DISCOS
«Rubén Pozo, a sus cincuenta años, está en un momento de gracia, como indica este álbum. Es rockero, vitalista y sentimental, y su obra aún es fresca y auténtica»

Rubén Pozo
50town
ALTAFONTE, 2025
Texto: CÉSAR PRIETO.
La carrera de Rubén Pozo ha discurrido, por lo menos, por dos grupos mayúsculos: Buenas Noches Rose —que merecieron mejor suerte—, y Pereza, que no necesitan presentación y siguen en pausa indefinida desde 2011. En 2012, ya publicó su primer disco, este 50town es el sexto. Y en él, cambia las tornas. Hay rock and roll en este elepé, claro, pero también canciones de recorrido más íntimo, más callado. No en vano, el título del disco alude a esos cincuenta años a los que ha llegado Pozo y en los que uno se ha de asentar y recapitular, o reflexionar, o emocionarse; pero parece ser que algo tiene que suceder.
Si escuchamos la canción que abre el disco y que le da título, veremos a las claras lo que intenta decirnos un Rubén Pozo mucho más acústico y orgánico. Y no llega a ser folk porque su pasado rockero pesa. Esos cincuenta años que son la base de la canción, con recuerdos precisos y maravillosos, te van atrapando desde la melodía y la letra, en apariencia cursi, pero que da resultado, y una ciudad al fondo que es el fin de la senda que se recorre, el descanso.
De esta cuerda es “Garabato”, con un piano monótono para una letra casi susurrada sobre el amor, su amor, cuando ha llegado a la mitad de su vida. Poco a poco va creciendo en instrumentación y metáforas hasta convertirse en casi rumbera. De lo mejor del disco, sin estructura clásica, sin estribillo, pero con nervio y sentimiento.
Y concluye con ello. La canción que cierra el disco, “La última canción” se llama, un tema de desamor, la despedida de aire dylaniano y de solo impresionante. Una despedida de espaldas, levantando una mano y haciendo un leve movimiento de adiós. Se ve dolor, a pesar de la placidez del canto.
También hay varias rodajas de espíritu rockero. Ahí está “Fuera de quicio”, con un texto muy personal en el que expone con profusión sus andanzas. O “Estamos como queremos”, que habla con retranca de la situación en este nuestro 2025 —hay redes sociales y nada nos puede impedir ser felices; o sí, nunca se sabe— con algo en el piano y la progresión de la E Street Band. De igual manera, “Dispárame”, tiene una letra nonsense con referencias a los Beatles —«Paul es la morsa» dice, como en “I am the walrus”— y ese riff tan afortunadamente manoseado de “Sweet dreams”.
Hay dos experimentos. El primero, “El puto amo”, un rockabilly descarado con tintes oscuros y solos de carretera, muy de género, con guitarras alocadas y percusión a piñón. “Efímero”, el segundo, es un rock rapeado, un talkin blues de lentitud enérgica, a la manera de Lou Reed, con la banda en un momento dulce y desgranando su pausada explosión.
Sabe ser también pop. En “Cantar” lo es, música ligera, de esencias swing y hawaianas, que defiende las alegrías de una canción, su desmayo, su embelesamiento, su perfecta asunción del placer. Y pop es también “Los que ya no están”, con una delicada letra que se concentra en los sentimientos, recordando a los guitarristas que se han ido y juegos preciosistas y naturales de guitarra.
Rubén Pozo, a sus cincuenta años, está en un momento de gracia, como indica este álbum. No debe preocuparse. Es rockero, vitalista y sentimental, y su obra aún es fresca y auténtica. Los cincuenta son un motor para él, a velocidad de crucero, e incluso se permite grabar en directo, seis días tardaron, bajo la producción de Ricky Falkner —componente de Egon Soda, y que ha trabajado con Love of Lesbian o Iván—, para potenciar la energía directa. Es su quinto disco en solitario, sexto si contabilizamos el Mesa para dos con Lichis, y auguramos que le quedan muchos más. Y muy buenos.
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Anterior crítica de disco Aurora, de Lathe of Heaven.

