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«Cuando cambias el método te arriesgas, pero también aprendes»

«Estas son las trece canciones que elegiría para que se quedaran ahí fuera»

 

Sendoa Bilbao charla con Juancho Conejo, vocalista y guitarrista de Sidecars, con motivo de la publicación del nuevo álbum de estudio de la banda, Everest. Un disco atestado de rock, medios tiempos, riesgo y análisis introspectivo.

 

Texto: SENDOA BILBAO.
Fotos: WARNER.

 

La cima es solo la mitad del camino. Nos encontramos con Juancho Conejo en la cumbre de Everest, el séptimo álbum de la banda que funciona como un tratado sobre el despojo y la resistencia. En esta charla, desgranamos la mutación sonora de Sidecars hacia los sintetizadores y las nuevas texturas, el malabarismo de escribir desde el pudor, el diálogo con «hermanos mayores» como Iván Ferreiro y ese respeto sagrado por las salas que los vieron nacer. Un recorrido por las colinas escarpadas de la madurez, donde el rock sigue siendo la única respuesta válida ante el abismo.

El título, Everest, sugiere una introspección desde la altura. ¿Ha sido este disco el más difícil de escalar a nivel emocional o, por el contrario, el de mayor recompensa final?
Encarar un nuevo álbum siempre resulta difícil y emocionante a partes iguales. Son historias recientes y lo que narras te atraviesa más que cuando los años pasan y las canciones ya han rodado por los escenarios. Quizá, con el tiempo, dejas de sentirlas tan tuyas, pero en este disco no ha sido complicado enfrentarse a ellas. Al contrario: teníamos buenas composiciones y en el estudio todo fluyó. Las canciones remaban a favor; todo lo que probábamos funcionaba y no nos atascamos con ninguna. De hecho, entramos a grabar trece temas con la idea de descartar alguno para lograr un metraje más corto, pero fuimos incapaces. Eso significa que todas debían estar ahí. Hemos disfrutado muchísimo del proceso.

Habéis afirmado que este disco contiene vuestras mejores canciones y que define mejor que ninguno la esencia de Sidecars. ¿De qué ropajes os habéis despojado y qué nuevos hallazgos habéis incorporado al ADN de la banda?
No sé si usaría el verbo “despojarse”, porque suena algo punitivo, pero sí hemos cambiado la metodología. Llevábamos cuatro o cinco discos con Nigel Walker, aprendiendo muchísimo de él, pero, esta vez, queríamos alterar el orden de los factores para jugar y divertirnos. Yo me involucré más en la producción y trabajamos con Paco Salazar, con quien nunca habíamos coincidido. Ha sido un acierto total. Formamos un “superequipo” en un proceso muy cómodo donde nos atrevimos a abrir la mano a sintetizadores y elementos que antes nos resultaban ajenos. Decidimos dejar las guitarras para el final, dando aire a las teclas y a las voces. Cuando cambias el método te arriesgas, pero también aprendes.

¿Resulta complejo transitar ese camino entre lo real, lo explícito y el pudor al desnudarse? ¿Se escribe mejor desde la médula?
El pudor siempre acecha. Estás contando intimidades y siempre asoma algo de vergüenza; intentas hallar el verso perfecto que transmita el mensaje sin exponerte en exceso o sin que nadie se sienta aludido. Es un ejercicio de equilibrismo, pero yo solo sé escribir así. No sé inventar ficciones, o al menos no sé hacerlo de forma que calen hondo. Mi única manera de conectar es la verdad; tengo la sensación de que, cuando lo haces así, el mensaje llega con el corazón abierto.

Háblame de ese costumbrismo presente en “Un granito de arena”, una suerte de ranchera country donde los pequeños gestos resultan devastadores.
Supongo que la música americana es el pilar de mi educación musical. Es inevitable que, al sentarte al piano o a la guitarra, un verso te empuje hacia ese estilo. Esta canción nació en Castellón, tras suspenderse un concierto por una tormenta. Estaba en la habitación con una eléctrica nueva, desenchufada, y brotó el primer verso. Enseguida apareció la frase «te espero en algún lugar del Mediterráneo». Es una pieza simple donde manda el texto, vestida con esa sonoridad fronteriza. Para mí, es una de las perlitas del disco.

 

«Hay que salir, conocer gente, ver conciertos y vivir, para bien y para mal. Es la eterna búsqueda de la canción perfecta»

 

Tras dos décadas de oficio, ¿la fe en la canción permanece intacta? ¿Aún queda margen para estrujar el formato y llevarlo más allá?
Entiendo las canciones como crónicas. Mientras siga viviendo y me pasen cosas, tendré algo que contar. Creo que nunca escribirás nada reseñable si te quedas en casa con la consola; hay que salir, conocer gente, ver conciertos y vivir, para bien y para mal. Es la eterna búsqueda de la canción perfecta. Espero no haberla escrito todavía; seguiré componiendo por puro desahogo, haya mucha o poca gente escuchando. Siempre puede esconderse una gran historia a la vuelta de la esquina.

