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agitando conciencias en clave de rock

«La voz de María Makia, ideóloga de la banda, ha ido acercando su timbre a una herida noble, emparentada por momentos con la aspereza de Rosendo Mercado»

 

A la gran noche almeriense de Las Legañas, que esta primavera lanzarán su nuevo trabajo, asistió Carmen K. Salmerón. Una cita de distorsión, reivindicación y esperanza.

 

Las Legañas
Port of Spain, Almería
9 de enero de 2026

 

Texto: CARMEN K. SALMERÓN.
Fotos: PAKA ROMERO.

 

La última banda musical de María Makia Subversiva, Las Legañas, decidió darle la bienvenida al recién estrenado año a base de distorsión, tripas y corazón. Un directo incendiario en el que adelantaron material del disco que verá la luz en primavera, junto a piezas ya conocidas de sus trabajos anteriores, tanto de Las Legañas, como de las Makia Subversiva, grupo de chicas punkies con argumentos recios. Nada de fuegos artificiales, aquí se vino a sudar.

Quince minutos después de la hora anunciada —una puntualidad casi suiza para los estándares del rock— las guitarras empezaron a escupir acordes frente a un público mayoritariamente cuarentañero en adelante. Cuero negro, mallas negras y cabelleras entreveradas se agolpaban a las puertas de la legendaria Port of Spain almeriense, con esa mezcla de ansiedad y complicidad que se da cuando sabes que vas a reencontrarte con una banda brava, de las que no piden permiso.

La voz de María Makia, ideóloga de la banda, se derrama en volutas de ternura y fuerza. El paso del tiempo ha ido acercando su timbre a una herida noble, emparentada por momentos con la aspereza de Rosendo Mercado.

Hubo más de un nudo en la garganta cuando sonaron “Siempre tuve” —del primer trabajo de Las Legañas— o “Recuerdo”, piezas donde la emoción se deja caer.

El público bramó con especial intensidad en “Proyecto Mariposa”, tema que aborda sin anestesia el tránsito por el cáncer y la crudeza de los tratamientos. Pero lejos del dramatismo fácil, la autora coloca el foco en la salvación cotidiana: vivir el presente, agarrarse a los pequeños instantes como quien se aferra a una tabla en mitad del naufragio. No es casual que los derechos del tema vayan destinados a la asociación Proyecto Mariposa, dedicada a ofrecer apoyo psicológico y herramientas a quienes atraviesan esa experiencia.

 

«“Ver el sol”, himno feminista incluido en su próximo trabajo, sonó como un acto de resistencia colectiva»

 

La sala estalló cuando cayó “Flamenkore”, heredada del primer disco de Makia Subversiva, Ni tú ni la ley (1990), una enmienda a la totalidad contra el tópico andaluz y el caciquismo de toda la vida, ese que cambia de chaqueta, pero no de intenciones. El público saltó como si llevara muelles en las botas. “Waslala” y “Princesas de otros tiempos” mantuvieron la combustión interna a niveles peligrosamente felices.

Pero no todo es rock cañero y punk ibérico en Las Legañas. Hay canciones que se arropan con una discreta tapija pop para contar historias incómodas, como el desgarro de una relación atravesada por el maltrato. En ese momento, la sala se convirtió en un refugio: abrazos cómplices, miradas que dicen «no estás sola», y una sororidad necesaria en un planeta que parece empeñado en devolver a las mujeres a la edad de las cavernas. “Ver el sol”, himno feminista incluido en su próximo trabajo, sonó como un acto de resistencia colectiva.

Uno de los momentos más potentes de la noche llegó con el blues-rock “Mery Joe”, que contó con la subida al escenario de Dulce Montagud, cantante de la primera formación de Las Legañas, y del armonicista Álvaro Jiménez, aportando ese plus de raíz que convierte una canción en ceremonia. Algo parecido sucedió con el solazo de batería que se marcó Pablo García en “Al sur”, casi seis minutos de zapateao en los platillos, de una especie de soleá a golpe, fantaseando con un cruce de taconeo entre Carmen Amaya y la percusión feroz de Eric Jiménez.

Hubo también sorpresa de las buenas: Julio Úbeda presentó “Mama”, un homenaje a su madre que acaba abrazando a todas esas mujeres que se lanzan —muchas veces sin red— al abismo fascinante de la maternidad. Sin edulcorantes ni épica impostada.

Y aunque, en buena ley, habría que apuntar a la sala que un puntito más de volumen no le habría venido mal, el balance fue claro: dieciocho temas, nuevos y antiguos, que dejaron en la expectativa de la espera del ansiado último disco, Cicatrices en mis pies, a un público ávido de rock contundente que no dejó de reclamar bises.