COWBOY DE CIUDAD

«El proyecto reúne una quincena de piezas que dialogan entre sí —las más son Camp/Clark; hay una de Clark en solitario— y se presentan como una pequeña novela cantada sobre una mujer nómada violín en ristre»
En su sección Cowboy de ciudad, Javier Márquez Sánchez se adentra en el nuevo trabajo de Shawn Camp. Un álbum conceptual tejido con las canciones que coescribió con el fallecido Guy Clark a lo largo de más de veinte años.
Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.
De niño, en alguna colina de Perry County (Arkansas), Shawn Camp escuchó que una violinista llamada Sis Draper estaba a punto de llegar a una fiesta de pickin’. Era figura de leyenda antes de aparecer, una sombra que avanzaba por los montes de Boston con “miel en las cuerdas” y “magnolia en el pelo”. Décadas después, en el taller de Guy Clark en Nashville —ese santuario de madera, virutas, cuchillas y olor a pegamento donde se ensamblaban guitarras y canciones—, Camp desempolvó aquel recuerdo. Clark, con la autoridad del maestro que encuentra el hilo secreto, zanjó la duda: «Ahí tienes tu canción». Y la tuvieron. Y luego tuvieron otra. Y otra más. Hasta que el personaje de Sis Draper, mitad carne y mitad mito, les dio un mapa entero de melodías, nombres y caminos.
Ese mapa, tendido por fin sobre la mesa, es The ghost of Sis Draper, el disco que Shawn Camp ha publicado como un álbum conceptual tejido con las canciones que coescribió con el fallecido Guy Clark a lo largo de más de veinte años. Se editó el 12 de septiembre bajo el paraguas de Truly Handmade Records, el sello que custodia el legado de Clark: un detalle que pesa como una marca de autenticidad y también como una bendición póstuma. El proyecto reúne una quincena de piezas que dialogan entre sí —las más son Camp/Clark; hay una de Clark en solitario— y se presentan como una pequeña novela cantada sobre una mujer nómada violín en ristre.
Lo bonito es que no se trata de una mera antología: las canciones están conectadas por personajes, lugares y ecos de old-time. Así, el álbum abre y cierra el círculo: de “Sis Draper” a “The ghost of Sis Draper”, con estaciones tan reconocibles como “Magnolia wind”, “Soldier’s Joy 1864” o “Cornmeal waltz”. En el centro del recorrido se asoman otras piezas del universo Clark, y se filtra la coautoría de viejos camaradas (Verlon Thompson aparece en los créditos de “Old Hillbilly hand-me-down”). El efecto es el de un ciclo narrativo: cada canción se sostiene sola, pero también se explica mejor en compañía, como cuentos de fogata que, al amanecer, revelan que eran capítulos del mismo libro.
La producción —en una sola jornada, el 22 de agosto de 2024, en Clement House (Nashville)— respira esa economía elegante que siempre distinguió a Clark y a quienes crecieron a su sombra: arreglos precisos, aire suficiente entre los instrumentos, voces que cuentan y no declaman, cuerdas de acero que no buscan deslumbrar sino servir a la historia. Camp, con su timbre claro y un fraseo flexible, canta como quien recuerda más que interpreta; parece más un testigo que un protagonista, un cronista que ha heredado una carpeta de notas y la ha ordenado.
En paralelo a la historia de Sis Draper, el álbum es también una conversación con Guy Clark. No solo por las firmas compartidas o por la inclusión de “New cut road”, sino por el método: esas canciones talladas en banco de carpintero, con paciencia de luthier, buscando el ajuste exacto de cada palabra. Camp se sabe —y se asume— «keeper of the flame», el guardián del fuego que enciende y protege el sello Truly Handmade.
Tamara Saviano lo dijo con nitidez al anunciar la salida del álbum: si el sello cuida el legado de Guy, Camp cuida el de Sis Draper. Hay algo de acto de continuidad aquí, de obra compartida a través del tiempo, que convierte el disco en una especie de despedida sin decir adiós: Clark murió en 2016, pero su voz vuelve a asomar en giros melódicos, en refranes de sabiduría seca, en la mirada literaria con que se eleva un personaje hasta volverlo mitología mínima.
Musicalmente, todo sucede sin aspavientos. Ningún arreglo compite con la canción, y sin embargo hay color: los breaks de violín que se encienden como cerillas; la guitarra rítmica que respira con los versos; un bajo que camina sin llamar la atención; y, sobre todo, el tempo narrativo: Camp sabe dónde dejar caer una sílaba para que la imagen se fije, dónde estirar una nota para que los montes de Boston asomen por una rendija. Quien haya seguido la discografía del gigante Clark reconocerá cómo “Magnolia wind” y “Cornmeal waltz” han ido creciendo con los años, de estándar íntimo a piedra angular de este universo; aquí encajan como capítulos inevitables de una vida que se cuenta mejor al revés, desde el rumor del fantasma hacia la primera aparición.
Hay, además, una intuición literaria que hace a The ghost of Sis Draper especialmente sugerente: el álbum demuestra que el songwriting puede sostener un mundo. No hay más efectos especiales que la precisión verbal y la imaginería rural; no hay más trama que el viaje, las personas y los desvíos; y, sin embargo, el oyente termina viendo los caminos de polvo, oliendo la madera húmeda del porche, oyendo los jaleos cuando Sis levanta el arco. La protagonista no es un “personaje femenino fuerte” en abstracto; es una músico con virtudes y zonas oscuras, un mito local magnificado por los cuentos que dejamos que ocurran cuando cae la tarde.
Quizá por eso, la elección de grabarlo como quien captura una función única —un día, un lugar, una banda— resulta tan certera: la música suena a algo que pasó de verdad y que, al mismo tiempo, sigue pasando cada vez que alguien abre el estuche y saca el violín. Eso es lo que nos devuelve el fantasma: presencia en la ausencia. Y eso es lo que Camp pone en nuestras manos con este disco que no pretende “cerrar” la historia, sino mantenerla encendida, como una vela en el taller donde Guy Clark enseñó a tantos a mirar de cerca la veta.
Por otro lado, la manera en que Camp canta estas historias es el verdadero hilo conductor. Su voz tiene ese punto gastado de quien lleva años en los márgenes del mainstream, trabajando como músico de sesión, compositor para otros, voz secundaria en bandas ajenas. Pero aquí suena dueña del relato, consciente de que está custodiando no solo sus recuerdos, sino también los de Clark.
Cuando se apaga la última nota, The ghost of Sis Draper deja la sensación de haber asistido a una velada completa: presentación de personajes, momentos de humor, escenas de amor, anécdotas de guerra, bailes, silencios incómodos y despedidas. Y en el centro, siempre, la voz de Shawn Camp, ese instrumento cálido y ligeramente ahumado que consigue que todo parezca cercano, incluso cuando habla de tiempos y lugares que no hemos pisado nunca.
Más que un ejercicio de nostalgia, el álbum es un recordatorio de lo que puede hacer un buen narrador cuando usa la voz como si fuera una cámara: acercarse al detalle, alejarse para mostrar el paisaje, detenerse en un gesto mínimo, cortar a negro en el momento justo. Camp no necesita adornos excesivos ni giros vocales espectaculares. Le basta con colocar cada palabra en el sitio exacto y dejar que la emoción llegue sola, como el eco que queda en una sala cuando alguien ha contado una gran historia y, por un momento, nadie se atreve a romper el silencio.
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Anterior entrega de Cowboy de Ciudad: Noches del Tenampa.