Cortes como “A cámara lenta” o “Eclipse” tienen una épica que remite a las grandes baladas españolas de los setenta. ¿Qué referentes de aquella época sobrevolaban el estudio?
Si te soy sincero, no ha sido una escucha consciente, pero es un comentario recurrente. Me dicen que hay melodías y armonías que recuerdan a clásicos como Julio Iglesias. Aunque no los haya analizado, todos hemos mamado esas canciones. Son desarrollos muy hermosos que han calado en mí por ósmosis. Esas referencias se quedaron grabadas en mi cabeza sin yo saberlo.

En Everest se percibe una evolución lírica donde las palabras dan grosor a la melodía. Es rock con una ración de realidad muy bien medida. ¿Ha habido un trabajo consciente de orfebrería o las historias impusieron su forma?
Gracias por el cumplido. Va ligado a la experiencia: vas escribiendo, pasan los años y aprendes de tus errores. Cada vez dedico más tiempo a las letras; ya no me permito esos «parches» que antes usaba para cerrar un tema. Ahora me nutro de todo: literatura, cine, series… pero sobre todo de lo que oigo a mi alrededor. Intento estar con la antena encendida las veinticuatro horas y apunto cualquier hilo en el móvil. Muchas veces esas notas no llegan a nada, pero son el punto de partida.

Empezasteis con un sonido urgente, “rollinga” y nocturno. ¿Se quedan cortos los tres minutos para narrar las inquietudes de la madurez, como en “Diez segundos”?
A los 18 años mis preocupaciones eran las chicas y la noche, y las canciones eran el reflejo de eso. Quizá, entonces no hacían falta más de tres minutos. Ahora no escribo con el cronómetro en la mano; dejo que el texto mande. Quiero que lo que cuento tenga un arco narrativo con sentido, sin preocuparme por la duración. No sé si es una cuestión de la época o de que uno se hace adulto y busca otros enfoques.

En el disco hay un cameo muy especial de Iván Ferreiro. ¿Cómo fue ese diálogo con un “hermano mayor” de la escena?
Fue sumamente fácil. Iván es un gran amigo. Se lo propuse mientras maquetaba; se me ocurrió esa idea de hibridar ambas canciones y, una semana después, coincidimos en un show. Se lo solté en el camerino y aceptó encantado. Fue un detalle enorme prestarse a este juego, que es más un guiño que una colaboración al uso. La fusión mejoró la canción original; la elevó.

Habéis decidido dejar de pelear contra las etiquetas, abrazando sintetizadores y texturas más brillantes. ¿Habéis perdido el miedo a terrenos menos “polvorientos”?
No creo que fuera una cuestión de estilo. Hace unos años hubo una fiebre por los ochenta y parecía obligatorio sumarse. Nos resistimos a esa ola por principios. Hoy creo que esa moda ha pasado y, con ella, mis prejuicios. Me importa menos la opinión ajena; si visualizaba un sintetizador, no iba a pelearme con la canción. Ha sido una decisión que ha refrescado nuestro sonido.

 

«Queríamos alterar el orden de los factores para jugar y divertirnos»

 

¿Qué bandas o sonidos se colaron en la grabación? Se habla de Tom Petty y el rock argentino, pero ¿hubo alguna sorpresa en el radar?
En el estudio siempre tiramos de referencias para definir texturas. Tom Petty es un fijo para buscar sonidos de caja, pero no tenemos prejuicios. Da igual si eres fan de una banda o no; hablamos de lenguaje musical. Por ejemplo, para un bajo usamos una referencia de Olivia Newton-John; buscábamos ese aire hortera pero auténtico. No se trata de plagiar, sino de encontrar el chispazo.

Estas semanas el rock español ha sufrido las pérdidas de Robe Iniesta y Jorge Ilegal. ¿Cómo os ha golpeado la noticia?
Nos ha afectado profundamente. A Jorge lo conocimos compartiendo escenario y fue un tipo inteligentísimo y cariñoso; nos apadrinó como un maestro. Fue un golpe duro. Lo de Robe, aunque no tuvimos trato personal, me dolió a nivel emocional. Ha sido fundamental en mi vida desde la adolescencia; sus canciones sonaban constantemente en mi entorno. Me ha generado una tristeza que no esperaba. Como dijo Rubén Pozo: «No hay palabras, te las has llevado todas».

Presentasteis el disco en acústico en las salas donde empezasteis. ¿Cómo fue ese reencuentro con los templos de la música en vivo?
Fue emocionante. Aunque digo «volver», lo cierto es que sigo frecuentando esas salas como espectador. Resisten a pesar de no recibir el apoyo que merecen. Es difícil elegir una, pero el Búho Real es especial. Sigue abriendo puertas a los que empiezan, facilitando el aprendizaje a quienes nos relevarán. Tienen todo mi respeto.

Si mañana cayera un meteorito y Everest fuera vuestro epitafio sonoro, ¿estarías conforme con que la posteridad os recordara por estas trece canciones?
Estaría feliz. Son las canciones que más nos representan hoy. Es el sonido que más se aproxima a lo que es Sidecars en este punto de nuestra trayectoria. Sin duda, son las trece canciones que elegiría para que se quedaran ahí fuera.