se han visto enriquecidas por el formato dúo. Solitud y soledad se llama la buena nueva. Siempre es más placentera una videoconferencia, poder medir tus ojos en los ojos de la otredad, a pesar de la abstracta distancia. Con estas hablo con Corcobado, que en unos momentos se pone gafas de sol. De lengua rápida y sentido del humor, charlamos sobre el nuevo disco y algunas efemérides pretéritas.
¿Qué te ha llevado a dividir el álbum en dos, Solitud y Soledad?
Hay una dualidad, que no una polaridad, entre la solitud y la soledad. La soledad tiene una connotación de abandono, quizá algo peyorativa, de alguien que se siente aislado. La solitud tiene un componente de soledad elegida, para tener un diálogo con uno mismo, para estar a gusto solo, para reflexionar o meditar. Como iba a hacer un disco doble, decidí que el disco nuevo, con las diez nuevas canciones originales, más luminoso y en una vibración más alta, se llamara Solitud. El otro, Soledad, son canciones antiguas que hablan del amor, del abandono… Como colofón, cuando llevaba la mitad de las canciones compuestas, me surgió la mejor canción del disco para mí y que llevaba el título del álbum. Una letra que escribí en el verano de 2004, un poema que modifiqué. Habla de dos chicas lesbianas que tienen la ilusión de casarse. Una se llama Solitud de nombre propio y la otra Soledad.
Solitud es bastante ecléctico. Hay temas de autor como “Solitud y soledad”, una mezcla entre electrónica y música mexicana, en funk a lo Talking Heads, como “Ansiedad de tiempo”; cierto toque entre la canción española y la mexicana en “Qué maravilla sería”, el pop rock acelerado de “No tengo remedio”, la distorsión rockera de “En la sombra de una copa”, el electro pop de “Devorar la vida”, la tremendista “Inundaciones de amor”, la balada “Escúpeme” a lo Scott Walker…
Es cierto, es ecléctico. El denominador común que lo une es mi voz. Es un disco que he intentado más cantar que recitar. Mi voz es más melodiosa. Lo de Scott Walker es muy acertado, es mi voz masculina favorita, su timbre es precioso. Fíjate que me puede gustar Frank Sinatra, Raphael o Nino Bravo, muchos crooners, pero Scott Walker es una cosa deliciosa. La cercanía al electro pop, claro, “Devorar la vida”, es muy new romantic, me lleva a los tiempos de Duran Duran. Cuando termino las canciones no las juzgo, pero digo: “me suena a esto o a lo otro”. Toque de copla, de canción española y mexicana en “Qué maravilla sería”, por supuesto. La melodía es de música tradicional sobre un bajo que es industrial. Fue la primera canción que compuse para el disco, es mi ojito derecho junto a “Soledad y Solitud”. Es de las que más me gusta tocar en directo. En ella están todos los ingredientes que yo utilizo para cocinar mis canciones: la potencia de un bajo, unas guitarras muy cortantes, muy potentes, y una melodía sinuosa, con un ritmo casi latino, que termina como unos Stooges lentos o Spacemen 3. La letra es una canción romántica de un adolescente hacia su amada. Comparando los elementos (tierra, fuego, aire, agua y éter), y transformándolos, con hacer el amor. A la persona que está cantando le gustaría hacer eso con el cuerpo de su amada. Es la última que compuse, la que más tardé en componer, y no la terminé cuando la toqué en directo el año pasado en México. Me quedé con el riff. En el caso de “Solitud y Soledad” es una canción que nunca había hecho tan cercana a Lou Reed, a ese tipo de canción pop que tiene dulzura, ritmo y casi ninguna arista.
¿Y qué secretos esconde la díscola “Ansiedad en el tiempo”?
“Ansiedad de tiempo” es muy rara en mi repertorio, como Chic. Un tipo de funk elegante, pero, a la vez, lo llamo funk kraut porque entran unos sonidos de guitarra y tormenta que están procesados. Y habla del tiempo, cómo tener piedad con el tiempo. Es algo que hemos inventado los humanos y nos hemos autoesclavizado en él, hemos organizado nuestra vida toda a respecto del tiempo. Si te paras a pensar y te olvidas del tiempo, viene la felicidad plena. Al tiempo lo he criticado mucho. Escribí una novela, El amor no está en el tiempo, en la que el amor y el tiempo, para mí, eran contradictorios, eran antónimos. En esta canción, sin embargo, he sentido piedad por el tiempo, lo he machacado siempre, he estado muy en contra siempre, pero pensé en escribirle un poema y aquí está. Es un poema muy industrial, por eso es kraut funk.
¿Qué te ha llevado a cantar en vasco “Errigoitin”? ¿Te pedía ese idioma la canción?
