DISCOS
«El tránsito desde la devastación hasta cierta forma de consuelo encuentra aquí su documento en vivo»

Nick Cave & The Bad Seeds
Live God
BAD SEEDS / PIAS, 2025
Texto: XAVIER VALIÑO.
Durante décadas, la figura de Nick Cave fue avanzando como una sombra luminosa: un hombre que atravesaba pérdidas irreparables y acababa hallando un resplandor inesperado. Live God no llega como un disco oportunista, sino como respuesta a un ciclo de conciertos donde la música dejó de ser refugio íntimo para convertirse en ceremonia compartida. No hay gesto casual: el tránsito desde la devastación hasta cierta forma de consuelo encuentra aquí su documento en vivo.
La apertura con “Wild God” funciona como invocación colectiva. Su impulso, que en estudio parecía orientado hacia el exceso ornamental, se convierte ahora en latido físico. El momento en que la línea coral cae como plegaria —«Bring your spirit down»— contiene la chispa incendiaria de un culto sin dogmas. Desde ahí, el concierto levanta un edificio de luz sobre heridas antiguas. Esa energía se completa cuando la banda se adentra en “From her to eternity”, donde resucita al ser de los ochenta: febril, obsesivo, atrapado en una maraña de deseo y violencia. Se escucha no tanto la nostalgia, sino el rastro de quien sobrevivió.
Una parte del trayecto se rinde a la solemnidad desnuda. “I need you”, entonada frente a una multitud y sin parapeto emocional, parece escrita en el aire del recinto. Se trata menos de confesión y más de pacto: quien canta ofrece una fragilidad que el público recoge con silencio. Algo similar sucede en “Joy”: no es júbilo pleno, sino chispa mínima que recupera el presente como si fuera recién estrenado. En “Red right hand” el teatro de Cave se inclina hacia lo lúdico sin perder filo. Warren Ellis aparece como médium sonoro y con su arco dota de fisura a “Long dark night”, mientras el violín abre grietas justo donde la voz tiende a elevarse. “Into my arms”, casi murmurada, llega como despedida dulce, donde la multitud no interrumpe, sino arropa.
Lo más revelador del conjunto es que Live God no propone una consagración solemne, sino un ritual de equilibrio. Cada estallido del coro se contrapone a un instante de recogimiento, cada desgarro se resuelve en gesto amable. Canciones que parecían menores —“Conversion”, sin ir más lejos— expanden su forma en pocos minutos, mutan y ascienden. Otras, como “Cinnamon horses”, laten como susurro devocional: amistad, memoria, pacto silencioso.
De ese modo, el álbum traza una continuidad afectiva entre épocas, sin necesidad de enumerarlas. Al terminar, no queda una fotografía exacta de la gira, ni un catálogo definitivo, sino la idea de que todavía puede existir un espacio donde lo dolido se vuelve relato común y donde la música no pretende dominar, sino acompañar. En esa entrega reside su fuerza. Allí, Cave ya no se asoma desde un pedestal, sino desde el borde cálido del escenario, invitando a devolverle la llama que prende en cada concierto.
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Anterior crítica de disco: L’amour à la folie, de Amadou & Mariam.

