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La alargadísima sombra de Bowie

DIEZ AÑOS SIN DAVID BOWIE

«En un mundo en el que las barreras de género, tanto sexual como estilístico, son más porosas que nunca, Bowie sigue siendo una referencia esencial por su maestría a la hora de entender la creación pop como un arte total»

 

Continuamos nuestro homenaje a David Bowie, con motivo de los diez años de su muerte que se cumplen esta semana, con un artículo de Carlos Pérez de Ziriza acerca de su impacto e influencia en la música. Desde el rebrote noventero del glam rock, hasta el emborronamiento de fronteras por género, estilo y disciplina artística del siglo XXI.

 

Texto: CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.
Foto: Fotograma del vídeo oficial de Live on Top Of The Pops.

 

Cuesta creerlo ahora, pero hubo un momento en el que las tendencias eran cíclicas. Antes de que internet convirtiera en líquida toda la creación musical, veinte años era el tiempo en el que solían replicarse los revivals. Y precisamente cuando David Bowie atravesaba una de sus etapas más discretas y discutidas, emergió el primer gran rebrote del sonido y la estética glam que él había utilizado para auparse a la cima del mundo en su fase imperial. Hubo un tiempo, también cuesta creerlo, en que cuanto más desapercibidos pasaban sus discos, más se transparentaba su legado.

Recordemos: ni el Glass Spider Tour —que pasó por Madrid y Barcelona en julio de 1987, congregando a no más de 20.000 personas de media— había sido un éxito, ni su aventura al frente de los rocosos Tin Machine, con sendos álbumes publicados en 1989 y 1991, siguiendo la estela de sus admirados Pixies, habían generado precisamente consenso entre crítica y público, por mucho que con el tiempo se valorase su rol de precursor del grunge.

Pero, claro, para entonces ya había toda una generación de músicos que, marcados de críos por su alucinante actuación en el Top Of The Pops del 6 de julio de 1972, cuando hipnotizó a millones de hogares británicos al son de “Starman” junto a The Spiders From Mars, estaban en disposición de arañar su propia madurez creativa. El listado es prolijo: Robert Smith, Bono, Morrissey, Brett Anderson, Dave Gahan, Ian McCulloch y muchos más. Una generación de músicos británicos para quienes su vida hubiera sido distinta sin aquella supernova catódica.

Uno de los momentos estelares de aquella actuación televisiva de 1972 fue cuando Bowie rodeó con su brazo a Mick Ronson, su guitarrista. El mismo Mick Ronson que produciría, veinte años después, el cuarto álbum de Morrissey, Your arsenal (1992): un disco marcado por las guitarras ásperas como el papel de lija, por cierta estética brilli brilli (esas camisas) y por las melodías desafiantes, vigorizantes y jubilosas que habían marcado la era glam rock cuando los setenta no habían llegado a su ecuador.

Ni ese disco, ni los debuts de Suede y The Auteurs, publicados un año después (diría que tampoco el Achtung baby de U2 en 1991, aunque ahí la sombra sea menos evidente), se entenderían sin el influjo del mejor Bowie. Poco después, la primacía del britpop lo acogió como una de sus enseñas fundamentales, junto a (obviamente) los Beatles, los Stones, los Kinks, los Who o los Small Faces. Sin ser tan evidente como en el caso de Brett Anderson y sus Suede, es obvio que para Pulp, Blur o Supregrass también era importante el legado del duque blanco. Y era más que palpable que, para cualquier artista que se atribuyera el manido término “reinvención”, tan socorrido para calificar a las divas del transformismo pop que han sido tras el reinado de Madonna durante los ochenta, resultaba obligatorio pedirle a él el copyright.

En el caso de Suede y Morrissey, también posteriormente en el de los primeros Placebo, el recurso a su ambigüedad sexual era un pilar más que sustantivo. El mismo que había singularizado al malogrado Jobriath, una suerte de némesis sombría del propio Bowie, en la década de los setenta. Proseguía la discordancia entre la obra del propio Bowie y la de sus émulos, acólitos y legatarios: mientras el britpop ya agonizaba, distinguiéndose por su empeño en volver a hacer de la Union Jack un símbolo pop de primer orden —tal y como lo había sido durante la década prodigiosa de los sesenta—, Bowie se envolvía en ella a ritmo de un género que nada tenía que ver con ninguna de aquellos discursos: el drum’n’bass y aquella casaca con el diseño de la enseña británica en portada de Earthling (1997). Hacía mucho tiempo que ya no era capaz de anticipar el futuro: tan solo de perseguirlo. Como buenamente podía. Y aunque seguía llegando unos segundos más tarde (en realidad siempre lo hizo), ya no era capaz de aprehender la vanguardia hasta hacerla enteramente propia. Ya se le consideraba más tortuga que liebre.

Su repunte durante nuestro siglo, con discos estimables como Heathen (02) y Reality (03) y ese par de obras sobresalientes que fueron The next day (13) y Blackstar (16) — genial epitafio que no se parecía a nada ni a nadie—, discurrieron en paralelo a otra revalorización de su obra desde un prisma más poliédrico. Sin su alargadísima sombra, es más que discutible que los contornos del rock industrial de la escuela Trent Reznor y Marylin Manson, los del camaleonismo de Lady Gaga, los del berlinismo de LCD Soundystem, los de la calidoscópica mutabilidad de Kanye West, los de la ambivalente espiritualidad de Arcade Fire o los de la creíble teatralidad art rock de St. Vincent hubieran sido los mismos que han lucido en sus mejores obras.

Sin olvidarnos de lo ocurrido en nuestro país: desde Tino Casal a Bunbury, pasando por Alaska, Glamour, Babylon Chat, Sidonie, Anni B Sweet y muchos más. Porque en un mundo en el que las barreras de género, tanto sexual como estilístico, son más porosas que nunca, Bowie sigue siendo una referencia esencial por su capacidad para fundir estilos y disciplinas (haciendo bueno el aserto de que nadie se baña dos veces en el mismo río) y por su maestría a la hora de entender la creación pop como un arte total, desde lo sonoro a lo visual.

Anterior entrega del especial David Bowie: David Bowie: 15 joyas que descubrir.