Vivo en Euskal Herria desde el 2008. Errigoiti es donde vivo y esta canción es un poema mío traducido al euskera. Ya teniendo mujer euskalduna, de Bilbao, me puse a estudiar porque me gusta la sonoridad. Si me hubiera ido a vivir a Rusia me tendría que haber puesto a aprender ruso. Afortunadamente, aquí la gente habla castellano porque el euskera es dificilísimo. No he sido capaz en dos años. Estudié, pero no muy a fondo, porque estaba escribiendo una novela a la vez que iba a clase de euskera dos veces a la semana. Lo que sí lograba eran haikus, poemas en euskera. Este texto es un poema traducido al euskera, dedicado al paraíso donde mi familia y yo hemos decidido vivir para siempre. Salió una canción con un ritmo a lo Johnny Cash, acordes muy de rock americano, no sé. Me sentí muy afortunado de hacerlo tan fluidamente, todo fue encajando. Era un reto para mí, de hecho, me han ayudado a pronunciar bien. Hay cinco personas involucradas que están en los créditos por haberme ayudado a hacerlo.

«Mis ingredientes para cocinar mis canciones: la potencia de un bajo, unas guitarras muy cortantes y una melodía sinuosa con un ritmo casi latino»
Creo que minusvaloramos los diferentes idiomas oficiales del estado a la hora de cantar.
Es cierto. Hay grandes obras que se pierden precisamente por prejuicios. Hay películas en catalán buenísimas, pero que las ves como las inglesas, subtituladas. Es una pena perderte cosas por prejuicios por la lengua. Yo no soy muy políglota, pero en esta sociedad te tienes que ver obligado a aprender inglés. Puedo decir que hablo inglés, francés de pequeño, alemán un poco y euskera ha sido casi imposible. Le tengo un respeto a todas las lenguas del estado: el gallego, el catalán, el valenciano, el bable… Soy un amante del lenguaje, un enamorado del castellano. Soy escritor y me vuelve loco ese lenguaje, como a un programador de videojuegos el lenguaje binario (risas). Admiro mucho cuando alguien habla su propia lengua con dignidad y elegancia, con consecuencia. El inglés es de las lenguas que menos me gustan, pero hay que saberlo.
Soledad empieza con un tempo medio como “Desde tu herida”, se acelera en “La libertad es la cárcel más grande de todas las cárceles”, con José Martí de La Habitación Roja, en “Cruz de respiración”, con Marc de Dorian… Luego hay un pop de autor en “Carta al cielo”… ¿Cómo diste forma a toda esta variedad sonora?
“Desde tu herida” la empecé queriendo hacer como un bolero tradicional y no salió. Es una canción de desesperanza, de saber que alguien se va y no va a volver. “La libertad” es una canción muy poderosa y me ayudó mucho en la estructura el guitarrista Ollie Halsall, que tocó con John Cale, con Nico, Kevin Ayers, Lou Reed… y también produjo mi disco Tormenta de tormento. Es una canción muy potente de crooner, hay que tirar de voz para cantarla y ahí está Jorge Martí, de La Habitación Roja. También Marc, de Dorian, en “Club de respiración”… “Club de respiración” es del 93. Y hay varias colaboraciones más.
Eso es: Nacho Vegas en “Cine de verano”, una canción que pasa por varios estados. “Dame un beso de cianuro”, con Alaska, un tema ruidista y que me remite a Suicide; una versión de “Susurro” junto a Calamaro… ¿Qué te llevó a seleccionar esas canciones para reinterpretarlas y a esos colaboradores en concreto?
He tenido contactos con ellos y nuestros periodos de amistad. En el caso de Alaska, compartimos piso entre el 94 y el 96 con otras personas. Siempre he sido admirador de ella desde que la conocí en un concierto de los Ramones en Vistalegre, en 1980. La admiro como artista y persona. Su grupo, Fangoria, me parece una barbaridad en directo, me parecen muy buenos en lo que hacen. En el 95, dijimos que teníamos que hacer una canción a dúo. Han pasado cuarenta años y, por fin, se ha dado esa colaboración. Fue muy sencillo, le dije: «quiero que cantes “Un beso de cianuro”, de tu disco favorito mío, Corcobator», del que Fangoria ya hicieron una versión en su momento del tema “Coches de choque”. No le di ni una sola indicación a Alaska. Le mandé la premezcla y lo hizo fantásticamente. Cada vez la canta mejor.
¿Y tu relación con Calamaro?
Calamaro y yo fuimos vecinos durante el 96 y 97 en Madrid, en Malasaña. Nos conocimos, se declaró admirador mío y vino a verme a un concierto con Manta Ray. Nos hicimos amigos, descubrí en él un tipo muy culto en todos los sentidos, puedes hablar de literatura música, cine, de todo con él. También descubrí que es un multiinstrumentista virtuoso, toca todos los instrumentos y tiene una capacidad tremenda de composición. Su lado mainstream, el de Los Rodríguez, tampoco me emocionaba mucho, hasta que le vi de telonero de Bob Dylan con una formación de trío. Él cantando, un piano y un armonicista. Se cantó unos tangos y pensé: «Calamaro es bueno, es muy bueno». Es una rockstar tremenda en Latinoamérica, se lo ha ganado. Le sugerí “Susurro” porque la letra parece que está escrita ahora mismo. Le mandé la original, le encantó y, entre concierto y concierto en Colombia, en un hotel, con un ordenador portátil, un pro tools y un micrófono, la grabó y la mandó al estudio. José María Rosillo, que ha sido el ingeniero de sonido de este disco, me mandó una mezcla de su voz y la mía; y ahí estaba, otro que había dado en el clavo. Todos los colaboradores y colaboradoras lo han entendido todo. Entienden mi música, por eso están elegidos.

«Hay grandes obras que se pierden por prejuicios»
Por otro lado, tu conexión con Nacho Vegas viene de hace tiempo…
Nacho Vengas y yo grabamos un disco juntos con Manta Rey. Yo lo consideraba un gran guitarrista, un guitarrista original. Su faceta de cantar la descubrí cuando me fui a vivir a México. Al volver con un disco grabado allí, Fotografiando al corazón, él estaba ya viviendo en Madrid. Hice una prueba de entrevista con Warner y vino Nacho a entrevistarme, en aquella entrevista me dijo que estaba cantando. Fíjate el éxito que ha tenido, ¡qué bueno, qué alegría! “Cine de verano” la quería recuperar, y la providencia es Nacho. Creo que es muy bonita y muy potente.
¿Cómo recuerdas el disco de Manta Ray?
Una experiencia muy bonita. Para la preparación del disco, en plan concentración, nos fuimos a una especie de caserío en mitad del monte, en Nava. No tenía luz. Teníamos que tirar de un generador de gasolina. Cuando se acababa la gasolina, adiós luz y a tirar de guitarras acústicas (risas). Dormíamos todos ahí, en literas. Y así fueron saliendo canciones. Yo llevé un taco de letras importante y muchas de ellas se compusieron tocando. Algunas, como “Cine de verano”, ya estaba compuesta y ellos la tocaron. De aquello surgió una gira muy potente. Tenía en aquella época 33 años, y tuve el capricho de “Jesucristo Superstar”, que la hacía Camilo Sesto en castellano. Cuando se lo propuse fliparon, porque con Manta Ray no pegaba (risas), pero aceptaban todos los retos. La sacaron y la grabamos, y esa es “Getsemaní”. Me metí en un lío tremendo, porque Camilo Sesto la canta en un registro altísimo, implicaba hacer una fuerza tremenda. Creo que es un muy buen disco y Manta Ray una de las mejores bandas de la época.
¿Qué es diferente en la letra de una canción y de un poema?
Siempre es un poema (risas), de una manera o de otra, que se transforma en letra de canción. Unos parecen más letras de canción y otros más poemas adaptados, pero todo es un poema.
Han pasado ya cuarenta años de tu primer disco con Mar Otra Vez, ¿cómo recuerdas todo aquello?
Una época de exploración en la vida, en la música… Tengo grandes recuerdos, cientos de recuerdos preciosos que vienen desde la Isla de Tenerife, donde hacía la mili y donde empecé a escribir las mis primeras canciones de Mar Otra Vez. Se las mandaba a Julián por carta. Jesús Rodríguez Lenin, que era el batería del grupo de Cuatrocientos Veintinueve Engaños, el grupo anterior, fue quien envió una demo a DRO y a Gasa. Un día me llamaron y me dijeron que nos quería fichar una discográfica de discos. Y yo pensando: «no, yo me quedo aquí en las islas». Estaba haciendo música cacofónica, contemporánea, cortando cintas de casete… En otra onda. Un sitio maravilloso, con calor, yendo a la playa en Navidades (risas). Me convencieron para grabar ese disco y ahí empezó toda mi carrera discográfica.
Erais algo diferente. Cómo os describirías.
Alfonso Pérez, que ha sido presidente de Warner, el director de Gasa, nos dijo una cosa que nunca olvidaré: «sois el grupo más raro que he oído y ahora no vais a tener nada de éxito, pero dentro de veinte o treinta años os van a entender». Y, efectivamente, cuanto más éxito tuvimos fue en una reunión en 2015, con la sala Sol llena. No éramos bien comprendidos en aquella época, no estaba tan asumido el ruido, la disonancia y la arritmia. En los noventa, Sonic Youth ya lo establece. Luego, yo también descubrí que me sentía identificado con otros grupos.

